COLUMNA

Con los mercados hemos topado

Desconozco si el presidente de la Reserva Federal (Fed) conoce la famosa frase que titula este artículo pero la reacción de las Bolsas a su consejo a bancos y particulares para que encontrasen soluciones a las dificultades de éstos para pagar sus hipotecas a aquéllos que no consistiesen en abandonar las casas es un buen ejemplo de la situación desesperada en que se halla el mercado hipotecario americano.

Según comentaba el semanario The Economist, se calcula que alrededor de 9 millones de titulares de créditos hipotecarios deben por ese concepto más del valor actual en el mercado de su casa, y si los precios continúan bajando al ritmo de 2007 los morosos pueden llegar a los 17 millones. Suponiendo que el préstamo medio está en torno a los 225.000 dólares, ello equivaldría a una deuda de 3 billones de dólares. Si los deudores, como teme el presidente de la Fed, deciden masivamente entregar las llaves de la casa y marcharse sin pagar -lo que se conoce como jingle mail- las pérdidas para el sistema bancario serían enormes y provocarían una crisis gigantesca.

Y lo peor es que el banco central poco puede hacer. Reducir sus tipos a corto parece inútil, aun cuando será lo que decida, pues lo que a los deudores les preocupa ante todo es la pérdida de valor de sus hogares y no el alivio que supone reducir el importe de sus pagos periódicos en concepto de intereses.

Por el momento, lo más prudente es no aventurarse, al contrario que Ben Bernanke, por la senda de la reducción de tipos

Calcular esas pérdidas bancarias es lo que intenta un reciente estudio que parte de la base de que los bancos americanos pueden cifrar sus pérdidas por esta crisis en unos 200.000 millones de dólares. Suponiendo que pueden obtener nuevos recursos por la mitad de esa cantidad y que reducirán en 5 dólares su crédito -actualmente sus activos totales ascienden a 20,5 billones de dólares-, por cada dólar que disminuyan sus recursos propios, la contracción neta en préstamos y créditos del sector privado podría ascender a la respetable cifra de 910.000 millones de dólares, con un efecto, al cabo de los 12 meses, de una minoración en la tasa de crecimiento del PIB del orden de 1,3 puntos porcentuales.

Se comprende así la preocupación de Ben Bernanke, tanto más si, como parece temer, la inflación crece y hace aún más arriesgada su política de reducir tipos a toda costa.

La crisis no tiene solución ni fácil ni inmediata. Nació porque los bancos americanos prestaron a clientes con un riesgo elevado de no hacer frente a las amortizaciones de sus créditos hipotecarios y se propagó porque esas entidades fueron capaces de titulizar a corto plazo sus créditos dudosos y parte de sus valores a largo beneficiándose de la diferencia de tipos de interés y del hecho que tales paquetes crediticios no consumían recursos propios. Cuando la crisis estalló la liquidez interbancaria comenzó a escasear a pesar de los esfuerzos de los bancos centrales, los bancos restringieron sus créditos al sector real de la economía y los encarecieron, de forma que empresas y familias van a comenzar a apretarse el cinturón con los consiguientes efectos en la producción y el empleo.

Esos efectos han aparecido ya en nuestra economía. Sin necesidad de dramatizar en exceso, no tiene sentido seguir negando la evidencia con afirmaciones tan jactanciosas como la de que somos la economía mejor equipada para enfrentarnos con estos problemas. En economía todo requiere su tiempo y la desaceleración también. El sentimiento de los consumidores ha comenzado ya a empeorar y las cifras de la construcción residencial aún empeorarán más, al igual que el consumo, la inversión, la productividad, los costes laborales, la creación de empleo y el desequilibrio exterior.

Cabe confiar en que la demanda externa se equilibre algo y que la inflación comience a descender en los últimos meses del año pero el balance general no invita al optimismo, y ello tanto más cuanto que no se disponen de demasiados instrumentos para actuar. Luego se hablará de la política monetaria, ahora detengámonos en la fiscal.

Ciertamente gozamos de un superávit público que permitiría forzar un mayor gasto de inversión. Se menciona a este efecto las infraestructuras pero cabe albergar dos dudas: ¿se tienen previstas las obras a realizar o comenzaremos ahora a diseñarlas con el peligro que se realicen cuando el ciclo haya comenzado a cambiar?, y segundo, ¿la mayoría de ellas no irán en contra de nuestros compromisos de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero? A todo lo cual se une el temor de que de aquí a un año el actual superávit se haya convertido en un modesto déficit como consecuencia del cambio de coyuntura.

Así que nos queda la política monetaria. Por lo visto hasta ahora, el BCE sigue con mucha cautela la evolución tanto de la inflación como de la cantidad de dinero y no tiene prisa en reducir su tipo de interés a corto plazo. Esta prudente actitud le ha granjeado las críticas de todos aquellos que, al parecer, conocen perfectamente el funcionamiento de la economía y pueden anticipar las consecuencias de las medidas que proponen.

Pero me temo que Jean-Claude Trichet y sus colegas tengan más dudas y ponderen con sumo cuidado los costes y los beneficios de sus decisiones así como las probabilidades de éxito del abanico de decisiones que tiene sobre la mesa. Por el momento, lo más prudente, en mi opinión, es no aventurarse, como ha hecho Bernanke, por la senda de la reducción de tipos y, de paso, mantener un euro fuerte.

Raimundo Ortega. Economista