COLUMNA

La Unión Mediterránea, ¿otra ensoñación?

La semana pasada se celebró en París una conferencia de jefes de Estado y de Gobierno de los países que forman parte de la política euromediterránea conocida como el Proceso de Barcelona. La razón principal de esta reunión era el lanzamiento de una nueva política para el área mediterránea, la creación de instituciones comunes para su gobierno y la puesta en marcha de nuevos proyectos de cooperación entre ambas riberas del Mediterráneo.

Hay que reconocer que desde un punto de vista diplomático fue un éxito para el presidente Sarkozy. La concurrencia de los máximos responsables políticos fue masiva. El esfuerzo del libio Gaddafi para convencer a sus vecinos para no asistir a París fue un fracaso. Palestinos e israelíes estuvieron comedidos y el presidente sirio mantuvo el tipo sabiendo que la entrada en vigor de su acuerdo de cooperación con la Unión Europea depende de su actitud en Líbano, país éste fuertemente protegido por la diplomacia francesa. La capacidad de convocatoria del presidente francés es una dato a tener en cuenta en unos momentos donde las conferencias internacionales empiezan a estar devaluadas y lo habitual es contar más las ausencias que las presencias.

Para preparar este evento, unas semanas antes, tuvo lugar en Barcelona una reunión donde especialistas y estudiosos del Mediterráneo debatieron sobre la iniciativa de Sarkozy y sus posibilidades de futuro. Igualmente se opinó, y mucho, sobre lo acontecido con el llamado Proceso de Barcelona que puso en marcha en 1995 un ambicioso proyecto de cooperación política y económica que pretendía hacer del Mare Nóstrum un espacio de paz, libertad y seguridad.

No es bueno resolver los problemas con el mecanismo bien conocido de quitarlos de la agenda

El Proceso de Barcelona mereció un juicio crítico dispar. Es cierto que a su sombra se concluyeron acuerdos de libre cambio y cooperación con los países árabes de la otra orilla vinculando sus economías al mercado europeo. Es cierto que esta iniciativa ha creado una red de instrumentos jurídicos y comerciales que ofrecen grandes perspectivas de futuro. Es cierto que el Proceso de Barcelona sirvió de plataforma para posibilitar acuerdos en materias sensibles como la lucha contra el terrorismo de corte islámico.

Sin embargo, no se pudo conseguir el establecimiento del libre comercio entre todos los firmantes árabes del Proceso de Barcelona, que continúan con un modesto 5% de intercambios comerciales entre ellos, la frontera cerrada entre Marruecos y Argelia sigue siendo el símbolo de la falta de entendimiento entre nuestros asociados y, como consecuencia de esta situación, una relación económica y comercial cada vez más verticalizada entre el mercado europeo y los distintos mercados nacionales de nuestros socios árabes.

El aspecto más dramático fue, sin duda, la contaminación que produjo el fracaso del proceso de paz entre palestinos e israelíes que estuvo a punto de arruinar, en repetidas ocasiones, toda la programación de acuerdos de cooperación por la negativa árabe de tener como asociado a Israel.

La iniciativa de relanzar el proceso ha sido una decisión acertada; hay que reconocer que algo había que hacer. Si embargo, la Unión Mediterránea que acaba de nacer presenta ciertos riesgos que curiosamente son bien conocidos y que, en lugar de enfrentarse con ellos y abordarlos, han sido puestos de lado o simplemente excluidos de la agenda.

Nada que objetar a la puesta en marcha de los nuevos grandes proyectos de cooperación entre las dos orillas. El problema es que deberán ser desarrollados por la iniciativa privada y en los tiempos que corren será muy difícil convencer al empresario europeo si previamente los propios países árabes no establecen la apertura de sus mercados con sus vecinos. Los actuales mercados nacionales de los países árabes son muy pequeños y con una legislación que no siempre está en consonancia con el mercado único europeo, que es el terreno de juego que conoce el inversor europeo.

No es bueno resolver los problemas con el mecanismo bien conocido de quitarlos de la agenda. Me refiero a la liberalización de los intercambios agrícolas que estaba prevista para 2010. Se ha evitado hablar de esta cuestión central en la reunión de París. Resulta ya embarazoso recurrir al argumento noble de que lo mejor para estos países es potenciar su propio desarrollo y fijar su población a través de desarrollo rural… a condición de que no nos vendan sus tomates. Insostenible.

El mayor riesgo en la gran pasión mediterránea por la ensoñación. Esta capacidad contrastada que tenemos para creer que soñando con un futuro mejor arreglaremos porque sí el futuro. Dicho de otra manera. Como ahora somos una Unión Mediterránea, estaremos todos unidos para soñar con un futuro mejor. Soñar es bonito y a veces necesario, pero 'los sueños, sueños son'. Conviene no olvidarlo.

Manuel Marín. Profesor de la Universidad de Alcalá de Henares