Editorial

Europa no tiene tiempo que perder

La cumbre de otoño de los Veintiocho ha servido para escenificar, una vez más, la flagrante ausencia de un liderazgo político y económico claro en la eurozona. Durante la reunión se han hecho evidentes las tensiones y diferencias de opinión que Gobiernos e instituciones mantienen sobre quién debe mover ficha para sacar a Europa de la zona de riesgo en materia económica. El presidente del BCE, Mario Draghi, ha vuelto a pedir a los líderes comunitarios que realicen “un esfuerzo conjunto” para evitar la posibilidad de una recaída. Draghi ha sido claro como el cristal al advertir que estos no pueden limitarse a esperar el efecto de las políticas emprendidas por otros, en alusión a los diferentes paquetes de medidas extraordinarias que el organismo ha puesto en marcha para hacer frente a la crisis. Los líderes de la eurozona parecen, de momento, haber decidido delegar en el BCE la tarea de exorcizar a los dos grandes fantasmas que amenazan a Europa: el enfriamiento de las economías y la persistente y baja inflación. La postura que ha mantenido Draghi en sus reiterados llamamientos para que las economías avancen tanto en materia de austeridad fiscal como de reformas estructurales y estímulo de la actividad es que la política del BCE no es suficiente para tirar de Europa, por lo que resulta imprescindible que los Gobiernos actúen frente al riesgo real de una tercera recesión.

Mariano Rajoy ha sido uno de los líderes que han reclamado en esta cumbre más medidas de política monetaria que protejan a la zona euro, en especial, del peligro de la deflación. Una postura que defienden también Italia y Francia, quienes sostienen que Draghi debe hacer más para meter en cintura una inflación bajista que puede boicotear la reactivación económica. Sin embargo, la hoja de servicios de Madrid hoy es sustancialmente distinta de la de Roma y la de París. Mientras Francia e Italia se resisten a someter sus presupuestos a los compromisos de ajuste fiscal –hasta el punto de que Bruselas podría rechazar formalmente las cuentas públicas para 2015 de ambos países–, España ha acometido con rigor tanto sus deberes presupuestarios como sus reformas estructurales, hasta lograr enderezar el rumbo de su economía. Ello no significa que el trabajo esté hecho, pero sí que la receta exigida a Francia, Italia y otras economías europeas no solo es necesaria, sino también posible.

La zona euro no puede instalarse en un debate eterno sobre quién debe pilotar el barco de la recuperación, sino que tiene que asumir que hay tareas económicas propias de cada Estado que nadie, sino los respectivos Gobiernos, pueden realizar. Tanto el BCE como los Estados miembros deben comenzar a trabajar cuanto antes y de forma coordinada por la recuperación. De lo contrario, nos acercaremos cada día más al abismo que todos queremos evitar.