El Foco

¿Para qué sirve la reforma fiscal?

La reforma fiscal es poco más que una reducción de tipos efectivos a personas y empresas que tendrá un coste de 9.000 millones (0,9% del PIB). Según el Gobierno esto hará que todos paguen menos, no reducirá el gasto y expandirá la economía en 0,55 puntos del PIB. Al parecer, el Gobierno ha logrado la primera reforma fiscal Pareto Superior (todo el mundo gana, nadie pierde) de la historia. Y todo con bajar los tipos impositivos efectivos. Desafortunadamente no es así. Hay ganadores y perdedores y es dudoso que dé impulso alguno a la actividad económica. Las principales medidas de la reforma son las que se detallan a continuación.

Reducción de tipos efectivos. La reforma baja los impuestos para casi todos. El problema es que a unos se los baja 200 euros y a otros 3.000, o más. Al mismo tiempo se deterioran (o no mejoran) los servicios públicos. Como las rentas bajas usan más esos servicios, aunque les den un par de cientos de euros más acabarán viviendo peor. Quienes realmente ganan son las rentas altas.

La reforma favorece las rentas altas del capital, mientras perjudica al pequeño inversor

Tratamiento del ahorro. La reforma es sorprendente. Favorece la especulación (baja la tributación de plusvalías a corto plazo y parte de las pérdidas son compensables con otros ingresos), perjudica al pequeño inversor en Bolsa (pierde la exención de 1.500 euros y la bajada de tipos no le compensa), favorece a quien tiene rentas del capital altas (los tipos más bajos sí le compensan), sigue permitiendo gravar perdidas de capital como si fueran ganancias (porque no se actualizan los valores de adquisición de las acciones) e incluso lo refuerza eliminando los coeficientes de abatimiento. Esto además de injusto, perjudica a los inversores en bolsa a largo plazo. Además, permitir compensar las minusvalías con hasta un 25% de las otras rentas puede conducir a realizar pérdidas para reducir la factura fiscal. Por otro lado, el propósito de los planes de ahorro bonificados no está claro porque el beneficio fiscal (exención de rendimiento) será pequeño si se invierte sin riesgo (algo inducido por la propia normativa). Parece ser más un producto de interés para los bancos que para los ahorradores. No se puede esperar que estas cuentas generen mucho ahorro. Como mucho atraerán ahorro que se iba a dedicar a otros usos. Por otro lado se mantienen incentivos amplios a los planes de pensiones. Esta deducción, además de regresiva y carente de justificación, es muy distorsionadora porque, para beneficio de los gestores, induce a los ahorradores a comprar planes de pensiones frente a otros activos.

Deducciones sociales. Las nuevas deducciones por discapacidad y familiares trasmiten una aparente preocupación social. Pero es más aparente que real porque, por un lado, se excluye de estos beneficios a quienes no están trabajando y, por otro, buena parte de estos beneficios (los familiares) pueden acabar beneficiando más a las rentas más altas. Si al Gobierno realmente le preocupara el gasto social, mantendría los impuestos y aumentaría el gasto en servicios sociales.

La reforma de sociedades. Contiene algunos avances al hacer permanentes algunas de las medidas adoptadas temporalmente (limitación de compensación de pérdidas, de deducción de gastos financieros o de deterioros de valor). Sin embargo, la gran depuración del impuesto se ha quedado en tipos más bajos y en la transmutación de unas deducciones en otras similares. El resultado es una reducción del impuesto y una reforma que se ha quedado muy lejos de lo necesario. Se debían haber eliminado todas las deducciones (incluso la de I+D salvo en sectores en que fueran ineficientemente bajas), eliminado o revisado los regímenes especiales (que solo sirven para el fraude), acotado la deducción por intereses o el uso de los grupos consolidados, cerrado vías para el uso de paraísos o la ingeniería financiera, etcétera.

La reforma de sociedades contiene algunos avances al hacer permanentes unas medidas temporales

Por otro lado, los efectos de estas medidas, se alejan mucho de lo prometido por el Gobierno.

Gasto Público. Es obvio que se van a gastar 9.000 millones de euros menos que si se hubieran mantenido los tipos. Otra cosa es que en términos absolutos el gasto pueda no bajar, que tarde en hacerlo (porque la bajada de impuestos es a plazos) o bajar poco porque se obtengan ingresos adicionales vía privatizaciones o porque la economía crezca suficientemente. Pero inclusos en estos casos se estará gastando menos que sin la reforma.

Incentivos. Reducir los tipos del IRPF no va tener efectos significativos sobre la oferta de trabajo ni sobre el esfuerzo laboral. Incluso si lo tuviera sería irrelevante porque con una tasa del 26% de paro si alguien trabaja menos, otro tomará el trabajo. Nadie puede creerse seriamente que el problema de empleo de España es de oferta de trabajo baja por los impuestos. La bajada de impuestos empresariales tampoco servirá de mucho a la hora de crear empleo. Ciertamente las empresas contratarán más gente si sus beneficios aumentan porque venden más. Pero si sus beneficios aumentan por pagar menos impuestos no van a contratar a nadie más. Simplemente el ahorro fiscal se irá a dividendos.

Impacto económico. La reducción de impuestos aumenta el gasto privado pero al mismo tiempo reduce el gasto público. Si la reducción del gasto es igual a la de impuestos, además del deterioro de las prestaciones públicas, se producirá una contracción de la demanda agregada (como parte de la rebaja fiscal se ahorra, la reducción de demanda pública será mayor que el aumento de demanda privada). Si la reducción del gasto es menor que la bajada de impuestos, se podrá en riesgo un objetivo de déficit que, de hecho, pocos creían que se iba a cumplir incluso antes de la bajada de impuestos. Este incumplimiento (debido además a una bajada de impuestos) crearía tensiones financieras y con la UE. Estos efectos se pueden minorar porque la rebaja es a plazos, porque se van a privatizar empresas o porque, aunque sea poco probable, la economía crezca de forma inesperada (por razones ajenas a la reforma). Evidentemente, si la reforma contrae la demanda agregada y no afecta a los incentivos decir que va a aumentar el PIB suena a broma poco creíble.

Ganadores de esta reforma son las rentas altas (del trabajo y el capital) y las empresas. Ganan tanto por lo que hace la reforma (bajar los tipos efectivos) como por lo que no hace. Y lo que no hace es eliminar beneficios fiscales, cerrar vías de elusión ni, sobre todo, tomarse en serio la lucha contra el fraude.

Balance. La reforma fiscal es un trasvase regresivo de dinero de usos públicos a usos privados. Carece de efectos expansivos. Muy al contrario, es moderadamente contractiva y pone en riesgo las prestaciones públicas y el objetivo de déficit. Sus defectos están más en lo que no hace que en lo que hace. Y en lo esencial lo que hace es cambiar un sistema trufado de vías de escape, tipos altos recaudación baja por otro trufado de vías de escape, con tipos bajos y recaudación más baja. En realidad sólo sirve para traspasar bienestar de los peor situados (beneficiarios netos de la actividad pública) a los mejor situados (contribuyentes netos a la actividad pública).

Ignacio Zubiri es catedrático de Hacienda de la Universidad del País Vasco.