Editorial

Toda la artillería al servicio del crecimiento

Si a la vista de los últimos datos sobre la evolución económica en Alemania, Francia e Italia, alguien dudaba de la seriedad de la coyuntura que tiene ante sí la zona euro, la comparecencia de ayer de Mario Draghi las ha despejado por completo. Con una contundencia verbal especialmente notable, el presidente del BCE ha dejado claro que la capacidad de maniobra del organismo, aunque potente, no puede por sí sola revertir el peligroso enfriamiento que está experimentado la economía europea y que ha llegado la hora de que los gobiernos trabajen seriamente en la tarea de impulsar crecimiento. Como premisa para ese análisis, Draghi anunció una revisión a la baja de las estimaciones de crecimiento anunciadas por el BCE el pasado junio –una décima menos para este año y para el próximo– y elevó, también en una décima, las previstas para 2016.

La reunión se ha saldado con un paquete de medidas adoptadas sin unanimidad, pero en las que afortunadamente no ha habido lugar para la tibieza. Draghi anunció una rebaja de tipos al 0,05% –un fuerte tijeretazo que lleva el precio del dinero a tocar suelo– así como la aprobación de nuevas medidas de estímulo para tratar de reactivar el crédito en el mercado europeo. En el primer caso, el BCE sigue el camino de la Fed estadounidense y utiliza el recorte de tipos para acabar de raíz con las especulaciones sobre otras posibles y futuras rebajas. En el segundo, la puesta en marcha inminente –en octubre– de un programa de compra de bonos de titulización (asset bank securities, ABS por sus siglas en inglés) constituye un poderoso complemento de las subastas de liquidez TLTRO para conseguir, de una vez por todas, el objetivo de desatascar y normalizar el flujo del crédito bancario en Europa.

Pese a que finalmente no se ha especificado el montante total que supone ese programa –se baraja una cifra cercana a los 500.000 millones de euros– la medida implica una asunción por parte del BCE de parte del riesgo en balance de las entidades financieras, una fórmula para que estas puedan comenzar a adoptar nuevos riesgos en la concesión de crédito. Con ello, Draghi pone toda la artillería de la política monetaria europea al servicio de una tarea crucial: lograr que el dinero llegue a un tejido empresarial que está hambriento de recursos con los que alimentar su actividad. No es ningún secreto que, pese al saneamiento bancario y los reiterados intentos de normalizar el mercado de crédito y lograr que desempeñe su función natural –posibilitar el crecimiento–, la zona euro sigue arrastrando un serio problema de financiación. Precisamente por ello, el discurso de Mario Draghi ha apuntado directamente a los gobiernos de los estados miembros, al recordarles que es hora de comenzar a combinar en sus cartas de navegación la austeridad y los estímulos. Ello significa que resulta necesario seguir introduciendo reformas estructurales, así como mantener el objetivo de estabilidad bajo control, pero que hay margen para adoptar medidas que alimenten el crecimiento y que es urgente e imprescindible empezar a utilizarlas.

Los riesgos que amenazan el futuro inmediato de la economía europea son viejos conocidos: el alto y persistente nivel de desempleo de algunos países –entre ellos, España–, la posible reducción de la frágil inversión privada y el empeoramiento del panorama de inflación, cuya previsión para este año el BCE ha rebajado en una décima. Tanto en el diagnóstico como en las soluciones aportadas ayer, Draghi ha seguido el discurso marcado en Jackson Hole, en el que señaló la inacción como un riesgo más. Por eso, la contundencia de su intervención no debería pasarse en absoluto por alto desde los gobiernos de los estados miembros, al igual que las sugerencias sobre cuál es el rumbo a adoptar. Entre las medidas propuestas, además del mantenimiento del objetivo de estabilidad y el avance en las reformas estructurales, Draghi ha abogado expresamente por la utilización de medidas fiscales –como los recortes “equilibrados” de impuestos– y la reducción de los gastos “no esenciales”. Con esos mimbres, lo único que resta es voluntad y responsabilidad política suficientes para que Europa forje su futuro.