Editorial

Empresas y familias, dispuestas para el crédito

El que puede considerarse el mayor obstáculo para la movilización de la demanda privada como motor del crecimiento, el endeudamiento de los agentes económicos, empieza a superarse. La combinación de altos volúmenes de deuda y de altos niveles de desempleo ofrece el más contractivo de los escenarios para la recuperación. Los costes financieros de empresas y familias absorben su capacidad de generación de renta y deja escasísimo margen para nuevas iniciativas de consumo e inversión. Por tanto, devolver los niveles de apalancamiento de los agentes económicos a estándares razonables, a niveles que no paralicen la iniciativa, es básico para que la economía se mueva y genere nuevo empleo.

 Desde el máximo cíclico marcado en 2008, el saldo de crédito concedido a familias y empresas por entidades de préstamo residentes en España ha descendido en 311.000 millones de euros, según los registros del Banco de España. En términos relativos es solo un 16,6%, con una media anual del 4%, una tasa muy modesta que de no acelerarse prolongaría la corrección de los excesos durante demasiado tiempo. Los cálculos que algunos expertos economistas habían elaborado ya en 2010 situaban la vuelta a la normalidad, el fin del desapalancamiento, en torno al año 2017, y consideraban que en aquella fecha la deuda de empresas y familias debería moverse en el entorno del 125% del PIB.

Tales cálculos se ceñían al escenario financiero de entonces, pero que ha cambiado radicalmente tras admitir las autoridades españolas que absorber tal volumen de crédito y su carga financiera estaba convirtiéndose en una pesada digestión para el país, y que ya en los primeros años de la crisis había dañado a determinadas entidades financieras, más por la naturaleza únicamente inmobiliaria del crédito concedido que por la cantidad otorgada. En 2012, tras aflorar un déficit fiscal oculto de más de 20.000 millones de euros y forzar las figuras tributarias para poder financiarlo, la economía se sumergió en una segunda recesión que hizo creer a los mercados financieros que una parte importante de la deuda privada iba a convertirse en pública, arrastrando a la insolvencia al propio Estado.

Los temores del mercado forzaron la transparencia en el sistema financiero y sus necesidades de capital, únicamente financiables en aquel momento, mayo y junio de 2012, con préstamos de la Unión Europea. En paralelo, el mercado mayorista, ya anémico, se cerró del todo para la banca española, y ésta, escasa de financiación y acosada por la avalancha de provisiones, cerró el grifo del crédito a particulares y empresas. A unos por considerar que los estándares de solvencia habían descendido (alto desempleo y escasas o nulas expectativas de actividad), y a otras porque prefirieron reducir sus balances y endeudamiento para mejorar los costes de financiación, y retrasar los nuevos proyectos para mejor ocasión.

El cambio radical de escenario precipitó un descomunal desapalancamiento de la economía, desconocidamente intenso en el último año. En los últimos quince meses, el saldo vivo de crédito a empresas y familias ha caído en 224.000 millones de euros (casi 15.000 millones al mes), y ha llevado el apalancamiento agregado al 146,5% del PIB (1,558 billones de euros), frente al 171,9% de 2008 (1,87 billones). El coste ha sido muy elevado, con unos 600.000 empleos perdidos; pero la contracción de la economía se antoja escasa para tal caída de crédito, producto de una combinación de la amortización vegetativa (en las familias), una reestructuración y reducción (en las empresas) y de la casi nula concesión de crédito nuevo.

Dando por buenos los cálculos del umbral de la estabilidad en el apalancamiento privado en el entorno de 1,4 billones de euros o un 125% del PIB, el camino a recorrer es ya más corto, y la economía estaría cerca de su saneamiento total en materia de deuda. Estaría preparada para volver a tomar crédito y crecer. Pero para ello no es solo necesario que los agentes privados culminan su desapalancamiento: la banca tiene que recuperar la buena costumbre de dar crédito, una vez que está convenientemente capitalizada, bien por medios propios bien por esfuerzo de los contribuyentes. Es una necesidad vital para los hogares y las pequeñas empresas. Con el ahorro difícilmente se puede financiar la inversión.

Normas