La cultura se busca la vida

Hasta hace unos años, a las organizaciones culturales españolas más o menos les cuadraban las cuentas con la venta de productos y servicios más las ayudas de las distintas Administraciones. Tiempos pasados. El tradicional sistema de financiación, cimentado en las subvenciones públicas, se está viniendo abajo con la crisis y muchos proyectos corren peligro de extinción.

Los Ayuntamientos reducen sus programaciones, hay un rosario de festivales cancelados, no es posible mantener la oferta con los recortes y llega el momento de lanzarse a captar fondos privados. "Sobre un supuesto garantista, las Administraciones, en lugar de repartir juego entre las distintas iniciativas que iban surgiendo de la sociedad, y enriquecer así el hábitat cultural, dotándolo de mayor dinamismo y diversidad, se dedicaron a cooptar la oferta, a controlarla directamente; ahora que no tienen dinero, muchos de esos proyectos mueren", lamenta Fátima Anllo, codirectora del máster en gestión cultural de música, teatro y danza de la Universidad Complutense de Madrid.

Los principales agentes señalan la necesidad de que la sociedad civil se vuelque con el sector, y de una ley de mecenazgo (que el Gobierno está preparando) para facilitar y encauzar su entrada. Comienzan a sonar en cultura conceptos como fundraising (captación de fondos) o crowfunding (microfinanciación colectiva mediante la que muchas personas aportan su dinero, a través de una red, para sostener un proyecto).

El Teatro Real de Madrid ha optado por un modelo mixto de gestión

El Festival Internacional de Benicàssim, FIB, desarrolla acuerdos de intercambio en especies, y desde 2001 se apellida Heineken. Es lo que se conoce como naming, otro recurso de captación de fondos que puede verse en algunos teatros y salas de música. "Supuso una posibilidad de crecimiento además de cierta estabilidad", concede David Díaz, director de patrocinios de este evento, organizado por una empresa y que cubre el grueso de su presupuesto (entre los 8 y los 10 millones de euros) con la venta de entradas, el merchandaising o la barra. Las aportaciones privadas representan del 6% al 8%; las públicas, de un 3,5% a un 5%. Hace seis años estos porcentajes eran 10%-12% y 6%-8%, según compara Díaz.

El Teatro Real de Madrid ha optado por un modelo mixto, público-privado, desde su reapertura en 1997, y suele ponerse como ejemplo de éxito: el patrocinio se ha duplicado en los últimos cinco años, e incluso ha aumentado desde 2008, desde que arreció la crisis. "Ahora la aportación privada es superior a la pública, estaremos casi en un 60%-40%", cuantifica su directora de comunicación y patrocinio, Marisa Vázquez-Shelly, este cambio de paradigma, esta vuelta a la tortilla. Su pastel presupuestario podría terminar dividido, milímetro arriba milímetro abajo, en tres grandes porciones: un tercio procedente de la recaudación en taquilla; otro tercio de manos privadas; el tercero, de financiación institucional. "Para llegar a este objetivo necesitamos tiempo y una ley de mecenazgo" que fomente la entrada de capital procedente de empresas y particulares a iniciativas culturales, incide Vázquez-Shelly. Un flujo que en España sigue siendo aún escaso, sobre todo si lo comparamos con el mundo anglosajón, según recuerda. El Metropolitan de Nueva York o el Covent Garden londinense cuentan con legiones de amigos de los que se rascan el bolsillo.

Sonorama es un festival de pop-rock que se celebra en Aranda de Duero. Lo organiza la asociación cultural Art de Troya, cuenta con un presupuesto de un millón de euros y hace a su pueblo una campaña publicitaria por valor de dos millones, según cálculos de sus organizadores, que admiten que pasan apuros y echan en falta más ayudas públicas. A cambio, hace cinco años la iniciativa despertó el interés del Consejo Regulador de la Denominación de Origen Ribera del Duero, atraído por su localización y por las 40.000 personas que se congregaban, jóvenes, potenciales consumidores de sus vinos, según describe José Trillo, presidente de la D.O. Ahora se llama Sonorama-Ribera. Y no es la única incursión del consejo regulador en terreno cultural: participa también en Atapuerca, y organiza un concurso internacional de narrativa breve.

Prestigio, imagen, marketing o vocación social, la cuestión es que hay empresas interesadas en sostener proyectos de música, arte, patrimonio, pintura. A principios de 2012, Telefónica renovaba por otros cuatro años su acuerdo de colaboración como benefactor del Programa de Atención al Visitante del Museo del Prado. Es también la principal mecenas de Casa de América, consorcio integrado por el Ministerio de Asuntos Exteriores, la Comunidad y el Ayuntamiento de Madrid, que organiza, entre otras, propuestas culturales. "La financiación pública ha ido disminuyendo, y actualmente representa el 45%", informa su recién nombrado director, Tomás Poveda. ¿De dónde sale el otro 55%? De una parte comercial (el alquiler de sus espacios) que representa el 35% del presupuesto; y de la aportación de empresas de su Alto Patronato (el 20% restante). "Es bueno que la sociedad civil se involucre en las cuestiones culturales, y que exista un equilibrio entre lo público y lo privado; hemos de aunar esfuerzos", concluye Poveda.

Existe todo un tejido alternativo, independiente, dinámico, que investiga y experimenta. Y que las está pasando canutas. Pequeñas salas de teatro, compañías de danza. En su día, se las forzó a constituirse en empresas, y a lanzarse "a un régimen de mercado, como si fueran la BMW", señala Fátima Anllo. Iban tirando con las subvenciones públicas hasta que llegaron las vacas flacas. Ahora tendrían que cambiar su forma jurídica, dejar de ser empresas, para captar aportaciones de terceros y para situarse en el lugar en el que siempre deberían haber estado dentro del tablero: el sector no lucrativo o Tercer Sector, "que es donde están en el resto del mundo", puntualiza la experta. Pero aun suponiendo que esto fuera factible, la cuestión es cómo van a poder competir, pequeñas como son y atomizadas como están, con las instituciones públicas y con grandes fundaciones que dedican departamentos enteros a la captación de fondos.

"No es un problema de público o privado; es un problema de que nuestro sistema cultural es disfuncional", opina Anllo. "Los que asumen más riesgos quedan desprotegidos y abandonados al mercado", apostilla. Cree que la futura ley de mecenazgo debería incorporar la figura de la corporación no lucrativa en materia cultural, como en Estados Unidos, y obligar a las grandes fundaciones ligadas a bancos y a empresas a liberar recursos para iniciativas más pequeñas