COLUMNA

Mercados y Gobiernos

La frecuente afirmación retórica de que en la actual situación el mercado está imponiendo su voluntad sobre un Gobierno elegido democráticamente me parece bastante desafortunada por diversos motivos.

En primer lugar, porque invita a poner la responsabilidad de los problemas fuera, en los otros. Esta práctica no es infrecuente e incentiva ciudadanos irresponsables. Un caso extremo es Argentina que lleva décadas culpando a los otros (¿a los bárbaros?) de su continuo deterioro: al FMI, a los capitales extranjeros o, en su versión más reaccionaria, a la masiva inmigración de paraguayos y bolivianos.

La verdad de la actual situación económica española (y la de otros países) es que durante casi 10 años los agentes privados y públicos, sobre todo los primeros, han tenido una conducta poco responsable cuyas consecuencias se están sufriendo ahora. El sistema bancario español entre 2000 y 2007 multiplicó su endeudamiento por 11, ante la complacencia del supervisor; las familias en 1997 tenían una deuda que era el 50% de su renta bruta y en 2007 esta relación alcanzó el 130%, y en el mismo periodo las empresas incrementaron su ratio deuda/excedente bruto de explotación del 260% al 810%. Las Administraciones públicas, por su parte, tomaron como permanentes ingresos no recurrentes ligados al boom inmobiliario y constructor y realizaron gastos, algunos de todo punto suntuarios, y adquirieron compromisos solo compatibles con un nivel de ingresos insostenible. Y toda la fiesta sazonada por declaraciones triunfalistas sobre el futuro de la economía española, como las que realizaron los dos presidentes del Gobierno durante la década.

Habría que preguntar a los que insisten en la retórica sobre el poder de los mercados si prestarían sus ahorros a un Gobierno que ha engañado en sus cuentas públicas (el griego) o a otro que decidió asumir el agujero, enorme para el tamaño de su PIB, de unos bancos irresponsables (el irlandés). ¡Puede que lo hicieran si les retribuyesen con un interés el triple o el doble, respectivamente, de lo que lo hacen Gobiernos rigurosos como el alemán! ¡Como el mercado! En el caso español, solo mencionar que en 2011 los agentes públicos y privados españoles tienen que apelar a los mercados en más de un cuarto de billón de euros.

Otra cuestión es la respuesta de los Gobiernos afectados en su intento de ganar credibilidad como deudores. La mezcla precisa de recortes de gasto y de aumento de impuestos no la imponen los mercados, la deciden los Gobiernos. Aunque a veces se escuden en los mercados para ocultar su falta de liderazgo.

El segundo motivo por el que me parece desafortunada la mencionada retórica es porque se sitúa en el mismo plano del fundamentalismo neoliberal, con el discurso contrario pero igual de pobre ideológicamente, que hurta a la población la posibilidad de reflexionar sobre los problemas económicos. La verdad es que mercados y Gobiernos son instituciones imprescindibles y que habría que centrarse en la conducta de los agentes en los mercados (más que en los mercados) y en cómo conseguir que estos no tengan incentivos incorrectos y no tengan la posibilidad de ejercer un poder expoliador. La historia y la teoría económica nos dicen que la economía de mercado es el entramado institucional que mejor permite aumentar el bienestar de los ciudadanos y que, por otro lado, es necesaria la regulación de los mercados para evitar dinámicas perversas y es conveniente la acción compensatoria de los Gobiernos porque el mercado por sí solo no mejora la distribución de la renta y puede empeorarla. Aceptado esto, la discusión interesante debería centrarse en el tipo de regulación y en el tipo e intensidad de las acciones redistributivas.

La idea de la autorregulación de los agentes financieros, una de las causas de la crisis, contradice la teoría económica de los últimos 50 años. Pero también lo hace la pretensión de que los Gobiernos pueden conseguir cualquier objetivo económico. La economía no es una ciencia experimental (y, además, todo el mundo se siente capacitado para opinar sobre sus proposiciones). Pero tiene ya muchas décadas de experiencia reflejada en datos interpretables. Discutamos su interpretación.

Por otra parte, los detentadores del poder político, como los agentes económicos con peso en un mercado, tienen su propia función objetivo que no siempre coincide con los intereses de la ciudadanía. Eso no supone la negación ni de unos ni de otros, pero sí invoca la necesidad de establecer mecanismos que limiten el poder de mercado de unos y las conductas contrarias al interés común de los otros.

Carlos Sebastián. CATEDRÁTICO DE FUNDAMENTOS DEL ANÁLISIS ECONâMICO DE LA UNIVERSIDAD COMPLUTENSE