Editorial

Cómo prolongar el éxito del empleo

El balance del ejercicio en materia de empleo es excepcional. Tanto, que costará repetirlo aunque todo vaya bien. Un avance de los ocupados de 525.100 personas en los 12 meses del año natural, con un descenso históricamente desconocido del paro de 678.200 personas, aunque inducido por la graciosa reducción de la población activa (153.200 personas menos) no es fácil de reproducir este año ni el siguiente, salvo que cambien aceleradamente los fundamentos económicos.

Los números que revela la encuesta de población activa (EPA) siguen dando muchísimo respeto, pero no el terror que infundían hace un par de años. Tras nueve trimestres de generación ininterrumpida de empleo desde que en el otoño de 2013 el ciclo contractivo diese la vuelta en favor de otro alcista, el nivel de la ocupación vuelve a superar los 18 millones de ocupados; el de parados se acerca ya a los 4,5 millones y se aleja de los seis en los que se instaló cuando más fuerte llovía, y la tasa de desempleo está a punto de perforar el suelo del 20%. La situación de los hogares ha experimentado alivio apreciable en el año, con un desempleo del cabeza de familia y de su cónyuge ya en el 17% y con un descenso de cinco puntos en el año en el caso de sus hijos, que baja al 36%, y donde el número de hogares con activos y sin empleo es de 1,55 millones, un 11,6% del total de cuantos tienen al menos un activo. Los hogares con pleno empleo avanzan hasta los 9,53 millones, un 71% del total.

Nominalmente, el balance de los dos últimos años, al que se ha agarrado Mariano Rajoy en la última campaña electoral y que le ha permitido ganar pírricamente las elecciones, es muy bueno; no es ninguna broma 1.590 empleos cada día desde hace dos años. Pero el balance de Rajoy es menos bueno si la vista se vuelve hasta el inicio de la legislatura, donde los números hablan de empate, y con mejor calificación en el desempleo por la salida pausada de activos ante el descenso de las expectativas laborales. El mérito está en el cambio de tendencia, que pasó por un periodo de durísima estabilización a la euforia actual, tras una reforma severa de las normas del mercado laboral (abaratamiento de todos los costes), junto con una reforma fiscal y bancaria que volteó las insostenibles condiciones de financiación.

No será fácil reproducir este desempeño del mercado laboral, porque puede ser irrepetible que la ocupación avance más rápido que el PIB, salvo sangría continua de la productividad, que sería inequívoca señal de que el modelo productivo se habría concentrado más en las actividades con menos valor añadido, por mucho más intensas que fuesen en empleo. De hecho, hacia el final de 2015 la creación de ocupados ha frenado mientras que la del PIB ha acelerado. Pero como las cifras siguen siendo inasumibles, todos los esfuerzos deben concentrarse, en todos cuantos tengan responsabilidad en el asunto, en generar la mayor cantidad posible de empleo y de la mejor calidad posible para disponer de unas cotas aseadas de paro y unas calidades presentables de empleo.

Primera providencia para ello: no quebrar la senda de crecimiento económico que se ha iniciado, por muy en cuarentena que esté por la crisis china y el ajuste del petróleo. El aumento de la renta disponible que proporciona la caída del crudo debe servir de palanca para la demanda, y debe ser acompañada por una revisión integral del modelo productivo de España. Ya hay cierto margen fiscal para generar los incentivos precisos que muten, aunque sea lentamente, el modelo hacia las manufacturas, la tecnología y el conocimiento.

Pero mantener el crecimiento y las palancas del empleo, y mejorar su calidad, precisa de sacrificios políticos de altura. Más generosidad y menos vanidad de los políticos. Precisa que haya pronto Gobierno, que sea reformista y que respete lo bueno que se ha hecho. Que los derogacionistas se olviden de anular una reforma laboral que ha sido palanca básica para mover la ocupación; que los revisionistas renuncien a volver a las andadas del gasto público para solucionar todos los problemas; que los reformistas se apliquen en los cambios que la economía pide a gritos para ensanchar su crecimiento potencial. Este sí es el gran objetivo nacional, el que toda la ciudadanía identifica como tal: crear empleo. Y ese debe ser el norte que marque la brújula de todos los políticos: diálogo, pacto y reformas.