Tribuna

¿Es ya la hora del optimismo?

Depende. Si se ven las cosas en su aspecto más favorable y se ajustan a la realidad el optimismo está justificado, como el jefe del Estado parecía afirmar recientemente, es de suponer en relación con la economía. Pero hay razones para pensar que no es así. Entre otras, la pronunciada y continuada caída del IPC tanto en España como en la UE que incrementa el riesgo de deflación ante la pasividad del BCE y por lo menos encarece sustancialmente el costo de la deuda externa en términos reales con los consiguientos efectos restrictivos.

Hay, pues, motivos para pensar por el contrario que el vaso está semi vacío. Cuando se discutía la Constitución en 1978 se pensó sin duda que a mayor número de políticos en el poder habría mayor democracia, que es de suponer llevasen el país a una equitativa y razonable prosperidad, pero cuando la ambición política es hacer carrera o favorecer un partido, se dilata el tiempo de las soluciones y surgen nuevos problemas difíciles de resolver. La recesión habría sido más profunda y duradera sin la importante ayuda de un sector exterior que competía gracias a una devaluación interna que como era de esperar pronto agotó sus beneficiosos efectos y en el segundo semestre de 2013 su aportación se ha hecho negativa. Está condenada al fracaso en el medio plazo porque la moderación de los costes salariales limita la progresión del consumo, baja los ingresos por IVA y aumenta el déficit público que necesita nuevas medidas de ajuste.

Estos factores contribuyeron a que 2013 haya registrado una caída del 1,2% y termine en anémica expansión y no creciendo en el último trimestre el 0,2% como pretende el INE que tendrá que revisar de nuevo a la baja. El 2013 no impulsará pues 2014 que probablemente no va a ser apoyado por el sector exterior y al ser su demanda interna frenada por la continuada caída del crédito y la de los salarios reales, la variación del PIB será positiva pero tan mínima que apenas generará empleo a pesar de las ayudas facilitadas al efecto. La única forma de alcanzar una competitividad duradera es la basada en la innovación y aunque se han venido asignando ayudas importantes en I+D+i a las empresas no se aprecian sus efectos. En los últimos cinco años las exportaciones que podrian beneficiarse de la innovación, las de productos industriales terminados no alimenticios ni energéticos se han reducido de 35% al 28% del total. Hay sin embargo forma de cambiar este estado de cosas actuando sobre diversos frentes. Primeramente a la hora de hacer recortes habría que priorizar cuáles vienen antes que los que afectan a la innovación. Después habría que tener la seguridad de que la ayuda a las empresas para la innovación no acaben como subvenciones. Hay además que pensar que no toda investigación es útil. Hay que dirigirla a aquellos filones que puedan tener un gran potencial de mercado. No basta con la innovación para promover un crecimiento duradero. Una austeridad expansionista funciona porque sin las exigencias y el sufrimiento que impone un país no llevaría a cabo las reformas estructurales precisas para liberar la energía empresarial y las decisiones de gasto. Hace falta además que la política económica irradie concordia y determinación, infunda confianza y seguridad. Han tenido que pasar dos años para que el nuevo gobierno se comprometa finalmente a realizar tímidamente las profundas y extensas reformas que exigía la entrada en el euro y la corrección de los errores de política económica cometidos con su pasividad. Han empezado por reconocer que las Comunidades Autónomas han creado una selva legislativa hipertrófica de medidas que a veces se contraponen entre sí y que habían generado la necesidad de suprimir la maraña de empresas, fundaciones y otros entes que giraban en torno a ellas con el sólo objeto de crear empleos a millares de correligionarios. Parece que las autoridades se han percatado de que ha llegado la hora de la justicia porque el aumento del déficit público generado por el elevado coste de los millares de empleos así creados han hecho perder el suyo y llevado al paro a otros trabajadores quizás más valiosos para la economía.

Pensar que con el fin de la recesión y el inicio de una débil expansión lo peor haya pasado es una ilusión. Los únicos que pueden hacer un juicio válido al respecto son los millares de parados sin subsidio que no recuperen un puesto de trabajo o cuando ningún joven tenga que buscar ocupación fuera de España. Para salir de verdad del túnel, el país, el sistema financiero, las empresas y la Administración Pública deben ser capaces de reformas profundas para dejar a la espalda los problemas estructurales que han limitado la capacidad de crecimiento.

Anselmo Calleja es economista y estadista.