Stephen D. King. Economista jefe mundial de HSBC

"La globalización no beneficia a Occidente"

Uno de los analistas de mayor prestigio de la banca augura años de crecimiento económico "claramente decepcionante" entre los países ricos

Es el principal responsable de la investigación y el análisis económico del tercer banco del planeta por capitalización bursátil, y el único que mantiene el pulso con los dragones financieros chinos. Acaba de publicar el libro Perdiendo el Control: las Amenazas Emergentes a la Prosperidad de Occidente (Yale), que por su inquietante portada podría confundirse con una novela de terror del archiconocido autor homónimo.

Aun sabiendo que el crecimiento sostenido tardará, ¿ha terminado la crisis global?

No. La crisis se define con una sola palabra: deuda. Al principio, se desencadenó por los excesos de hogares y empresas; ahora, son los Estados los que han caído en un endeudamiento excesivo, y la corrección realizada por el sector privado ha sido mínima teniendo en cuenta los niveles a los que habían llegado.

¿Había otra solución que la intervención gubernamental?

No lo creo. De hecho, los Gobiernos han tenido éxito al evitar el peor desenlace posible, que era una depresión como la de hace 80 años. Pero eso no significa que podamos volver a la situación anterior a 2007. El endeudamiento es muy alto, y afrontamos nuevos problemas al estilo de los de Japón en los años 90.

¿A qué se refiere?

Llevábamos tres o cuatro décadas con exceso de inflación y ahora tenemos una inflación demasiado baja combinada con tipos de interés nulos. Eso crea un fuerte incentivo para amortizar deuda, lo que es provechoso a largo plazo. Sin embargo, si se hace demasiado rápido, a costa del consumo, se puede entrar en una espiral deflacionista. Eso es lo que pasó en Japón hace 20 años: alto endeudamiento, posición fiscal deteriorada, tipos muy bajos y colapso de la oferta monetaria. En el mejor de los casos, afrontamos un periodo de estancamiento, con un ritmo de crecimiento claramente decepcionante.

Usted vaticina un declive económico de Occidente a causa de la globalización. ¿No es este fenómeno beneficioso para todos?

En términos relativos, desde luego que no. Países como China, India y Brasil serán en el futuro jugadores dominantes tanto en términos económicos como políticos. La irrupción del G-20 marca una línea que deberán seguir instituciones globales como el FMI y el Banco Mundial. La globalización comporta una paradoja: reduce las desigualdades entre países, lo cual es sin duda positivo, pero dentro de cada país se incrementan las diferencias de ingresos. En este sentido, hay claramente ganadores y perdedores.

¿A qué obedece ese reparto desigual?

La globalización ha supuesto en los últimos 10 o 20 años que el capital se mueva con más facilidad entre países, mientras antes era un monopolio de Occidente. Dentro de los países desarrollados, los poseedores de capital se benefician de una mano de obra más barata gracias a las deslocalizaciones, y eso ha llevado a un drástico aumento de la participación de los beneficios en el PIB. En paralelo, la de los salarios ha caído radicalmente, porque la competencia exterior los presiona a la baja. Existen otros impactos divergentes en los precios relativos, como los de las manufacturas y las materias primas, pero, en general, puede decirse que la gente de los países ricos no sale ganando. La globalización no beneficia a Occidente.

Un mal menor frente a la catástrofe

El cambio de paradigma que defiende King se observa en los mercados de materias primas: "En circunstancias normales, la recesión habría desplomado el precio del petróleo a desplomarse, pero sigue en 80 dólares por barril. Eso sucede porque ya no lo determinan los países ricos, sino nuevas potencias como China".

A su juicio, los Gobiernos de Occidente se enfrentan a un dilema crucial: aceptar el declive económico relativo ("no necesariamente absoluto") de sus países, o paralizar la globalización y "retirarse a un búnker que dejaría al mundo al borde de la catástrofe".

Con la primera opción, "los trabajadores tendrán que asumir menores ganancias y los pensionistas verán reducidos sus ingresos (por los bajos tipos de interés) y su poder de compra (por el encarecimiento de las materias primas). Además, nuestros hijos tendrán que competir con licenciados del mundo emergente y pagar con impuestos nuestra deuda actual". Un panorama sombrío pero, según King, preferible de largo a la alternativa nacionalista y proteccionista. "Cortar lazos con los países emergentes impediría el acceso barato al ahorro chino, colapsaría el dólar, secaría el comercio y los mercados de capitales, condenaría a una sucesión de bancarrotas estatales, dispararía el empleo y, en último término, haría de la guerra una opción probable".