TRIBUNA

Vergüenza ajena

Al principio de su Crítica de la razón pura, y en contra de lo que entonces muchos opinaban, Kant escribió que "aún cuando nuestro conocimiento parte de la experiencia, no surge todo de ella". Por eso, y aunque algunos todavía se empeñan en lo contrario, el filósofo rechazaba las puras sensaciones fácticas como fundamento de la verdad. Yo también, aunque no se si tiene algún valor después de haberlo proclamado el genio alemán.

La cita, no obstante, nos permite reflexionar sobre un hecho constatable y, a mi juicio, verdadero: parece claro que la prosperidad económica no está siempre acompañada de un paralelo progreso social. No lo estamos haciendo bien y esa es una de las más severas (y certeras) críticas que desde sus inicios ha recibido la globalización. Sus opositores -que son multitud, y creciendo- ponen de relieve que, más allá del indudable progreso humano y a pesar del llamado desarrollo, la brecha entre los países pobres y ricos se está haciendo cada día más ancha y más profunda, hasta el punto de que más que brecha parece una insondable sima... La paradoja es que lo sabemos, pero no somos capaces -o no queremos, vaya usted a saber- ponerle remedio. Y alguna responsabilidad les cabe al primer mundo, a los organismos supra e internacionales, a los países más ricos y a sus gobernantes; a los mandamases empresariales y a todos los políticos (y también a los ciudadanos) en este despropósito sin nombre que atenaza al mundo entero y nos tiene acongojados, y por el que todos deberíamos entonar el mea culpa, aunque unos mucho más que otros porque, dicho sea de paso, para eso se inventaron las cuotas. De todas formas, el panorama es sombrío. Como dice Zygmunt Bauman, "el poder no lo controlan los políticos, y la política carece de poder para cambiar nada".

Hemos olvidado que los dirigentes, empresariales o no, se deben a la empresa o institución para la que trabajan. No son más que ellas ni -aunque algunos lo crean- están por encima. Los cargos nos obligan, de forma creciente cuanto más altos sean, al esfuerzo, a la disciplina, al ejemplo y a la responsabilidad. También a un comportamiento decente, pero eso ya se sabe, aunque algunos no lo practiquen. Y detentar un cargo en los tiempos que corren, sea el que fuere, además de un privilegio, no es solo disfrutar de ventajas y glorias, que es lo que muchos persiguen, sino una tarea que comporta deberes inexcusables y respuestas coherentes para las dificultades que se presenten, cuestión que no se si los políticos tienen clara porque su afición para crear problemas en vez de solucionarlos es notoria. Si hemos disfrutado de vacaciones, el regreso al trabajo debería traernos propósitos hacederos y algún compromiso responsable. Por ejemplo, que no se puede juzgar el pasado con los ojos del presente y, sobre todo, que la garantía de sostenibilidad se concreta en poder dirigir y tomar decisiones en el sentido esencial de la historia, que es el del provenir; y dejar atrás las urgencias diarias que nos hacen confundir el rábano con las hojas y no nos permiten distinguir lo importante de lo accesorio. Deberíamos darnos cuenta (y el regreso de la vida, más plácida en vacaciones también sirve para apuntalar esta afirmación) de que las personas son el centro del universo, como ya se encargaron de recordarnos los clásicos y algún gurú todos los días, aunque por lo que se ve, sin mucho éxito.

En fin, como seres humanos, deberíamos preocuparnos no tanto por la competitividad -que también- cuanto por la verdadera competencia, es decir, por la autentica formación/educación, haciendo las cosas como deben hacerse, y para eso hace falta prepararse sólidamente. Y apostar por la innovación y la productividad, con un toque de solidaridad, que solo es creíble si es de verdad, no marketing. Y deberíamos esforzarnos por cumplir, según la famosa fórmula de Kant, con los tres principios del progreso: cultivarse, civilizarse y moralizarse. El filosofo alemán ya había dicho que "el hombre solo puede ser persona por la educación. æpermil;l no es más que lo que la educación hace de él". Y esa sentencia, otra hermosa reflexión, también puede aplicarse a las empresas, a las ciudades y a los países porque sin hombres y mujeres seriamente formados, no hay instituciones, y viceversa. Como decía un editorial de este periódico hace unos días, si para algo ha servido esta crisis es para constatar, una vez más y por si alguien lo dudaba, la certeza de que el futuro de la economía y, más aún, el futuro de un país, depende inexorablemente de las capacidades y el carácter emprendedor de sus ciudadanos, es decir, de su formación.

Mientras, España, que sigue sin colocar siquiera a alguna de sus universidades entre las 200 primeras del mundo, y que ocupa un pobre lugar 29 en el Ranking Global de Innovación, con un gran y desproporcionado despliegue informativo, este verano se preocupa por un sucedido que ha protagonizado Cecilia, la pintora/restauradora del eccehomo de Borja. Un caso cuyo tratamiento me produce vergüenza ajena y que, como bien ha escrito Vicente Verdú, "representa la victoria de la banalidad en un mundo infantilizado y cínico". Así nos va...

Juan José Almagro. Doctor en Ciencias del Trabajo. Abogado