Editorial

Seis años de un crac que sacudió el mundo

Seis años después de que el colapso de Lehman Brothers marcase el inicio de una crisis económica que llegó a tambalear los cimientos del sistema financiero mundial, las aguas han vuelto progresivamente a su cauce a ambos lados del Atlántico, aunque lo han hecho a diferentes velocidades y en distinto grado. Mientras en Estados Unidos la inmediata reacción de la Reserva Federal (Fed) tras el crac de Lehman sirvió para reanimar con prontitud la economía del país, en Europa la tormenta financiera avanzó sin freno hasta desembocar en una crisis de deuda soberana que obligó a tres países –Irlanda, Grecia y Portugal– a pedir el rescate a la Unión Europea y sumió la zona euro en un largo invierno económico que ha ido remitiendo con mucha más dificultad.

La recuperación de los mercados bursátiles estadounidense y europeo también ha seguido evoluciones diferentes en los últimos años. Wall Street cedía un 38% en 2008, pero la economía estadounidense dejó atrás la recesión en 2009 y el selectivo recuperó su nivel anterior al inicio de la crisis ya en abril de 2010. En Europa, sin embargo, los tiempos han sido otros. Pese a que un año después del inicio de la crisis, en 2009, las bolsas comenzaron a recuperarse, la tormenta de deuda soberana truncó con violencia ese repunte y ralentizó considerablemente la reanimación de unos parqués que han logrado finalmente ir recuperando el terreno perdido.

Pese a esas diferencias, la radiografía de los mercados mundiales no tiene hoy, afortunadamente, nada que ver con la que ofrecían hace seis años. Tras un débil primer trimestre, el selectivo S&P de Wall Street está en estos momentos en máximos históricos, impulsado por una economía que ha recuperado todo el vigor perdido, incluso en materia de empleo, y que ha visto a su tejido empresarial lograr maximizar de nuevo sus beneficios.

En Europa, los índices bursátiles han ido recuperando poco a poco posiciones y acercándose a los registros que marcaban cuando se produjo la bancarrota de Lehman. En el caso de la Bolsa española, el Ibex se halla a solo diez puntos de su nivel de entonces, pese a que aún le resta camino –algo más de un 30%– para recuperar el máximo histórico que alcanzó en 2007, cuando llegó a los 15.945 puntos. Pese a que el BCE se resistió en su momento a actuar con la misma rapidez y contundencia de la Fed, no hay duda de que las medidas extraordinarias que el organismo central ha ido adoptando a lo largo del tiempo han contribuido poderosamente a devolver el tono a los mercados europeos. Las últimas decisiones de Mario Draghi permiten auspiciar el mantenimiento de una tendencia alcista en los parqués, al reforzar la confianza de los inversores y garantizar liquidez al sistema financiero en un intento de facilitar la reapertura y normalización del mercado de crédito. En ese panorama bursátil actual, el selectivo español resulta especialmente atractivo para los inversores, pese a no estar ya tan barato como en 2012.

El panorama de inversión en España ha mejorado también en frentes que parecían casi irrecuperables hace tan solo un par de años. Es el caso del sector inmobiliario, que ha tocado prácticamente suelo tras acumular una caída del 38% en los últimos seis años, un extremo que confirman también otros datos, como la reactivación del mercado de concesión de hipotecas o el repunte de los visados de construcción de obra nueva. Todo ello conforma un escenario lleno de oportunidades para los inversores, pese a contar todavía con el reto de consolidar la recuperación y de dejar atrás el fantasma de la incertidumbre económica. El enfriamiento de las perspectivas de crecimiento en Europa, así como el persistente riesgo de deflación, ha llevado al BCE a reclamar con firmeza a los gobiernos de la zona euro que adopten un papel más activo en cuanto al avance en materia de reformas estructurales, el mantenimiento bajo control del objetivo de estabilidad y la puesta en marcha de medidas de estímulo al crecimiento. De la capacidad de estos de asimilar la importancia de ese mensaje y de llevarlo a la práctica depende no solo la salud de los mercados, sino el futuro económico inmediato de Europa.