Editorial

Los griegos deben elegir entre lo malo y lo peor

En el referéndum que Alexis Tsipras ha convocado para el domingo, día 5 de julio, van a votar los griegos para decidir buena parte del futuro de su país; pero deberían votar todos los europeos, porque del resultado depende en buena parte el destino de toda Europa, desde la moneda hasta el proyecto de integración, muy avanzado ya pero no del todo concluido. La canciller alemana, Angela Merkel, lo dejó claro ayer en una alocución ante militantes de su partido, y en parecido sentido se manifestaron los principales líderes continentales. El propio presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, uno de los mejores aliados de Grecia durante esta crisis, puso gráficamente a los griegos ante la urna con una advertencia concluyente: “Votar sí es decir sí a Europa, y votar no es rechazar Europa”.

Huelga ya todo debate sobre si Grecia debió entrar o no en la moneda única y de qué forma lo hizo, pero sí hay que sopesar bien las consecuencias de una hipotética salida, porque no afecta solo a los intereses de los griegos. Un abandono de la moneda única para Grecia no supone simplemente volver a trabajar con dracmas: supone una devaluación descomunal de su divisa para poder competir; un empobrecimiento de sus ciudadanos, que verían reducidos a la mínima expresión sus patrimonios financieros, y la declaración inmediata de un impago de sus compromisos. Si Grecia no puede pagar en euros, peor lo tendrá para hacerlo en dracmas, donde automáticamente el volumen de la deuda se incrementaría en la misma proporción en la que devalúe su divisa, lo que le condena a un default automático. Pero además, se encontrará con un problema de financiación desconocido, como en el pasado han experimentado países como Argentina, que arrastrará durante años, décadas quizá.

Todo esto lo sabe Alexis Tsipras, y por ello no forzará la salida del euro. Únicamente quiere poner de rodillas a Europa, porque también sabe que Europa no puede permitirse el lujo de amputar una parte de su territorio. Utiliza el referéndum para presionar y cambiar las condiciones del rescate y, sobre todo, lograr una renegociación (quita) de su deuda, como ya logró Grecia en el segundo rescate. Quiere llevar a Europa hasta el borde del abismo porque sabe que no correrá el riesgo de caer en él. Europa no puede permitirse tal cosa, porque de hacerlo, estará enseñando el camino a los Gobiernos que quieran boicotear la unidad de las políticas y la cesión de soberanía que supone la Unión Monetaria para no cumplirlas. Y estará invitando a los especuladores que siempre dispararon contra el euro a que vuelvan a hacerlo, y ahora con la certeza de que se cobrarían nuevas piezas.

Los griegos deberán decidir el domingo si aceptan la última oferta de los acreedores [Europa es el único acreedor de Grecia, porque nadie más está dispuesto a serlo] o la rechazan, si es que esa es la pregunta que el Ejecutivo les plantea. Decir sí a lo que el Gobierno de Tsipras y Varufakis ha dicho no supone un nuevo sacrificio personal de todos y cada uno de los griegos, que verán retrasada su jubilación, recortada su pensión y modificado su mercado de trabajo con pérdida de derechos que ya hoy son insostenibles. Nada bueno, en definitiva.

Pero votar no es optar por lo peor: es dejar de tener la protección financiera de Europa y volver a la intemperie de una moneda desahuciada y a la pobreza más extrema. Votar no supone seguir optando por la línea marcada por el Gobierno recién llegado que quiere imponer sus criterios a los Gobiernos que representan a otros 400 millones de europeos, que todavía después de la negativa de Atenas a poner su parte de responsabilidad siguen financiando pensiones, sueldos públicos y deuda griega. Convocar un referéndum es irresponsable y negligente si se trata de esquivar la responsabilidad propia. Pero si quiere gozar de toda la legitimidad, Tsipras debe hacer una pregunta más clara y explicar con más claridad todavía a sus compatriotas qué supone votar sí y qué supone votar no.

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