EDITORIAL

FMI y Europa deben evitar la tragedia griega

El mercado financiero, ese monstruo inasible, insaciable y multitentacular que pretende gobernar a su antojo la economía, está empujando calculadamente a Grecia hasta el abismo del rescate diseñado por sus socios, o más allá si se tercia, hasta la suspensión de pagos o algo parecido, como sería una reestructuración negociada de sus obligaciones financieras. No ha habido día de esta semana en el que las salas de contratación no hayan elevado un poco más la prima de riesgo de la deuda helena, y hayan replicado en la renta variable el castigo, llevando pequeñas derivas de contagio a los mercados españoles, portugueses, italianos o irlandeses. Ayer el bono griego a diez años se intercambiaba en el mercado secundario al 8,88%, con un diferencial récord con Alemania. Pero incluso los instrumentos de deuda a dos años se colocaban por encima, en una inequívoca quiebra de la curva de rentabilidades propia de las Haciendas que han entrado en la pendiente desesperada del impago.

Esta misma semana han llegado a Atenas los funcionarios de las tres instituciones que pretenden tutelar la salida de crisis de Grecia, y que están igualmente sometidos a la misma presión que la administración socialista de las islas. El Fondo Monetario Internacional, la Unión Europea y su Banco Central Europeo deben coordinar con el Gobierno heleno una política económica decidida que devuelva al euro el oxígeno que le ha restado, y que dé plenas garantías de dos cosas: permanencia en la moneda única europea atendiendo sus compromisos financieros, aunque sea con la utilización del mecanismo de rescate diseñado expresamente para ello, y aplicar una política económica y fiscal rigurosa y coherente, que despeje las dudas sobre la conveniencia de si Grecia debe estar o no en el euro.

Las instituciones internacionales, las europeas primero, deben poner todos sus medios a disposición del Gobierno ateniense; pero con la misma vehemencia deben exigir como colateral al menos el compromiso político fiscalizable de que ese socio dejará de ser un motivo de inestabilidad y preocupación para la Unión Monetaria Europea. Tal grado de compromiso de ida y vuelta es también la mejor garantía de defensa en el caso de que la voracidad tentacular del mercado se traslade a otras economías periféricas de la zona, aunque cuenten con variables fiscales incomparablemente más serias que las exhibidas por Grecia.

En paralelo, eso sí, quien no haya hecho los deberes debe ponerse a ello sin dilación. España está, justificadamente o no, como Portugal o Italia o, por qué no, Irlanda y Reino Unido, en el grupo de riesgo de caer bajo la vorágine especulativa del mercado. La mejor forma de evitarlo es comunicar a las manos fuertes del mercado cuanto antes, y con hechos, que mantendrá la disciplina fiscal aunque la crisis aconseje decisiones más expansivas.