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Editorial
Es responsabilidad del director, y expresa la opinión del diario sobre asuntos de actualidad nacional o internacional

El mercado de la liquidez y del capital de la banca

Desde el verano de 2007 los mercados financieros se han transformado radicalmente, y con ellos la percepción y el comportamiento de los inversores, puesto que hace muchas generaciones que no pasaba por delante un fenómeno económico como el que ha puesto en marcha la crisis financiera que arrancó en EE UU. Aunque episodios alcistas y bajistas, movimientos cíclicos en una palabra, han existido siempre en los mercados, la dimensión de las oscilaciones han sido ahora de tal calibre que han puesto en revisión los paradigmas más tradicionales de la inversión. El temor y el aprecio han visitado a todos los productos en un movimiento pendular que en absoluto ha concluido y que no ha consolidado aún los precios reales de cada activo.

La búsqueda desenfrenada de liquidez por parte de las entidades para alimentar su actividad y refinanciar sus flujos monetarios primero, y de recursos de largo plazo para capitalizar sus estructuras y pertrechar su solvencia para soportar la crisis, ha echado al mercado un buen ramillete de productos con distintos niveles de rentabilidad, liquidez, riesgo y seguridad, que exigen a reguladores e inversores extremar el celo analítico para evitar sorpresas.

Además, las fuertes caídas de la Bolsa en todo el mundo ha desatado una huida del dinero hacia la liquidez, venerada ahora como uno de los lugares más seguros del mundo, como auténtica alerta de que los inversores viven tiempos revueltos. La búsqueda de la seguridad ha activado el apetito por valores emitidos por los Tesoros, consagrados garantes últimos del ahorro privado, así como por las emisiones corporativas que buscan recursos para financiar su crecimiento por vías más accesibles que la Bolsa, aunque sea a un precio sustancialmente más elevado.

Los reguladores y supervisores del sistema financiero y de los mercados, que tienen la encomienda de vigilar la solvencia del sistema bancario, pero también de detectar los posibles abusos para el inversor final, especialmente el no cualificado, han sindicado sus esfuerzos con los Gobiernos y han colocado como norte evitar la caída del entramado capitalista. Pero deberían hacer compatibles ambas responsabilidades, poniendo de acuerdo los criterios de unos y otros, para dar satisfacción a los emisores de papel y a los compradores. Por ejemplo, aunque esté justificado darle a la manivela keynesiana del gasto público, alguien debería advertir que hay que ponerle un límite temporal para evitar una infinanciable burbuja de deuda pública, que a la larga registrará fuertes caídas de su rentabilidad y que tendrá un sobrecoste en altos tipos de interés y en un impuesto invisible llamado inflación.

Pero, si consideramos que tal posibilidad es una de las más antiguas lecciones de la economía clásica, los supervisores sí deberían volcar sus esfuerzos en la vigilancia de las emisiones de instrumentos financieros. Deben mantener un alto nivel de rigor en todas ellas, pero especialmente en aquellas destinadas a sostener las recapitalizaciones de las empresas. Y dentro de este capítulo de forma muy particular las de las instituciones financieras, más apremiadas que las empresas industriales en estos meses para consolidar niveles de solvencia más elevados y afrontar el deterioro que sus activos crediticios sufrirán con la crisis.

Cuando los inversores particulares adquieren instrumentos financieros, deben tener claro si compran un producto de ahorro o si se embarcan en una inversión para capitalizar un banco o una caja de ahorros. Aunque para muchos la diferencia sea lo de menos, las hay y son abultadas. El ejemplo más claro es el de las participaciones preferentes, que refuerzan el capital de la banca, pero que son vendidas como si se tratase de un reclamo del ahorro con sugerentes rentabilidades.

Mientras que el Banco de España ha apremiado con su emisión a la banca, sobre todo a cajas de ahorros, la CNMV, sin bloquear ninguna, ha advertido sobre sus riesgos aprovechando el folleto emitido por Banesto, aunque su producto sea gemelo de los vendidos por Caja Madrid u otros bancos. Se trata de un instrumento muy arraigado, y es conocida su escasa liquidez, la falta de red ante impagos y el último lugar que ocupan sus tenedores como acreedores en un proceso de quiebra. Pero no estaría de más que el regulador estableciese mecanismos más transparentes de recompra sin menoscabo del principal, dado que se han vendido en las entidades de forma masiva como si de un producto de ahorro, y no de inversión, se tratase.

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