COLUMNA

Crisis de empleo

La EPA correspondiente al tercer trimestre confirma que el proceso de destrucción de empleo continúa, aunque lógicamente a un ritmo inferior. Pero en los últimos cuatro trimestres se han destruido 323.000 empleos y en los últimos ocho 1,8 millones. Pese a una ligera disminución de la tasa de paro, ésta va a volver a repuntar en el último trimestre del año y la tasa media en 2010 va a ser del 20% frente al 18% en 2009.

Las perspectivas para 2011 no son muy esperanzadoras. Con alta probabilidad el empleo va a seguir registrando una tasa interanual negativa a lo largo de los tres primeros trimestres y la tasa de paro media del año va a estar de nuevo por encima del 20%. La previsión del paro resulta algo menos fiable, por las mayores dificultades de prever con precisión el número de activos, pero no resulta probable que vaya a bajar a lo largo del próximo año (desde luego no por debajo de los 4,5 millones de parados).

En el horizonte de 2012, para el que las previsiones son lógicamente menos fiables, resulta probable que en la segunda mitad del año se registre una cierta recuperación del empleo a tasas cercanas al 1%, pero sin que la probable reducción de la tasa de paro la sitúe por debajo del 19%.

Ante este desolador panorama se me ocurren dos reflexiones sobre cuestiones relevantes relacionadas con la situación del mercado de trabajo. La primera se refiere a cual debe ser el objetivo de la negociación y de las posibles (y necesarias) reformas normativas; la segunda sobre la formación profesional.

Plantear una reforma, o una negociación sobre una reforma, sin especificar claramente cuales son los objetivos no tiene mucho sentido. De hecho la primera fase de una negociación debería ser acordar con precisión cual es el objetivo. Yo creo que el objetivo de una reforma del marco de las relaciones laborales debe ser el aumento de la productividad. Este aumento puede alinear los objetivos de los empleados con los de los empresarios y los de los dos con los de la economía en su conjunto. A los empleados un aumento sostenido de la productividad de los factores les permite aumentar su salario real al mismo tiempo que crece el empleo. Yo diría que es la única vía por la que este doble objetivo es alcanzable. A los empresarios el aumento de la productividad les permite consolidar beneficios y ampliar mercados. Y para la economía en su conjunto, avances en la productividad es la única vía para un crecimiento sostenido.

No se debe tener una visión mecanicista sobre los determinantes de la productividad. Hay que reconocer que los incentivos de empresarios y trabajadores son cruciales y que el marco de las relaciones laborales es un elemento muy relevante (aunque en absoluto el único) para esos incentivos. Nuestro país tiene una notable deficiencia en calidad de gestión. Desde luego en la esfera pública pero también en las empresas; y esa falta de calidad es un condicionante de primera magnitud para la evolución de la productividad. Una Administración pública más eficiente ayudaría, pero un marco adecuado de las relaciones laborales (organización más flexible del trabajo, incentivos retributivos adecuados, implicación de los empleados en decisiones organizativas, uniformidad contractual, etc.) que estimulara a todos los actores del proceso productivo sería crucial.

En este planteamiento la formación profesional tiene que contribuir a crear las bases para que las reformas del marco de incentivos tengan mejores frutos. Para estimular la formación profesional es condición necesaria dignificarla en la percepción de los ciudadanos. Una buena formación profesional no es menos digna que una formación universitaria y puede generar una fuente de ingresos más sólidos. Pero esta no es la percepción de la mayoría de los españoles, lo que condiciona negativamente la reforma de este segmento crucial del sistema educativo.

Cuando leo que las líneas de reforma de la FP que se está planteando insisten sobre todo en la facilidad que tendrán los que la emprenden para traspasarse a la enseñanza universitaria, pienso que seguimos alejándonos de la deseable dignificación de la FP. Esa vía de traspaso podría estar abierta según en qué circunstancias, pero eso no debe ser en ningún sentido el objetivo de la reforma ni, mucho menos, uno de los titulares de la misma.

Carlos Sebastián. Catedrático de Fundamentos del Análisis económico de la Universidad Complutense