COLUMNA

Modernidad líquida y resistencia al cambio

Zygmunt Bauman considera la actual etapa histórica como la de la modernidad líquida. Frente a precedentes etapas, las de la modernidad sólida, en las que se buscaba un cambio, modernizador, que debía permitir adaptar las situaciones a las exigencias de la modernidad y conseguir, encontrado un nuevo paradigma, la estabilidad, nos encontramos con que las actuales relaciones sociales, personales, económicas, discurren como un fluido al que le resulta imposible conservar la forma adquirida en cada momento.

Todo fluye y cambia, pues, constantemente, sin que podamos encontrar un momento de respiro, de estabilidad, de acomodo a las nuevas circunstancias. Y ello genera, en la sociedad actual, un sentimiento de inseguridad, de incertidumbre y, por ello, de vulnerabilidad, todo lo que se concentra en la compleja expresión alemana Unsicherheit, que evoca la angustiosa situación en que se encuentra quien carece de un punto de referencia fijo.

En el ámbito económico y empresarial, estos planteamientos, que fundan las ricas reflexiones sociológicas de Bauman, son plenamente aplicables. Los efectos de la globalización, del desarrollo de los transportes y de la comunicaciones, de los avances tecnológicos, de la progresiva apertura de las economías, hacen que la condición imprescindible para el éxito económico sea la capacidad de adaptación y la agilidad para transformarse y dar respuesta a los continuos cambios de escenario.

Los agentes económicos y, entre ellos, los individuos, han de mantener una actitud de constante adaptación, permanentemente abierta al cambio. Como dice Bauman, refiriéndose a las condiciones laborales contemporáneas, "valemos lo que vale nuestro último proyecto". El único factor estable a largo plazo somos nosotros mismos. El resto es el corto plazo. Por eso, la capacidad de arriesgarse, de cambiar, es fundamental para sobrevivir y progresar. Lo que da un nuevo valor al Estado protector, que teje una red de seguridad para que todo individuo sepa que si fracasa al asumir riesgos y afrontar cambios, no va a ser abandonado a su suerte. Ya en las primeras teorizaciones del Estado protector, las de lord Beveridge, que, como recuerda Bauman, era liberal y no socialista, lo que se pretendía era, precisamente, animar al individuo a asumir riesgos y a tratar de desarrollar toda su potencialidad, con la confianza de que contaría con una red protectora, tejida sobre la base de la solidaridad social y garantizada por el Estado, para hacer frente al infortunio.

Todo esto viene a cuento de la situación actual del empleo y de las relaciones laborales en España y del inacabable debate acerca de la reforma del mercado de trabajo. No por casualidad estamos como estamos. Por supuesto que operan entre nosotros los mismos factores que han operado en otros países. Pero, además, nuestras relaciones laborales, desde el marco normativo básico de las mismas, el Estatuto de los Trabajadores, hasta las prácticas negociadoras y la actitud de los agentes sociales, son un monumento a lo sólido en un mundo cada vez más líquido. Sufrimos una arcaica regulación decimonónica en cuya defensa, sorprendentemente, se unen un sindicalismo temeroso del cambio de escenario, un establishment académico esclerotizado y un mundo político (Gobierno y oposición) que prefiere no alzar la vista para no ver lo que hay alrededor (y, por tanto, lo que habría que hacer).

La tutela del trabajador, en ese contexto, se cifra, fundamentalmente, en la solidificación de su vínculo con la empresa concreta en la que en un determinado momento presta sus servicios, de tal forma que ese vínculo tiende a hacerse irresoluble, o sólo resoluble en determinadas circunstancias y previa asunción por la empresa de un significativo costo económico. Costo, además, creciente en el tiempo, lo que refuerza la solidez, en vez de poner el acento en la tutela social del trabajador afectado por los cambios, atendiendo a su empleabilidad y a su formación. Y los convenios colectivos, reacios a las innovaciones, se convierten en rémoras, en vez de ser motores, del cambio y de la adaptación.

O somos capaces, sociedad civil e instituciones públicas, de abandonar las monsergas ideologizadas y asumir las necesidades del cambio que la modernidad líquida nos impone, o nos convertiremos en un parque temático al que, con suerte, vendrán los visitantes de otros países para contemplar in situ cómo fueron, en otros tiempos, la sociedad, la economía, las empresas y el trabajo.

Federico Durán López. Catedrático de Derecho del Trabajo y socio de Garrigues