COLUMNA

Reactivación

Con riesgo de repetirme, unas reflexiones que puedan ayudar a comprender la situación actual y a formar un juicio sobre lo que se puede y no se puede esperar.

En España la burbuja inmobiliaria y el crecimiento excesivo de la construcción residencial auguraban una corrección macroeconómica, con el peligro de que fuera acompañada de problemas de morosidad que afectaran a los flujos de créditos. Lo que ha ocurrido es que antes, o simultáneamente, se ha producido la explosión de una enorme burbuja financiera creada fuera de nuestro país que ha secado de liquidez a los mercados y ha llevado a situaciones de insolvencia a no pocos intermediarios financieros. Ello ha sido suficiente para que los flujos de crédito se hayan visto afectados mucho antes y con muchísima más intensidad de lo se que se esperaba. Y esto ha contribuido a adelantar e intensificar la corrección macroeconómica.

Pocos éramos conscientes del peligro que suponía el desorbitado crecimiento de los mercados financieros y de su posibilidad de explosión. En realidad en España yo sólo se lo había escuchado hace muchos meses a Carlos Arenillas (vicepresidente entonces de la Comisión Nacional del Mercado de Valores), pero, como decía Woody Allen de su abuela en Annie Hall, 'estaba demasiado ocupada siendo violada por los cosacos' para hacer oír su voz. Pero llegado a este punto, lo prioritario es restablecer los flujos de crédito. En este sentido el plan británico, adaptado a la realidad bancaria de cada país, parece la mejor opción.

Pero el plan tomará tiempo y, mientras, las tendencias recesivas que ya estaban en la mayoría de las economías seguirán su curso. Pero si no tuviera éxito, que creo que sí lo va a acabar teniendo, el panorama sería desolador.

Supongamos que, efectivamente, poco a poco los bancos irán estando en condiciones de resumir sus funciones. Pero lo harán desde unos niveles de morosidad elevados, con dudas sobre la solvencia de muchos de sus potenciales prestatarios y con niveles reducidos de demanda de financiación. Por lo que el crecimiento del crédito será pequeño, pero no será entonces la restricción activa, como lo está siendo en los últimos meses. Reactivar la economía real será la prioridad.

Que esa reactivación no sea fácil en plazos cortos no quiere decir que no haya que intentarlo. En España va a ser más difícil por el peso excesivo que había alcanzado el sector que más está cayendo y por su baja competitividad.

Mantener un tipo de interés real muy bajo, una de las causas del actual desaguisado, está ahora justificado de forma transitoria. Pero la política monetaria es más eficaz para hinchar globos que para reanimar enfermos graves. La instrumentación de políticas fiscales más agresivas (como defiende Krugman) es una opción a considerar. Desde la perspectiva de la dinámica del endeudamiento público, un país con ratios bajas (como España) puede permitirse incrementos de su déficit durante unos años. En este sentido es lógico suspender temporalmente el Pacto de Estabilidad y poder superar el 3% del PIB. Otra cuestión es en qué se concreta la expansión fiscal y si los efectos sobre la reactivación van a ser importantes.

La reducción de los ingresos fiscales reduce el margen de acción pero no tanto como para no poder contemplar programas de gasto. Podrían considerarse dos tipos de programas: intensificar las inversiones en infraestructuras que incidan positivamente en la productividad e intensificar programas sociales que mejoren la renta disponible de las clases de menor renta. El problema es que la definición concreta de esos programas, especialmente los del primer tipo, toma tiempo.

Al retraso causado por la puesta en marcha de los programas de gasto se une el retraso con el que los efectos de esos programas se extienden por la economía. Por un lado, dadas las incertidumbres y el alto endeudamiento al que están sometidas las familias, éstas utilizarán los aumentos en renta disponible en mayor medida para ahorrar que para aumentar su consumo, con lo que el efecto multiplicador será reducido, aunque contribuirá a mejorar los balances de las economías domésticas cómo lo hará la reducción del tipo de interés y de los precios energéticos.

Por otro lado, las empresas sometidas a restricciones de financiación no responden a los aumentos de la demanda agregada con lo que el aumento del gasto puede tener un efecto limitado en el nivel agregado de actividad. Esto fue lo que ocurrió en Japón en los noventa en el que el enorme aumento del déficit fiscal no sacó a la economía de su recesión. Esperemos que las dificultades de financiación de las empresas sean pronto menores aquí que lo que lo fue en Japón en la década anterior.

Con todo es poco probable que la recuperación sea rápida. Esperemos que, al menos, todos, Gobiernos y agentes económicos, aprendamos de ella. En España, además de la asignatura siempre pendiente de la productividad (que no sólo hay que abordar con mayor I+D), habría que aprender que seguir estimulando la demanda de viviendas no es una opción razonable. En el mundo, que las políticas monetarias siempre expansivas son un disparate y que la buena regulación es necesaria. Y en el mundo globalizado ambas tienen que ser coordinadas.

No se trata, claro, de refundar el capitalismo, sino de avanzar en el desarrollo de regulaciones eficientes, alejándose tanto de experiencias perversas como la autorregulación del sistema financiero como de regulaciones pesadas y distorsionantes.

Carlos Sebastián. Catedrático de Análisis Económico de la Universidad Complutense