COLUMNA

Bioetanol, precios agrícolas y pobreza

La lucha contra el cambio climático pasa por transmitir al usuario el coste de emitir CO2 y otros GHG (encareciendo la energía fósil) y por impulsar las energías renovables, sabiendo que ninguna de ellas por sí sola será capaz de sustituir a la energía fósil en un horizonte bastante dilatado. Pero una combinación de ellas podrá conseguir una sustitución sustancial.

Los biocombustibles, especialmente el bioetanol, tienen un papel que jugar en ese proceso, sustituyendo parcialmente a los combustibles líquidos de origen fósil. La campaña en contra se basa fundamentalmente en dos afirmaciones: no ahorran ni energía fósil ni emisión de GHG y son los principales responsables de la elevación de los precios agrícolas. Ambas proposiciones son falsas.

Cada vez es más difícil encontrar un estudio científico que muestre que el bioetanol no ahorra energía y no emite menos GHG. Nadie duda que el producido a partir de la caña de azúcar y el bioetanol celulósico que se deriva de los residuos agrícolas y forestales (y de determinadas hierbas) tengan una alta eficiencia energética y conllevan una sustancial reducción de GHG. La mayor parte de los últimos estudios apuntan a que el producido con cereales también tiene efectos favorables, sobre todo si se tiene en cuenta todos los productos que se obtienen en el proceso de producción del bioetanol.

Las deficiencias en la producción son debidas a malas cosechas. Pero también a muchas décadas de erróneas políticas agrarias

Los últimos estudios contrarios al bioetanol no comparan un galón de etanol con uno de gasolina, sino que se centran en las consecuencias ambientales y energéticas de un empleo masivo de bioetanol derivado de los cereales. Pero nadie tiene en mente ese empleo masivo. Tanto la industria cómo los Gobiernos que están impulsando los biocombustibles están pensando que pronto se va a producir una sustitución del etanol de primera generación (producido con caña de azúcar y cereales) por bioetanol celulósico. De hecho en no más de cinco años las plantas híbridas, que utilizaran toda la planta del cereal (no sólo el grano), serán una realidad. Y más adelante no habrá que utilizar grano.

Sobre los precios agrícolas: en los últimos años se ha producido una elevación enorme de la mayor parte de las materias primas (agrícolas y no agrícolas). Entre las agrícolas, es cierto que el maíz y el trigo (y las materias oleaginosas de las que se deriva el biodiésel) se han encarecido enormemente. No así el azúcar, que es con el maíz el mayor input en la producción de etanol. Otras elevaciones como las del arroz nada tienen que ver con el bioetanol, porque el arroz no se dedica a esa industria y sus tierras no son adecuadas para producir cereales para la destilación.

No hay duda de que se ha producido un incremento de la demanda de cereales y un mal comportamiento de la oferta. Pero los cereales utilizados en la producción de etanol representan poco más del 3% de la demanda mundial. Y, aunque ha crecido su uso para biocombustibles, del 4% en que se incrementó el consumo mundial de cereales en 2007, un 0,8% se debe a la industria del bioetanol. La fuerte caída de los stocks ha estimulado una demanda especulativa en los mercados organizados de grano. Estos datos y la relevancia de las deficiencias en la oferta de cereales han llevado al subdirector general de la FAO a afirmar que los biocombustibles son sólo responsables de entre un 5% y un 10% del aumento de los precios.

Las deficiencias en la producción son debidas a malas cosechas en grandes productores. Pero también a muchas décadas de erróneas políticas agrarias, en países desarrollados y en los subdesarrollados.

En los primeros hay millones de hectáreas de tierra cultivable en retirada y en los segundos, los productores agrícolas han sido laminados por las políticas del primer mundo pero también, y sobre todo, por sus propios Gobiernos.

Y este segundo factor es el que condiciona que estos países estén perdiendo la gran oportunidad que les brinda la elevación de los precios agrícolas.

Los Gobiernos de los países subdesarrollados se han pasado décadas sustrayendo rentas de los sectores agrícolas (mediante impuestos, tipos de cambio sobrevaluados y otras acciones), pese a que en algunos casos era la principal fuente de riqueza.

Y lo han hecho no por ignorancia, sino como estrategia para mantenerse en el poder, pues transferían recursos de una población dispersa poco fidelizable a grupos afines en los que se apoyaban.

En Argentina, la presidenta Cristina Fernández está actualmente transfiriendo, con su impuesto a la exportación, recursos de los agricultores (grandes y pequeños) a los grupos afines al peronismo con el mismo objetivo. Y en los países africanos, desde su independencia, la política agraria puede ser explicada por esa lógica.

La campaña contra el bioetanol es feroz. La 'industria de la negación', cómo G. Monbiot llama a la que obstaculizó la aceptación del fenómeno del cambio climático, sigue machacando a la opinión pública. Seguimos, por ejemplo, oyendo a diario que el bioetanol americano es culpable del encarecimiento de las tortillas mexicanas, cuando éstas se obtienen de un maíz diferente (blanco en lugar de amarillo) producido íntegramente en México. Y la campaña puede tener éxito. El resultado sería retrasar el desarrollo de la biomasa como alternativa a los combustibles líquidos sin mejorar la evolución de los precios agrícolas. Se seguiría agravando la pobreza y los países rurales seguirían perdiendo su oportunidad.

Carlos Sebastián.Catedrático de Análisis Económico de la Universidad Complutense