Las consecuencias del terremoto

El fantasma de los residuos en la catástrofe de Fukushima

El peligro de las piscinas supera al de los reactores agrietados, según EE UU

Estados Unidos y Japón no se ponían ayer de acuerdo sobre cuál de las cuatro plantas de las afectadas por el siniestro nuclear de Fukushima entrañaba mayor peligro. Para el Gobierno de Obama, la situación más grave es la registrada en la unidad cuatro, pues, aunque su reactor se encontraba parado en el momento del tsunami, las piscinas de esta planta contienen 3.500 elementos combustibles (entre ellos, la totalidad de los que se habían sacado días antes del reactor para la recarga), cuya temperatura está próxima a la ebullición del agua y expuesta a un incendio.

A diferencia del reactor, que está protegido por un muro de contención o vasija, las piscinas de estas centrales solo están cubiertas por la carcasa exterior, tres de las cuales han estallado dejando estos residuos altamente radiactivos a la intemperie. Los grupos cinco y seis, que estaban también parados en el momento del desastre, registran subidas peligrosas de temperatura.

Sin embargo, para Japón es la unidad tres, donde la fusión del núcleo ha provocado grietas en las paredes que protegen el reactor, la que reviste mayor peligro. Y es que, aunque no es una central de última generación, en ella se utilizaba el llamado combustible MOX, que es el que se obtiene del reprocesamiento del combustible usado previamente, y del que queda un 5% de elementos radiactivos: plutonio (el 1%) y otros elementos fisibles (4%) que se mezclan con vidrio.

Las pruebas con MOX (reservado para plantas de tecnología avanzada) y las posibles fugas de plutonio, convierten a esta instalación en una especie de bomba, según algunos expertos. En su opinión, la situación de la piscina de la unidad cuatro -que puede repetirse en el resto- debería conducir al debate nuclear más urgente: qué hacer con los deshechos radiactivos que quedan tras la producción de energía. Los llamados residuos o se almacenan tras su uso, o se reprocesan en plantas con este fin (las principales están en Francia y EE UU). Este reciclaje es caro (se calcula que 100 millones de euros por tonelada), pero permite a las potencias nucleares evitar la custodia de residuos. Pero ahora ha quedado al descubierto la peligrosidad extra que conllevan tanto las piscinas, como el uso del material reprocesado, especialmente el plutonio.

Fukushima, según datos oficiales de la compañía propietaria, Tepco, cuenta con siete piscinas: una por cada unidad, que alberga un 34% del total del combustible gastado y están ubicadas en la parte superior de los edificios de los reactores, y otra piscina común, en la que se encuentra otro 60% del combustible, que se almacena en ella después de año y medio de enfriamiento. Por su parte, el 6% restante está en un almacén de contenedores en seco. Ni la piscina que comparten ni este recinto han sufrido ningún desperfecto durante el siniestro.

El ATC español

El citado almacén en seco es el equivalente al Almacén Temporal Centralizado (ATC) que se proyecta desde hace varios años en España y que descansa en los cajones de Moncloa. Un total de ocho municipios pujan por un proyecto de 700 millones de euros, con el que se pretende encerrar durante 60 años las 6.500 toneladas de combustible gastado y residuos de alta radiactividad de todo el parque nuclear español (muchas de las piscinas y los deshechos de Vandellós I que custodia la francesa Areva desde el accidente que obligó a cerrar esta central en 1988).

La oposición de las distintas comunidades autónomas en las que se encuentran los pueblos candidatos ha llevado al Gobierno a paralizar el proyecto. En última instancia, el Ejecutivo también lo podría declarar de interés nacional y construirlo sin el consentimiento de aquéllas. Aunque la catástrofe de Japón podría ser un buen argumento para impulsar el ATC, fuentes próximas al Gobierno aseguran que éste no considera que el momento político sea el adecuado. Además, cuenta con la oposición de algunos ministros, como el de Fomento, José Blanco.

Un cementerio atómico llamado Rokkasho

La energía nuclear, la única que requiere de la existencia de organismos nacionales e internacionales de seguridad, no se agota en la producción eléctrica. El uranio que se utiliza debe ser previamente enriquecido en instalaciones con este fin; debe fabricarse el combustible y, una vez utilizado, sus residuos deben ser tratados (es el llamado segundo ciclo del combustible).

A partir de ahí, las opciones son almacenarlo en piscinas, en dos tipos de almacenes en seco (para residuos de baja y alta actividad) o se pueden reprocesar para volver a utilizar el 5% de material fisible, como el plutonio, que queda tras la combustión.

Japón, con 54 plantas en funcionamiento, dos en construcción y ocho en proyecto, cuenta con instalaciones de almacenamiento en el norte del país, en las poblaciones de Rokkasho y Mutsu, y dos plantas de reprocesado (la mayor, en la primera localidad, y otra piloto, en Tokai). Además, existe un proyecto para la construcción de un almacenamiento geológico profundo (en el que se enterrarían definitivamente los residuos) para 2040. Estas actividades son gestionadas por la compañía Japan Nuclear Fuel Limited (JNFL).

Como potencia nuclear, Japón ha optado por reprocesar sus residuos para lograr la autosuficiencia. De esta manera, no tiene que comprar uranio y evita tener que almacenar los residuos. Un sistema caro y peligroso, como se ha demostrado con el siniestro con el grupo tres de Fukushima.

Las eléctricas japonesas han reprocesado hasta ahora en Reino Unido y Francia más de 7.000 toneladas de combustible radiactivo (2.200 contenedores). Más de mil toneladas, según exigencia de los contratos, ya han sido devueltas a Japón por barco. El transporte interior también es habitual en el país (más de 10.000 toneladas han sido trasladadas desde los años 70), tanto por barco como por carretera.