Editorial

Inflación sin riesgo alguno de deflación

El Indice de Precios de Consumo avanzó en 2013 un 0,3%, la menor tasa desde que España salió de la autarquía franquista y consiguió, primero como economía emergente y después como economía de servicios postindustriales, la maduez. La tasa interanual del 0,3%, que ha permitido que casi todas las rentas de los particulares, procediesen de la fuente que procediesen, registrasen mejoras reales, se ha logrado más por la fortísima presión de la crisis de demanda que por la voluntad colaborativa de los agentes económicos, más inclinados en España a la engañosa espiral monetaria de los precios que a ningún otro simulacro económico. De hecho, la mitad de las grandes rúbricas que componen el índice que elabora Estadística han tenido una aportación negativa a la tasa interanual, y una parte de las que han estado en la parte positiva lo han hecho por imposición de precios mayoristas internacionales (petróleo y su indicencia en el transporte) o por los impuestos del Gobierno, sin los cuales el indice de precios habría avanzado 0,2% y no el 0,3%.

Sea como fuere, con la excepción de la alimentación elaborada, con un comportamiento menos voluble en función de la renta disponible de la gente y su demanda, el resto de los sectores han tenido una formación de precios contractiva, con evoluciones negativas en los bienes industriales duraderos y con un estancamiento, desacostumbrado en España, en los servicios. De hecho, eliminando la alimentación, las bebidas y el tabaco, la tasa de inflación en España sería ahora negativa. Pasadas las embestidas de los impuestos indirectos que llevaron los precios a fuertes repuntes en 2012 y principios de 2013, la economía ha interiorizado la necesidad de una formación de precios coherente con una necesidad de recuperación de la competitividad, como fórmula casi única de recuperación económica. Ha replicado, tras la devaluación de los costes e impulsada por ella, la devaluación de los precios con un sano ejercicio de desinflación que debe convertirse en una palanca adicional de demanda y de crecimiento. Que nadie se asuste: no habrá deflación, al menos en España, puesto que a nada que la demanda se mueva, se moverá rauda la oferta para tratar de recomponer, engañosamente, su renta vía precios.

La política de recomponer la riqueza y los negocios por la vía de los precios, de los márgenes, en vez de hacerlo por la de la cantidad, por los volúmenes de facturación, es el camino más directo a un nuevo frenazo de la actividad económica, y debe ser evitado a toda costa. Las ganancias competitivas deben ser todavía reforzadas con un control estrecho de los costes. Y en una negociación salarial asimétrica, abrir únicamente la mano en aquellas actividades en las que la productividad financie sobreadamente las expansiones del coste. En el resto, habrán las empresas de atenerse a la demanda y a la competencia en el mercado.

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