COLUMNA

La agenda demográfica pendiente

España atraviesa una crisis económica que se prolonga desde 2008. La luz al final del túnel se ve lejana y la salida se presenta, a corto plazo, difícil, más aún con la inquietante perspectiva del incremento del precio del petróleo, derivado de la inestabilidad política y social por la que atraviesa el Magreb y los países de Oriente Próximo y de la incertidumbre sobre la energía nuclear que desde la catástrofe japonesa se ha generado.

De esta crisis la consecuencia más importante está siendo el incremento del paro. El desempleo afecta en nuestro país a 4.333.669 personas en la actualidad, lo que supone una del 20,05 % de la población activa, con diferencias muy importantes entre regiones: País Vasco (10,8%), Navarra (10,6%), Cantabria (14,9%), Madrid (15,7 %) son las comunidades autónomas que tienen las tasas de paro más bajas mientras las más elevadas, casi duplicando a aquéllas, se dan en Canarias (28,9%), Andalucía (28,4%), Melilla (26%), Ceuta (24,8%) y Extremadura (22,9%).

Las preguntas que cabe plantearse son: ¿nos hallamos al final de un ciclo expansivo en el plano económico o en el principio de un nuevo ciclo de características muy distintas al que hemos conocido?, ¿la crisis económica puede conducirnos a una crisis social?, ¿en qué medida se resentirá nuestro estado de bienestar?, ¿cuáles serán las repercusiones de esta crisis económica en el plano demográfico, social y territorial y cuáles los desafíos o retos que de ellas se derivan?

Sin duda, estas repercusiones no pueden evaluarse de forma precisa, y menos a medio y largo plazo, pero es evidente que afectará de una u otra manera a todos y cada uno de los aspectos sociodemográficos y territoriales.

En el plano demográfico, la crisis económica se dejará sentir en la fecundidad, que se retraerá nuevamente: en la actualidad, el número de hijos por mujer es de 1,39, valor que le sitúa a siete décimas del nivel de reemplazo generacional (2,1), en tanto que la inmigración extranjera de carácter laboral disminuirá, pero tan solo en escasa medida (5.773.677 el 1 de enero de 2001, 17.067 menos que el año anterior), la inmigración residencial europea -la llamada gerontoinmigración- incrementará, sin embargo, sus efectivos en el Mediterráneo y los dos archipiélagos.

En el plano económico, la ecuación ocupados-parados-pensionistas se modificará a favor de estos dos últimos grupos.

En el plano territorial, los desequilibrios regionales se incrementarán y el tímido proceso de cohesión territorial en las últimas décadas podría verse frenado; por otra parte, nuestros espacios rurales, cada vez más heterogéneos, profundizarán su proceso de despoblación, por razones biológicas más que por emigración, aunque también.

Las mujeres jugarán un papel cada vez más decisivo en el mundo laboral, aunque no se verán reflejados en otros planos. Desde la perspectiva de género, las diferencias entre hombres y mujeres, aunque se han invertido en relación al desempleo (en la actualidad crece más el paro en el lado de los hombres que de las mujeres), siguen siendo importantes en relación a las pautas culturales y uso del tiempo, así como en muchos otros ámbitos tales como liderazgo político o empresarial.

Finalmente, el modelo productivo va a ser muy distinto del que conocimos, fundamentado como estaba en el fomento del turismo y la construcción, como distinto también será nuestro modelo de consumo -y no solo energético-.

Frente a estos cambios, la agenda de retos demográfica a afrontar en nuestro país aparece sobrecargada, pudiendo citar al menos nueve importantes desafíos: el primero, ajustar las fuentes estadísticas a la realidad demográfica, en este sentido, el censo de población de 2011, habida cuenta las insuficiencias y limitaciones del padrón de habitantes, será el mejor banco de pruebas; el segundo, afrontar las consecuencias derivadas del envejecimiento de la población española y del debilitamiento progresivo de nuestro actual "dividendo demográfico"; el tercero, promover medidas legislativas globales que permitan incrementar la fecundidad; el cuarto, ordenar los flujos de población extranjera e integrar a esta en el plano político, social y cultural; el quinto, superar las desigualdades de género; el sexto, resolver la ecuación población-vivienda; el séptimo, dar respuesta a los actuales desequilibrios territoriales; el octavo, diseñar una nueva política territorial para los espacios rurales; finalmente, el noveno es cambiar y modernizar el modelo productivo.

Sin embargo, para afrontar estos retos las dos preguntas fundamentales a hacernos aquí y ahora son: ¿qué papel jugará España -y Europa- en el corto y medio plazo a escala global? y ¿qué rumbo seguirá la economía mundial en los próximos años y qué peso tendrá España -y Europa- en la misma?

En una economía mundial cada vez más integrada e interconectada, en un mundo-red como el actual, las causas son globales pero los efectos son locales, por ello España debe superar sus debilidades estructurales en la escala local-nacional, debe saber enfrentar las amenazas de la globalización y, apoyándose en sus fortalezas, aprovechar las oportunidades que la sociedad del conocimiento y el nuevo marco de relaciones internacionales brinda. Solo así se puede hacer frente al futuro que viene con posibilidades de éxito.

Pedro Reques Velasco. Catedrático de Geografía Humana de la Universidad de Cantabria