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Más investigación y menos trabas

En la industria automovilística europea, la historia se repite. La lección: ignorar las súplicas de los fabricantes.

A estos no les gustan los límites a las emisiones. En vísperas del primer tope fijado en 2008, se quejaron de que el estándar propuesto era casi imposible de cumplir. Hasta 2008, las emisiones de carbono de los automóviles nuevos caían tan solo un 1% al año. Después el ritmo de avance se cuadruplicó. En la actualidad, las emisiones de carbono de los coches nuevos son un 20% menores que hace una década y los objetivos para 2020 empiezan a parecer plausibles.

Para el futuro, el Parlamento Europeo quiere que los fabricantes de automóviles reduzcan el consumo medio de combustible de los ya acordados 3,9 litros a los 100 kilómetros para 2020 a cerca de 3 litros hacia 2025. Una vez más, los fabricantes, especialmente los premium alemanes, están enfurecidos. Han pedido al gobierno de su país que tumbe la iniciativa parlamentaria.

En la actualidad, los coches nuevos emiten un 20% menos de carbono que hace 10 años

Al igual que en 2007, resistirse es un error. Sin duda, la eficiencia del combustible es cara y, sí, las firmas de coches de lujo tienen un problema porque los vehículos más grandes y rápidos consumen más. Ellos tienen que trabajar más, pero están especialmente bien posicionados para hacer frente a este cambio.

BMW, Audi y Daimler son mucho más rentables que otros fabricantes. También cuentan con un largo historial de éxito en innovación. Junto con su influencia financiera y su experiencia en ingeniería, tienen marcas fuertes y clientes que están dispuestos a pagar más.

El progreso en la eficiencia de combustible después de 2020 probablemente requiera una mayor cuota de mercado de los coches eléctricos, una tecnología que aún está en desarrollo. Sin embargo, este argumento está a favor de establecer objetivos ambiciosos de inmediato, no en contra. Unas directrices más estrictas fomentan la investigación y el desarrollo y crean seguridad en la planificación. El único argumento real contra los objetivos de emisión más estrictos es que se reducen los beneficios a corto plazo.

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