Crisis financiera mundial

... Y tras cuatro años de pesadilla, ahora qué

Los líderes mundiales han probado todo tipo de recetas con resultado nulo. Puede que la solución no esté en las medidas, sino en la dificultad de su aplicación

Por supuesto, el sentimiento era luctuoso, pero una cierta emoción reinaba en el ambiente. El espíritu de revivir Bretton Woods, de crear las instituciones internacionales del futuro, de poner coto a los desmanes del sistema financiero, de meter en vereda a los responsables del desastre, de hacer algo grande, en fin, para pasar a la historia planeaba sobre los participantes. Lehman acababa de caer y el mundo estuvo días al borde del colapso, pero los líderes mundiales tenían un plan para mejorar el planeta. "Reactivaremos la economía. Esa es la señal que mandamos a los mercados", se prometía, confiado, el presidente francés, Nicolás Sarkozy. Era noviembre de 2008 y el mundo estaba de estreno.

Porque las crisis también se estrenan. La tragedia de Lehman cumplía dos meses e Islandia ya no era uno de los países más felices del mundo, sino uno quebrado, cuando los responsables de las principales potencias reunidas en el G-20 se concentraron en Washington en la primera gran cumbre contra la tormenta financiera mundial. Todo estaba por hacer. Tras año y medio mirando los signos inequívocos del huracán por encima del hombro (el tradicional sueño de que los miedos se pueden conjurar a base de negar la evidencia), estaban dispuestos a actuar. Un mundo de soluciones y medidas al alcance de la mano hacían creer que existía una receta, que se podría poner coto a la sangría y recuperar la felicidad de los años pasados, cuando las crisis duraban un par de años y el globo estaba convencido de que, ahora sí, se había inventado la fórmula para vivir en un círculo virtuoso de crecimiento sin fin.

Pero este estallido no era como los demás. "Es la peor crisis financiera desde la Segunda Guerra Mundial", había advertido George Soros en enero de ese año.

Alemania y Estados Unidos deben arrimar el hombro, a juicio de los expertos, mientras otros países reducen su deuda

Los líderes mundiales aprobaron la recapitalización del sistema financiero, herido entonces por las tristemente famosas hipotecas subprime (basura) y por el efecto en cadena de la caída de Lehman y el colapso de la aseguradora AIG; la creación de un colegio de supervisores para perseguir a las grandes entidades que operan en varios países, la aplicación de estímulos públicos multimillonarios para recuperar el crecimiento...

"Entonces se recapitalizó y se salvó la banca de Estados Unidos, de Reino Unido, de Holanda..., pero luego no se ha hecho nada más. Realmente, no se ha saneado el desastre de las subprime, que se hizo rápido y mal porque los bancos estaban intentando evitar que se endureciera la supervisión", explica Santiago Carbó, catedrático de Análisis Económico de la Universidad de Granada.

Llega la austeridad

Los ánimos empezaron pronto a enfriarse. La tan encomiada reforma financiera y la recapitalización de la banca aprobadas en la cumbre del G-20 en Washington estaban atascadas menos de un año después. En junio de 2010, esta vez en Toronto, nada quedaba de las ansias de los estímulos fiscales masivos. La deuda y los déficit disparados por las medidas para reactivar la economía pasaron a primer plano. La ola de la austeridad había llegado.

El G-20 sabía lo que hacía y sus peligros: "Hay un riesgo de que el ajuste fiscal sincronizado de varias economías pueda tener un impacto en la recuperación", señalaba el comunicado final de la cumbre de Toronto. Pero lo sacaron adelante. "No podemos dejar a las generaciones futuras un legado de déficit y deuda pública", concluía el G-20. La canciller alemana, Angela Merkel, había ganado la batalla. Solo la presidenta argentina, Cristina Fernández, clamó contra la política de austeridad.

Cuatro años y medio después del primer indicio de la crisis, cuando todo se ha probado, las declaraciones solo despiertan escepticismo y el mundo vive incendiado por la ira de la sociedad ante sus gobernantes, el abismo vuelve a estar a la vuelta de la esquina. Y es una que está muy cerca, venga en forma de doble recesión o de un nuevo cataclismo en los mercados provocado, por ejemplo, por una bancarrota griega que arrastre consigo a otras naciones.

Pero, ¿qué queda por hacer en un mundo que lo ha intentado todo, que se emocionó con los estímulos infinitos y las inyecciones públicas masivas para frenar en seco en cuanto las deudas soberanas se desmadraron y los mercados se tiraron a la yugular de los más débiles?

"No cabe duda de que el margen de maniobra de las políticas ahora es mucho más reducido que en 2008. No hay soluciones sencillas, pero eso no significa que no haya soluciones", animaba Christine Lagarde, directora gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI), desde el tradicional encuentro veraniego en Jackson Hole (Estados Unidos).

Puede que el campo de juego sea ahora más estrecho y los llamamientos a recuperar los planes de estímulo caigan en saco roto en naciones escaldadas por ejemplos como el griego, pero al menos la sensación general es que el mundo no está igual que en los momentos posteriores a la quiebra de Lehman.

"Estamos en el mismo proceso que hace cuatro años, pero no en el mismo sitio", explica Tomás García-Purriños, analista de economía y estrategia de Cortal Consors. "La tensión en el mercado interbancario es un hecho e incluso el propio Jean-Claude Trichet (el presidente del Banco Central Europeo) lo está reconociendo, pero estamos a niveles muy inferiores a 2008, cuando estaba disparado desde agosto Lehman quebró en septiembre. Así que es importante contextualizar las cosas. Hasta que no veamos un interbancario disparado, mejor no adelantar acontecimientos".

El alivio por la cierta contención del interbancario queda matizado cuando se echa un vistazo a las primas de riesgo y los seguros contra impagos de algunos países (Grecia, Portugal, Italia, España...) y los datos de crecimiento (o, más bien, de frenazo) de otros (Alemania, Francia, Estados Unidos...). "Estamos en un momento muy difícil porque la crisis de la deuda soberana, que es el aspecto que existe ahora de la crisis financiera, no tiene fácil solución y ha venido acompañada de unos claros signos de desaceleración de la economía mundial", señala el catedrático de Análisis Económico de la Universidad de Granada.

El fantasma de Lehman

Al menos, tampoco Carbó cree que la situación sea parecida a la era posquiebra de Lehman, "aunque estamos peor en algunas cosas, más fatigados, habiendo aplicado primero las medidas expansivas que luego fueron rechazadas porque es verdad que algunos países estaban viviendo por encima de las posibilidades..., con menos ases en la manga...".

Y, otra vez, el mundo se enfrenta a una vuelta de tuerca. Donde se dijo estímulos luego se pidió apretarse el cinturón. Ahora, el temor a que la crisis avance un capítulo más y se materialice la pavorosa W, la recaída en la recesión, fuerza otro cambio de rumbo. ¿Cuál? Nada menos que el regreso a los estímulos y a la recapitalización de la banca, pide el FMI. Sí, exactamente el punto de partida.

Claro que hay matices, los estímulos no pueden ser generales ni para todos. Solo para los alumnos más aplicados. "Tiene que haber una coordinación internacional", señala Carbó, "porque si hay algunos países que deben desapalancarse otros tienen que tirar; no puede ser que Alemania esté practicando una política restrictiva". Estados Unidos es otro de los países que debe arrimar el hombro y que vive un debate al rojo vivo sobre el tema. Por ahora, gana por goleada la austeridad, pero la tasa de desempleo, enquistada por encima del 9% en un país nada acostumbrado a ello, está despertando algunas conciencias.

Y lo ha hecho en el mismo seno de la Fed, el banco central estadounidense. "Teniendo en cuenta lo realmente mal que estamos cumpliendo nuestro mandato sobre el empleo, propongo que la Fed tome en seria consideración acciones" para reducir el paro, ha señalado esta semana el presidente de la Fed de Chicago, Charles Evans. Incluso a costa de que "estas acciones incrementen el riesgo de que la inflación pueda superar temporalmente el objetivo a largo plazo del 2%".

Al menos, en los últimos días hay dos líderes que parecen haber entendido el mensaje: Barack Obama por el lado del empleo en Estados Unidos y Merkel por la vía de reforzar la importancia del euro.

Pero entre las declaraciones y los hechos hay un largo camino por recorrer. "Sabemos lo que hay que hacer", admitía Lagarde en su discurso del 27 de agosto. "Pero necesitamos un nuevo enfoque, uno que se base en decisiones políticas enérgicas, que considere todos los instrumentos de política, y que se ponga en práctica de forma coordinada a escala mundial", clamaba.

¿Se percibe en sus palabras un llamamiento a una política fiscal común en Europa? Parece que sí. Y así lo reclaman la inmensa mayoría de los expertos nacionales (los alemanes seguro que piensan otra cosa). Un primer paso sería la creación de un Ministerio de Finanzas europeo con verdaderos poderes y desde ahí la aprobación de los eurobonos, aún muy lejos de despertar el consenso político y menos tras el portazo pegado este viernes por el economista jefe del BCE, el alemán Jürgen Stark, por no admitir ni siquiera la compra de deuda de países con problemas por parte de esta institución.

Pero tampoco se puede descuidar el frente bancario. Las entidades estadounidenses necesitan recapitalizarse, pero las europeas también, para hacer frente sin miedo a la crisis de la deuda soberana. ¿Aunque para ello haya que volver a inyectar capital público? "Hay que empezar a romper el círculo vicioso por algún sitio", argumenta Carbó. "Lo ideal sería un proceso ordenado que estimule la recapitalización privada, pero que sepan que el respaldo público esta ahí".

Y no hay mucho tiempo para ello. Puede ser que el abismo no sea inminente (aunque eso depende de Grecia), pero tampoco está muy lejos.

La política llama a la puerta

Que la economía decide los designios de los países no es un secreto para nadie después de la experiencia de la Gran Recesión, pero los conflictos políticos internos también han funcionado como un palo en la rueda de dos de los principales países llamados a tirar de la recuperación.

En Estados Unidos, los problemas de Barack Obama para sacar adelante sus planes de estímulo por las reticencias no solo del Partido Republicano sino dentro de las propias filas demócratas han cortocircuitado las medidas de impulso económico. E incluso el plan de choque para generar empleo y reactivar el crecimiento recién anunciado tendrá un difícil paso por el Congreso estadounidense, como ya se han encargado de advertir los contrincantes de Obama.

En Alemania, Merkel gestiona la crisis fiscal europea más para sus votantes que para el beneficio continental y aun así cada vez pierde más respaldos. El apoyo del Tribunal Constitucional germano al primer plan de ayudas a Grecia permite respirar al Viejo Continente, pero la crisis griega no está ni cerca de solucionarse y el camino por delante es largo.

Fechas

Noviembre 2008. Por la recuperación. Los líderes del G-20 se reúnen en Washington en la primera gran cumbre para hacer frente a la crisis financiera mundial. Pese a las reticencias del todavía presidente de Estados Unidos, George Bush, la determinación del británico Gordon Brown, el francés Nicolas Sarkozy y Barack Obama permite sacar adelante una declaración llena de promesas de planes de estímulo, de urgencia por la recapitalización de la banca y de supervisión de las entidades y productos financieros transnacionales.

Abril de 2009. Más expansión. La siguiente reunión del G-20 se celebra en Londres todavía con el entusiasmo inicial por los planes públicos de estímulo. Se aprueba una inyección masiva al FMI. En total, son 1,1 billones de euros adicionales para restablecer el crédito, el crecimiento y los puestos de trabajo en la economía mundial. El comunicado final de la cumbre reconoce expresamente que la crisis mundial se debe a fallos en el sistema financiero y en la regulación. También se lanza la persecución a los paraísos fiscales y se crea el Consejo de Estabilidad Financiera, con poderes para alertar de riesgos macroeconómicos y financieros y actuar sobre ellos.

Septiembre de 2009. Se frena el entusiasmo. Solo un año después de la caída de Lehman, el G-20 de Pittsburgh empieza a arrastrar los pies. Se prorroga la reforma financiera tan firmemente aceptada en la cumbre de Londres y se amplían los plazos para la completa puesta en marcha de mayores requisitos de capital a la banca.

Junio de 2010. Se impone la austeridad. El crecimiento de los déficit y de la deuda siembra la alarma entre los países alérgicos a la inestabilidad fiscal. Angela Merkel pone su influencia a trabajar a favor de un plan de austeridad que se impone en toda su extensión. La cumbre del G-20 en Toronto (en la foto, el presidente español, Rodríguez Zapatero) cambia el paso mundial.

Noviembre de 2010. Guerra de divisas. Las preocupaciones de la cumbre del G-20 en Seúl se centran en la guerra de divisas que se está produciendo, con China a la cabeza. Las medidas concretas para analizar la salud de los países y medir los desequilibrios externos quedan postergadas a la próxima cita del G-20, que se celebrará el próximo mes de noviembre en París.