COLUMNA

Cita en Washington

Existen no pocas probabilidades que la esperada reunión de hoy en Washington decepcione. Y lo haga, no porque sus conclusiones no consistan en un recetario para una pronta salida de la recesión, que es lo que espera parte de la opinión pública pero que tendría escasa credibilidad. El peligro es que se limite a declaraciones genéricas más o menos retóricas, en lugar de formular una hoja de ruta razonable para la mejora de las instituciones globales y para ir alcanzando un consenso sobre los mecanismos de regulación y supervisión del sistema financiero internacional, además de coordinar las medidas tomadas por los distintos Gobiernos en los últimos meses.

No hay duda de que es necesario avanzar en la construcción de una arquitectura institucional global, usando el término instituciones en el sentido no sólo de organizaciones supranacionales sino también de normas aplicables a nivel global. Pero para que esa construcción sea sólida, hay que acertar con el ritmo y tiene que fundamentarse en buenas regulaciones y políticas domésticas. Acordar esto último es importante, porque la mayoría de los episodios de inestabilidad internacional, que fueron achacados a la falta de un ordenamiento global, tuvieron su origen en malas políticas nacionales. En buena parte el actual también.

Para que el nuevo aparato institucional sea operativo es necesario que haya mecanismos que hagan cumplir las normas que se establezcan (el enforcement, de tan difícil traducción al castellano). Y eso se logra por la credibilidad de las mismas o por mecanismos viables de sanción y es más fácil avanzar en la credibilidad si la construcción del cuerpo normativo se hace por etapas.

En el terreno financiero lo prioritario sería desarrollar sistemas de regulación y supervisión de los mercados y entidades financieras en cada país lo más eficientes y uniformes posibles y lograr una coordinación creciente de sus organismos reguladores. Pretender tener un organismo único y global de supervisión es por el momento utópico (ni siquiera lo tiene todavía la eurozona).

Y también es urgente coordinar las políticas monetarias de los grandes países o áreas, aunque esto no evitará por sí mismo que, de forma coordinada o no, existan responsables de la política monetaria que crean, como Greenspan, que hay que ser muy agresivo cuando la economía se desacelera y muy pasivo cuando la economía está siendo financiada en exceso (y se estén alcanzando niveles insostenibles de apalancamiento y creando burbujas en los mercados de activos). Teniendo en cuenta, además, que estos personajes siempre tendrán buena imagen en el mundo financiero y en los medios de opinión influidos por él.

No estoy seguro de que haya que introducir trabas a los movimientos de capitales. Quizá merecería la pena volver a debatir el impuesto de Tobin: un impuesto con una tasa muy pequeña sobre los movimientos de capitales, que encarecería los movimientos a corto sin apenas afectar los movimientos a largo plazo. ¿Quién lo pagaría, el ahorrador-acreedor o el emisor-deudor? ¿A quién afluiría la recaudación de este impuesto? En cualquier caso: el impuesto elevaría los tipos de interés y, sobre todo, su imposición no tiene sentido si no se hace a nivel global.

¿Es necesario crear organismos supranacionales? Es altamente conveniente crear semillas de posibles organismos supranacionales. Por ejemplo, un consejo mundial de supervisores y reguladores de los bancos y de los mercados financieros, que discutan y revisen las normas, avancen en su homogeneización e intercambien experiencias.

Qué hacer con el FMI? El problema con el Fondo es que tiene una credibilidad deficiente. En parte injustificada, porque es en parte la consecuencia de las denuncias de algunos Gobiernos (de América Latina, por ejemplo), que han acudido al Fondo para resolver los desaguisados creados por su política irresponsable y después han acusado al FMI de ser el causante de los problemas. Pero en parte también justificada, por diagnósticos erróneos y actitudes rígidas. La existencia de un prestamista internacional de última instancia para los países con dificultades de balanza de pagos es probablemente necesaria. Pero habría que definir bien sus funciones adaptadas a la realidad actual. Y habría que clarificar sus procedimientos de financiación.

Aunque no se trate en Washington, la coordinación internacional no se puede quedar en el ámbito financiero. Urge desarrollar instituciones globales para, al menos, dos otras cuestiones: el cambio climático, desarrollando un mercado global de carbono y acordando medidas exigentes de reducción de emisiones (que determinarán el volumen total de derechos que se negociarán en aquel mercado), y la lucha contra las pandemias (sida, malaria, etcétera), generando fondos financieros y estableciendo mecanismos de negociación con las farmacéuticas y de gestión de los programas de ayuda.

Estas tres líneas de desarrollo de instituciones globales tienen objetivos relativamente precisos y un rango de alternativas bastante acotado. Responden, además, a necesidades urgentes. Constituyen por tanto tres acciones en las que testar la voluntad de los Gobiernos para efectivamente avanzar en la construcción de instituciones mundiales. Todas las razones para ser pesimista, pese a la aparición de una figura tan esperanzadora como Barack Obama en un puesto de tanta relevancia como es la presidencia de Estados Unidos.

Carlos Sebastián. Catedrático de Análisis Económico de la Universidad Complutense