COLUMNA

Un modelo fiscal óptimo

El debate fiscal reabierto pone de manifiesto que en España no está claro qué modelo fiscal queremos y para qué. La pléyade de tertulianos, el coro en la red, a favor y en contra, y los errores de concepto en algunos responsables políticos dan muestra de la pobreza del debate y del atrevimiento que supone la ignorancia. Este debate, además, ha devuelto la otrora acabada lucha de clases a la primera línea política, en una sociedad donde la lucha de pobres contra ricos terminó con la burbuja inmobiliaria, y el súbito enriquecimiento de algunos percentiles de renta.

Esta falta de rigor fiscal se debe, en parte, a nuestra historia hacendística reciente. El páramo fiscal que supuso la dictadura alumbró, tras ella, una reforma fiscal relativamente tímida, también como hoy con el miedo de no espantar a la clase dominante y los grandes patrimonios, y fue gestándose una ética y conciencia fiscal más propia de un país emergente que de una democracia consolidada dentro de la UE. La falta de conciencia y ética fiscal, con cierta correlación con la ubicación geográfica del Mediterráneo sureño, contrasta con el calvinismo y protestantismo del mundo anglosajón y europeo del centro y del norte, donde se acompaña el patriotismo de bandera, himno y pulsera, con una elevada conciencia de la necesidad del pago de impuestos. En España, la mejor prueba de que el fraude está extendido y que, por tanto, la disyuntiva pobres-ricos es falsa, es que dicho desfalco es interclasista e intergeneracional. Se puede ver claramente cómo pequeños o grandes autónomos, empresas de todo tamaño , profesiones liberales u oficios ocasionales, o incluso rentas muy acomodadas que falsean su declaración de la renta para acceder a colegios concertados, son ejemplos de escaso apego a la disciplina y el patriotismo fiscal.

Otro tema ha sido, y es, el diseño de un modelo fiscal óptimo adaptado a la realidad económica y social y actual. Los parámetros que deberían regir este diseño deberían ser los de simplicidad, suficiencia recaudatoria, equidad y eficiencia. Comenzando por la simplicidad, se puede observar cómo, a pesar de algunas reformas, la reducción de tramos, el modelo fiscal global es complejo y responde, en muchos casos, a un deseo del legislador a que no puedan desaparecer los asesores fiscales. Es, por tanto, una necesidad la simplificación del sistema tributario, analizando con seriedad el tipo único fuertemente corregido.

El punto más negro, junto con el de equidad, es el de suficiencia recaudatoria. Aquí la ideología económica dominante, en la que confluyen las dos grandes corrientes políticas preponderantes, ha logrado desfiscalizar la economía española hasta límites que tocan lo temerario. Las sucesivas reformas fiscales, especialmente sociedades, han permitido que las grandes empresas, los segmentos de renta más altos, y especialmente el ahorro, vieran reducida su carga fiscal, permitiendo figuras tributarias y societarias para esquivar, sin grandes desembolsos, la tributación que les correspondía. La rentabilidad económico-fiscal del capital en España es infinitamente más alta que en Alemania, Francia o los países nórdicos. De ahí la cantidad de rentistas que hay en España, lo que nos diferencia de las mejores economías de nuestro entorno. Con una ratio de ingresos fiscales/PIB del 32%, llegando al 35%-37% en las mejores épocas, es muy difícil mantener, no ya un Estado del bienestar raquítico, sino simplemente servicios básicos decentes.

En el campo de la equidad, los resultados han sido aún peores. Con cualquier variable que se pueda utilizar, la evolución es muy negativa. El porcentaje de acaparamiento de renta en manos de percentiles de renta elevados va creciendo y se ha doblado desde los años ochenta hasta hoy. De nuevo, la percepción social y política de la importancia de la equidad fiscal en un desarrollo sostenible es pequeña y nos aleja de los países verdaderamente comprometidos con su futuro.

En el campo de la eficiencia tampoco se ha avanzado mucho. Los escasos estudios rigurosos que se pueden hacer, dada la nula transparencia de las autoridades fiscales y estadísticas en materia de información fiscal, no permiten testar la eficiencia de la legislación fiscal y, por tanto, poder modificar, sin espasmos electorales, el modelo actual. Aquí queda mucho por hacer para poder alcanzar un óptimo normativo, y sobre todo poder eliminar aquellas figuras impositivas, o desgravaciones y exenciones, que ya no sirven o las que no son eficientes.

En resumen, queda mucho por hacer en conciencia y ética fiscal, en dotarnos de un modelo fiscal estable que permita la suficiencia recaudatoria, eso sí en función del objetivo social y político sobre servicios e infraestructuras públicas, y especialmente en ganar eficiencia, equidad y lucha real contra el fraude fiscal, sin maniqueísmos de ricos y pobres y alejado todo de espasmos electorales.

Alejandro Inurrieta. Economista y Director de Inurrieta Consultoría Integral.