El foco

Crisis bancaria y banco central

Se han cometido errores importantes en la gestión de la crisis. Muy claros en el saneamiento bancario. El autor es consciente de que tendremos que recibir fondos europeos. Cuanto antes, mejor.

En 1987, siendo yo director de Fedea (Fundación de Estudios de Economía Aplicada), organizamos una conferencia sobre política monetaria en España y uno de los participantes, refiriéndose a la integración de España en el Sistema Monetario Europeo, dijo que de lo que se trataba era de acabar teniendo al frente de esa política al Bundesbank. Algunos celebramos esa ocurrencia. Hoy, 25 años más tarde, hay pocos motivos para esa celebración.

Recientemente, el primer ministro italiano Monti afirmaba agudamente que para los alemanes la economía no había dejado de ser una parte de la filosofía moral, con lo que el ahorro y los propios recursos como principal fuente de financiación constituirían la base del funcionamiento de la economía. Y con esa base, añado yo, resulta difícil que compartan principios como la necesidad de que los poderes públicos preserven la estabilidad financiera o que diseñen programas de gasto financiados con deuda para recuperar la demanda agregada.

Notables expertos de las funciones de un banco central (como Lamfalussy y Rojo desde hace tiempo y, más recientemente, el propio Bernanke) consideran que un objetivo fundamental de la política del banco central debe ser la estabilidad financiera (junto a la monetaria). Eso implica una estricta supervisión bancaria, pero también la relajación monetaria y la provisión de liquidez cuando la escasez de esta puede conducir a una devastadora crisis bancaria. Hay empresas y bancos que no son potencialmente insolventes pero a los que una prolongada falta de liquidez puede arrastrarles a la insolvencia. Parece claro que al Banco Central Europeo (BCE) le cuesta alinearse con estos principios.

Sobre la conveniencia de compaginar el ajuste presupuestario en algunos países con una política fiscal expansiva a nivel de la Unión Europea se ha escrito tanto y tan certeramente que no voy a insistir en ello. Por otra parte, el ajuste fiscal podía seguir una senda más suave, pero con programas creíbles monitorizados por una instancia europea supranacional (¿la misma que la que supervisaría los programas de gasto comunitarios que se deberían emprender?). Pero, francamente, ni siquiera los optimistas pueden esperar que esto se vaya a hacer.

Pero no seamos presa de lo que yo llamo el síndrome argentino: poner la responsabilidad de nuestros males fuera de nuestras fronteras. No creo que se deban olvidar los excesos y frivolidades del periodo 2000-2007: el endeudamiento sin límites de empresas y familias, la mala gestión de las entidades financieras, la muy escasa supervisión bancaria por parte de nuestro banco central, el necio triunfalismo de nuestros líderes políticos, etc. Bien es verdad que a todo eso contribuyeron las favorables opiniones de la mayoría de los analistas económicos de fuera y de dentro (algunos de los de dentro, sin embargo, advertimos, desde estas páginas incluso, sobre la extrema fragilidad del proceso).

Pero, sin olvidar aquello, también ha habido errores muy importantes en la gestión de la crisis. Muy claros en el saneamiento bancario, cuyo retraso es seguramente la causa principal del agravamiento de las últimas semanas. En estos cuatro años, a la desesperante parálisis de los responsables ha seguido una sucesión de planes insuficientes, y a medida que uno sustituía al anterior, el sistema financiero español y nuestros responsables políticos iban perdiendo credibilidad.

Hay dos cuestiones fundamentales en el diseño del saneamiento bancario: la identificación y valoración de los activos de mala calidad y la fuente de fondos para sanear las entidades que merezcan apoyo. En la primera cuestión se ha producido una sucesión de valoraciones de los agujeros patrimoniales, cada una mayor que la anterior, pero todas insuficientes. Se están realizando unas valoraciones excesivas de los préstamos morosos ligados a bienes. Y eso que hay algunas transacciones entre bancos y fondos de inversión extranjeros con una valoración de los activos claramente inferior a las que se utiliza para medir la deficiencia patrimonial que esa morosidad crea en las entidades. Y esas transacciones son unas pocas, que se realizan en un mercado con exceso de oferta, por lo que el precio de equilibrio seguramente es inferior al que subyace al valor de esas propias transacciones. Seguro que en ningún caso será superior, como parecen suponer las valoraciones oficiales de los activos tóxicos en la cartera de los bancos.

Respecto a la fuente de los fondos necesarios, resultaría conveniente que hubiera fondos privados (no reclasificaciones de partidas) y fusiones (pero no entre entidades enfermas), pero inevitablemente, y eso se sabía desde hace más de tres años, tendría que haber fondos públicos. Es demagógico afirmar que ni un euro de los contribuyentes para la banca. La verdad es que el no saneamiento del sistema le está costando mucho al contribuyente: si suponemos que la crisis bancaria española es responsable de 300 puntos de la prima de riesgo, en 2012 le estaría costando al contribuyente unos 21.000 millones. Solo en un año. Y además el credit crunch que estamos sufriendo es responsable de unos cuantos puntos de tasa de paro. El modelo de saneamiento consistente en ampliación de capital suscrito por el sector público, ejercicio de los derechos políticos y desinversión cuando se normalice la entidad hubiera costado mucho menos y no hubiera puesto a la economía española al borde del abismo.

El problema es que ahora no se puede hacer sin la aprobación del BCE y de la UE (hace tres años sí). Pero seamos conscientes de que vamos a tener que acabar por recibir fondos europeos por una cuantía similar al rescate a Portugal, por lo menos. Y más vale que los recibamos cuanto antes.

Carlos Sebastián. Catedrático de Fundamentos del Análisis Económico de la Universidad Complutense