El Foco

Rating y financiación de empresas

El acceso al crédito resulta cada vez más difícil para las empresas. El autor reflexiona sobre los mecanismos para que este vuelva a fluir y la situación económica remonte.

En un momento en el que un cuarto de la población activa española está desempleada, se hace difícil insistir desviar la atención hacia la importancia de las cuestiones relacionadas con la estabilidad financiera. Sin embargo, no podemos olvidar la importancia de que el crédito vuelva a fluir cuanto antes, la inversión aumente y los esfuerzos de competitividad de nuestras empresas se vean apoyados por unos costes de financiación más asumibles que los actuales.

¿Cómo llegar a ese horizonte deseado? En un escenario previsible, no exento de riesgos, es probable que España solicite un rescate pronto que desencadenaría una ayuda financiera y un apoyo a la deuda soberana a través de una reducción considerable de la prima de riesgo. Es probable también que antes o después, a iniciativa propia o inducidos por las circunstancias, desde España se proponga dar aún más completitud al abanico de reformas emprendidas, lo que puede hacer a nuestra economía algo más atractiva en el exterior.

Evidentemente, esto no es un simple cuento de la lechera porque éstas son solamente algunas de las cuestiones que se precisan para iniciar un camino hacia la recuperación. A España le quedan muchos años hasta que esa recuperación suponga una reducción considerable del desempleo y la vuelta a un nivel de endeudamiento privado mínimamente razonable. El objetivo es lograr un entorno de cambio pero no hay espacio para milagros, ya que va a ser muy duro emprender el camino de salida.

El crédito tendrá que volver a encontrar su protagonismo porque con la estructura empresarial y financiera de España no parece razonable esperar una de esas recuperaciones sin crédito que se han dado en el pasado en otros enclaves internacionales. Sería un error pensar que dado que el crédito es necesario hay que forzar a los bancos a que presten porque en un entorno de riesgo esto sólo agravaría la situación. No obstante, hay varios elementos de cambio que sugieren que algo puede y debe cambiar en torno a la actividad crediticia en España en un futuro muy próximo. El primero, que con el llamado banco malo, el SAREB, es posible que se cierre un capítulo determinante en la identificación y resolución de los problemas de deterioro de activos. El segundo, que las propias circunstancias de mercado, las obligaciones regulatorias y múltiples aspectos estratégicos van a derivar a un número significativo de entidades financieras a centrar su actividad en las actividades típicas y alejar sus negocios de otras inversiones que, como las inmobiliarias, habían desvirtuado de alguna manera su identificación tradicional como intermediarios financieros. Y, en tercer lugar -y, probablemente el más importante- el negocio bancario se va a tener que orientar en mayor medida hacia el crédito a empresas porque éstas -sobre todo aquellas que quieren expandirse geográficamente- van a necesitar de esa banca relacional y especializada que siempre se ha sabido hacer bien en España.

El crédito a empresas tendrá que tener nuevas capacidades en términos de evaluación de riesgos y de modalidades de concesión de financiación, más a medida para dar respuesta a una realidad empresarial diversa. En esta labor de recuperación de la actividad empresarial impulsada por el crédito, el papel de las agencias de rating va a ser esencial. Ahora que varios informes -el último, el del Banco Central de Europeo- y el propio sentido común constatan que la realidad de las empresas de calificación ha dejado mucho que desear en cuanto a prácticas, eficiencia y sistemas de incentivos con malos resultados para la economía, es curiosamente el tiempo de reivindicar un nuevo espacio para el rating, despojado de sus errores del pasado.

La realidad impone este nuevo impulso para la calificación crediticia porque la nueva normativa de solvencia de Basilea III va a hacer que las entidades financieras presten de forma mucho más significativa a las empresas que cuenten con una calificación creíble y razonable. Además, existen cada vez más iniciativas que apuntan a que los créditos a pymes pueden acabar siendo activos colateralizables que sirvan de garantía para que las entidades financieras puedan obtener liquidez en los bancos centrales. Eso sí, si esos créditos cuentan con una calificación homologada y respetable.

Evidentemente, el esquema de calificación crediticia que teníamos antes de la crisis no vale para generar ese nuevo espacio de reputación y señalización crediticia para las empresas que cabría desear. En este aspecto, se precisa, al menos, avanzar en dos aspectos clave para que, desde España, esto pueda lograrse. El primero, compartido con el resto de países europeos, es que hay que lanzar nuevas agencias de rating, más cercanas al territorio y a la realidad evaluada, que compitan con las grandes agencias tradicionales. El segundo elemento, es que estas nuevas agencias no repitan los errores de incentivos y eficiencia de esas grandes empresas calificadoras que han dominado el mercado. Por eso, cabe recoger con optimismo la homologación europea de la primera agencia de rating española (Axesor) -en cuyo proyecto participo- porque cumple con esos dos requisitos. En particular, introduce competencia en la calificación crediticia y plantea un sistema de incentivos distinto que ya ha probado ser más eficiente en otras experiencias internacionales. Este sistema consiste, entre otras muchas cosas, en emitir ratings no solicitados. La idea es calificar a empresas sin que éstas paguen por ello ni lo pidan, simplemente porque cualquier inversor (de España o de cualquier otra parte) interesado en ellas o cualquier banco al que soliciten financiación puede querer tener una referencia respetable e independiente sobre su calidad crediticia.

Todos los elementos suman en este intento de cambiar la estructura y los cimientos del sistema financiero para tratar de regenerar el crédito bajo principios y prácticas más sólidas y estables que las anteriores a la crisis.

Santiago Carbó Valverde. Catedrático de Economía y Finanzas de la Bangor Business School e investigador de Funcas