La Europa de Kraftwerk

Eins, zwei, drei, vier.. Se acaban de reeditar remasterizados ocho de los discos de Kraftwerk, entre ellos algunas de sus obras maestras como Radio-Activity (1975), Trans-Europe Express (1977) o The Man Machine (1978).

De Trans-Europe Express se dice a menudo que es un poema sonoro dedicado al Viejo Continente. Pero prefiero la definición que hizo la revista Rolling Stone hace siete años: "un álbum construido alrededor del concepto de un tren que se mueve a través de un continente que se está convirtiendo rápidamente [en una tierra] sin fronteras y digital".

Esa descripción se hace realidad cuando el cuarteto de Düsseldorf está a punto de cumplir, en 2010, sus cuarenta años de existencia (aunque ya sólo queda uno de sus miembros originales, Ralf Hütter). Pero sigue siendo uno de los grupos de música pop más influyentes surgidos en Europa en la segunda mitad del siglo XX. Hoy suenan tan frescos como el primer día y demuestran que la vanguardia no está muerta en el Viejo Continente ni es patrimonio (exclusivo) de EE UU.

Sus repetitivos ritmos electrónicos, emparentados, dicen, con Stockhausen, han marcado la historia musical de todo Occidente. Y lo han hecho manteniendo una enigmática trayectoria alejada de los focos. Y con un pausado y meticuloso método de trabajo que no encaja con la receta de melodías saturadas y musica-basura que las discográficas, en un inconsciente suicidio, han impuesto a la industria musical.

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