COLUMNA

Zombi, guía de supervivencia

Nuestros viejos conocidos, los zombis, están de moda. El mito de los muertos vivientes nació en el imaginario vudú de Haití. Existen relatos del XIX que nos hablan de fallecidos que se levantaban de sus tumbas para deambular por un mundo de vivos aterrorizados. A lo largo del XX se hicieron más y más populares, hasta que el director George A. Romero fijó su estética desgarrada y sanguinolenta en la inolvidable La noche de los muertos vivientes. Esas turbamultas de muertos con sus carnes putrefactas que avanzaban en oleadas ingentes lograron convertirse en una pesadilla para algunos y una atracción irrefrenable para otros. Michael Jackson se caracterizó como uno de ellos en su famosísimo video Thriller, el más influyente y reconocido de la música contemporánea. Los zombis traspasaron los ritos de magia negra haitiana para convertirse en estrellas de nuestro arte.

Pero la zombimanía no había hecho más que comenzar. Si el siglo XX supuso su consagración como estética, durante estos principios del XXI su filosofía de muertos vivos ha catapultado a varios libros a la categoría de best sellers. El más famoso de todos ellos el Guerra Mundial Z de Max Brooks. El escritor, hijo del actor Mel Brooks, continuó la saga con Zombi, guía de supervivencia. Millones de personas lo han leído para aprender a protegerse de los zombis que nos invaden. Increíble pero cierto. Una pléyade de títulos vio la luz tras la estela exitosa de los zombis de Brooks. Orgullo y Prejuicio Zombi, Zombi Island y un largo etcétera que omito para no abrumar al lector. Los zombis gozan de un éxito que supera nuestro sentido común. España no es inmune a la moda, y aparte de la consabida noche Halloween, se organizan concentraciones zombis por toda nuestra geografía. ¿Qué está pasando? ¿Por qué nos atraen de esta forma? ¿Nos estamos volviendo locos, o es que hay algo más detrás del atrezzo de las vísceras aireadas?

Logré responder a esas preguntas cuando una autoridad monetaria estadounidense nos advirtió contra los bancos zombis. Bancos que aparentemente funcionaban, pero que en verdad estaban quebrados. "Vivo sin vivir en mí/ muero porque no muero", cantaba nuestra santa Teresa. Pues así estamos. Medio muertos, medio vivos. Reconocemos cientos de muertos vivientes en nuestra economía. Las inmobiliarias, sin ir más lejos, mantienen su pulso vital mínimo y artificial gracias al suero terminal de las refinanciaciones sin fin. Los zombis se multiplican, nos rodean, son ya escuálida legión. Levante su mirada aterrada y reconózcalos. Deambulan por las calles en busca de una liquidez que no les llegará. Parecen que están vivos, cuando en verdad ellos y nosotros sabemos que no son otra cosa que patéticos muertos vivientes. Empresas y empresarios zombis arrastran sus pies penitentes en compañía de los zombis primeros del sistema, los desempleados, expulsados del trabajo, del paraíso de los vivos. Los pocos supervivientes que ¿vamos? quedando huimos de ellos como apestados. Nos persiguen para pedirnos algo que no podemos darles: ni dinero ni trabajo. Están condenados a vagar como masa informe sin rumbo ni sentido por un tiempo largo e indefinido. Países zombis, como Grecia e Irlanda, amenazan con transmitirnos su infección. Personas, empresas y países zombis se dirigen angustiados hacia aquellas instituciones que puedan devolverles la vida.

Pero la alegoría zombi va mucho más allá. Desde que finalicé la lectura de La guerra de la doble muerte (Almuzara) de Alejandro Castroguer, logré meterme en la piel cuarteada de los zombis. No es que sean malos, es que los pobres no pueden hacer otra cosa que arrastrarse en busca de carne para saciar la rata negra de su hambre. Ya no sé si en verdad soy un zombi, o si usted, querido lector, es un vivo/vivo o un muerto viviente. La epidemia se ha extendido y nadie sabe cómo proteger a los vivos de los muertos. Algunos aconsejan aquello tan castizo del muerto al hoyo y el vivo al bollo, como si en verdad fuese posible aplicarlo.

Querido zombi, digo querido lector, ya queda un poquito menos para nuestra redención. Arrastremos los pies con resignación y esperanza, porque, al fin y al cabo, más vale ser muerto viviente que fiambre sepultado sin remisión.

Manuel Pimentel