Tribuna

El éxito y las reformas

El éxito del Partido Popular en las elecciones al Parlamento Europeo del domingo 25 de mayo se basa en que pese a cosechar cinco millones menos de votos que en las generales de noviembre de 2011 y lograr un tercio menos de los escaños que hasta ahora tenía en esa Cámara para bajar de 24 a 16, el desastre del Partido Socialista ha sido aún mayor. Además, se ha probado la insignificante dispersión de los votos de la derecha frente a la centrifugación a favor de nuevos actores que se ha producido en la izquierda.

De modo que una extrapolación de los resultados llevaría a concluir que la poderosa capacidad de inducción del Gobierno sobre la oposición que tiene enfrente podría traducirse en la sustitución de un PSOE, anclado en comportamientos institucionales y propenso a los pactos que el país requiriera, por una coalición de la sopa de letras con propósitos desconcertantes.

Comentaba un taxista, después de confesar su falta de estudios, que leídas las propuestas del grupo que ha irrumpido con mayor fuerza había averiguado que se adjudicaría un sueldo por la mera condición de persona y que dejaría de ser obligatorio el pago de las hipotecas. Entonces clamaba perplejo que de dónde saldrían los fondos para semejante programa y concluía aduciendo su inmenso error de levantarse cada día para trabajar a las cinco de la mañana, cuando en adelante le iba a bastar con obtener su cartilla de racionamiento. Esa democracia aducida como modelo a imitar –las de Venezuela, Ecuador y Bolivia– tienen pocas probabilidades de llegar a implantarse en España a la que dejarían en la playa de la irrelevancia igualitaria de la pobreza, exceptuados los que formaran parte de las élites extractivas agrupados en la nomenclatura, al modo que vimos en los países de la órbita soviética.

Mientras, los periodistas, humillados en las conferencias de prensa sin preguntas, olvidaban la rabia y acercaban sus micrófonos y sus cámaras al presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, para que se explayara a propósito del partido que enfrentaba al Real Madrid y al Atlético de Madrid, en vez de haberle dado su merecido ignorándole hasta hubiera respondido a las cuestiones que son de su incumbencia. Pero, como la locuacidad de los políticos es directamente proporcional a la distancia en que se encuentren respecto a su despacho oficial, hubimos de esperar a la cena del Consejo Europeo en Bruselas para saber por boca del presidente Rajoy a qué le ha sabido la victoria y confirmar que tiene descartado cualquier cambio en la composición del Gabinete.

La ocasión permitió que como siempre guardara un vergonzoso silencio sobre la corrupción que ese día mostraba la condena de Rafael Blasco por el Tribunal Superior de Justicia de Valencia a propósito de la malversación de dos millones de euros asignados a la cooperación con Nicaragua que terminaron en la compra de inmuebles para disfrute de la trama.

Esta es la actualidad, pero estamos advertidos por el inolvidable Carlos Luis Álvarez Cándido de que la actualidad tergiversa la realidad. Y en ese plano de mucha mayor consistencia se están intentando y produciendo cosas muy relevantes. Primero se advierte que los barruntos electorales en el área municipal y autonómica podrían inducir una parálisis de las reformas estructurales pendientes, considerado conveniente por los arriolas al cargo, convencidos de que esa dinámica reformista generarían más dificultades en las urnas al Partido Popular.

De modo que la reforma de los Colegios Profesionales reclamada por Bruselas quedaría para mejor ocasión, incluida la relativa a los registradores de la propiedad. Cuestión distinta es que esos privilegiados, que suman la doble condición de funcionarios y profesionales liberales con clientela cautiva, sigan maquinando la forma de hacerse con nuevos yacimientos a explotar. De ahí el anteproyecto de reforma de las leyes Hipotecaria y Catastral y el negocio de las bases gráficas que ha escandalizado incluso a los registradores asociados en ARBO temerosos de que la voracidad acabe rompiendo el saco. Continuará.

Miguel Ángel Aguilar es periodista.