EDITORIAL

Visibilidad tras dos años de crisis financiera

El 18 de julio de 2007, hace justo dos años, Bear Stearns cerró dos fondos de inversión ante la avalancha de pérdidas generadas en sus carteras de activos, en su totalidad derivados de hipotecas subprime concedidas por la banca norteamericana. Sólo dos semanas después, Countrywide, la mayor compañía hipotecaria de EE UU, quebró, afectada por la misma enfermedad. Como un veneno silencioso, el riesgo de los derivados hipotecarios emitidos en la primera economía del mundo, y sobre cuya peligrosidad varios analistas habían advertido, comenzó a aflorar en grandes bancos de inversión e incluso comerciales en todo el mundo. Pero con inusitada velocidad se propagó también la desconfianza entre los actores del sistema financiero mundial y paralizó el motor que había movido la financiación de la economía durante décadas: el mercado interbancario. El temor a prestar dinero a una institución y no recuperarlo, por reputado que fuese el tomador, atenazó la operativa bancaria.

El miedo se fundamentaba en el desconocimiento de dónde estaban los activos derivados de productos hipotecarios cuyo valor había comenzado a bajar desde el momento en que los precios del subyacente último, las casas, comenzaron a ceder tras haber formado una burbuja descomunal. Y no hay nada más peligroso para la economía y la inversión que la desconfianza. Keynes decía a menudo que era más importante que el dinero: "Para que funcione la economía son necesarios unos cuantos kilos de dinero y toneladas de confianza". Pero, de repente, en los mercados financieros había toneladas de dinero paralizadas por la falta de confianza, por el miedo. Hasta tal punto se paralizaron los mercados que el riesgo de estrangulamiento se palpaba; era como un cuerpo vigoroso al que le había fallado el corazón que bombea la sangre que mantiene en movimiento sus miembros. En agosto, los bancos centrales de todo el mundo se conjuraron para realimentar el mercado interbancario e iniciaron una inyección masiva de dinero, con una laxitud creciente en los requerimientos de contrapartidas, así como en el precio. Entendían que con tal maniobra el problema estaba resuelto. Pero no fue tal. Dos años después mantienen la respiración asistida y los más optimistas consideran que sólo se ha hecho la mitad del camino para solventar la crisis que arrancó hace ahora dos años.

La desconfianza sólo podía superarse sacando de los balances de los bancos todos los activos afectados por la crisis, en parte magnificados por la propia banca al cerrar los flujos de crédito y circulante a las empresas, o manteniéndolos a la espera de una recomposición del valor de sus subyacentes, y capitalizar fuertemente las entidades para hacer frente a las pérdidas. El primer ministro británico, hoy cuestionado en su país, fue quien desde el principio apuntó la necesidad de capitalizar la banca, dio el paso más firme entrando en el capital de los bancos británicos, hoy casi todos nacionalizados. Su ejemplo ha sido seguido en EE UU y Europa.

Las Bolsas de todo el mundo reaccionaron con castigos a los bancos, endurecidos hasta el extremo en septiembre de 2008, cuando las autoridades americanas, en un ejercicio no del todo calculado, permitieron la quiebra de Lehman Brothers. Pero los mercados tocaron el mínimo en marzo de 2009, cuando se temía que de la recesión se pasaría a la gran depresión. Los mercados han perdido prácticamente la mitad de su valor, con un castigo muy superior para las entidades financieras. El FMI considera que las pérdidas generadas por la banca deben llegar a más de cuatro millones de dólares, de los que sólo han aflorado la mitad, y que por tal valor se han recapitalizado las entidades, con garantía pública en muchos casos. Falta otro tanto para proporcionar una visibilidad completa a la economía mundial, para que los bancos retomen la confianza y presten con normalidad dinero a los emprendedores, y evitar la asistencia de los bancos centrales. Sin recomponer el papel de la banca, la economía no volverá a funcionar como un reloj suizo.

Los inversores han comenzado ya a otear el fin del riesgo y están persuadidos de que lo peor ha pasado. Por ello, los mercados de acciones han retomado la alegría (el español acumula un 10% en el año y casi un 50% desde los atribulados mínimos de marzo), amparados en parte por los buenos resultados de las empresas. Aunque la tendencia alcista no parece definitiva, están puestas las bases para una recomposición de la economía en todo el mundo. Ahora sólo queda decisión para que los agentes económicos españoles sepan aprovecharlas.