Editorial

La inevitable normalización monetaria

Los mercados financieros han encajado mal la insinuación de la Reserva Federal norteamericana de que volverá a subir los tipos de interés en junio, tras haberlo hecho ya en el otoño pasado. Están perversamente acostumbrados a la laxitud de la política monetaria en todo el mundo y consideran que una subida de los tipos directores en EE UU terminará trasladándose al resto de las zonas económicas del mundo en un encarecimiento de las condiciones de financiación de la economía, lo que reducirá los márgenes de los negocios. El activismo monetario practicado desde EE UU a Europa, pasando por Japón y el resto de zonas monetarias, ha anestesiado la actividad financiera hasta pervertir las valoraciones reales de los activos de todo tipo, desde las acciones a los bonos o las propias divisas. Pero todos parecen admitir que no había otra salida para solventar la gran recesión que practicar tal política monetaria, tras el fracaso del activismo fiscal, que culminó con una pavorosa crisis de deuda. Ahora la cuestión es la retirada ordenada de los estímulos monetarios sin generar daños adicionales en el crecimiento y en la asignación de precios de los activos.

EE UU dio el primer paso en noviembre pasado con un primer aumento de tipos, tras años estabilizados en el 0%, y anunció que habría subidas adicionales, dando a entender que podrían producirse hasta cuatro movimientos alcistas a lo largo de este ejercicio natural. Tras un parón en las intenciones por las dudas surgidas acerca de la actividad en China y su efecto sobre las materias primas, la Reserva Federal ha advertido de que en junio volverá a la carga con un “probable” encarecimiento del dinero. Aunque el sector financiero saludará la decisión con la satisfacción de quien logra recomponer lentamente los márgenes de intermediación que se habían evaporado, los inversores y analistas financieros empiezan a ver que la subida de tipos puede cercenar el crecimiento de la economía en EE UU y apremiar a subidas de la financiación en el resto del mundo.

La réplica en otras zonas es inevitable, aunque puede retrasarse en el tiempo. Europa, por ejemplo, está desacoplada en su ciclo económico respecto a EE UU, y debería reajustarlo en el medio plazo. Ahora no está en disposición de elevar los tipos porque las expectativas de crecimiento y las presiones deflacionistas no lo permiten, además de tener que mantener tipos bajos para financiar la descomunal deuda pública y privada existente; pero no podrán estar los tipos en el 0% siempre. El BCE está dando tiempo a que los Gobiernos utilicen otros instrumentos para rearmar el crecimiento en Europa, pero sus recomendaciones son con frecuencia desoídas. No hay todo el tiempo del mundo para hacerlo, y se trata simplemente de flexibilizar los mercados para elevar el crecimiento potencial con la financiación más cara.