EDITORIAL

Condiciones para que haya crédito

El debate sobre las dificultades para conseguir crédito y las supuestas restricciones bancarias al respecto se ha intensificado en las últimas semanas y hay un erróneo consenso que identifica la ausencia o escasez de actividad crediticia con la parálisis de la actividad económica. La existencia de liquidez abundante en el mercado desde que el Banco Central Europeo decidió hacer subastas ilimitadas de dinero al módico precio de un 1% y con vencimiento a tres años para todas las entidades europeas ha sido replicada por la reiterada pregunta de por qué no hay crédito, por qué la banca no da crédito.

La primera actividad de la banca, y desde luego la que más animosamente desea desarrollar, es conceder crédito a las empresas, los particulares y las Administraciones públicas, puesto que es en él donde genera el mayor margen de intermediación, que es la variable que de forma más regular conforma la cuenta de resultados. La banca vive, en definitiva, para dar crédito, porque le va en ello su beneficio y su permanencia en el mercado. Las entidades financieras no tienen otra misión que poner en contacto al ahorro con la inversión, a quien tiene dinero para prestar con quien lo necesita para invertir, y por ello su misión es uno de los pilares del crecimiento económico. También se puede crecer sin crédito o con el crédito dosificado, siempre que los agentes económicos hayan acumulado una bolsa lo suficientemente grande de ahorro, que no es el caso español.

De hecho, es lo que puede ocurrir en economías tan endeudadas como la española en los próximos años, en los que empresas y familias, y con ellas la banca, tienen que hacer un ejercicio acelerado de desapalancamiento para sanear sus particulares posiciones financieras. Ese convencimiento es el que está condicionando hoy tanto la demanda de crédito, escasa y poco solvente, como su oferta, dosificada y condicionada a altas tasas de solvencia del deudor.

La demanda y concesión de crédito no se soluciona con decirlo. Es una reacción a cambios profundos tanto en el sistema bancario como en los altísimamente endeudados balances de empresas y hogares, que solo se resolverá cuando los niveles de deuda vuelvan a la senda sostenible que abandonaron en el último ciclo, en el que los préstamos crecían a tasas del 20% durante dos lustros. El proceso se ha iniciado de forma acelerada los dos últimos años, pero no concluirá hasta que no pasen al menos otros dos.

Entre tanto, y mientras la barra libre de liquidez del BCE trata de paliar los problemas de financiación mayorista, la banca, con las normas del Gobierno, debe sanear sus balances tanto con nuevas provisiones como con operaciones de concentración que diluyan el esfuerzo y recuperen la solvencia como para prestar sin riesgos. Mientras tanto, pedir que vuelva el crédito es, por desgracia, un ejercicio verbal vacío que alimentará expectativas de imposible realización.