ANÁLISIS

¿Qué año será menos malo: 2008 o 2009?

Culmina uno de los años más difíciles que han tenido ante sí los gestores de la economía, tanto los gubernamentales como los corporativos. Un auténtico año subprime. Un ejercicio en el que los responsables de las decisiones que afectan al común de los mortales pasan los días intentando evitar la crisis formal y semánticamente, cuando en la gran mayoría de los casos conocen de antemano que el desastre llegará porque es inevitable. Cuando evitarlo es imposible, la única labor reconocible a los gestores de la economía es difundir lo que se avecina para que todos estén avisados. En Estados Unidos llevan varios meses hablando de recesión, balanceando porcentajes a favor y en contra, aunque sólo sabremos que la crisis ha pasado por su economía cuando públicamente reconozcan que un par de trimestres consecutivos registraron caída de su producción. Admiten la existencia de una recesión siempre cuando ha terminado, porque los mecanismos de flexibilidad de su modelo económico lo permiten. Los mercados de provisión de bienes y servicios, la utilización de los factores productivos, o las decisiones de la política monetaria y fiscal tienen tal grado de flexibilidad que han establecido los mecanismos de salida de un proceso recesivo antes de haber llegado a él. Gráficamente la llegada y salida de una crisis se resuelve con una pronunciada V.

En Europa, en España, los mecanismos son diferentes. Cuesta más admitir que las vacas están flacas, y se tarda más tiempo en poner en marcha los instrumentos que las engorden. En la UE la crisis financiera ha pillado el ciclo alcista sin madurar, y tendrá más resistencia a cambiar el sentido de la curva. Pero en España, que acumula nada menos que catorce años de euforia en la actividad económica, y que ha experimentado una especie de resonancia de la crisis hipotecaria norteamericana por tener una economía volcada con la actividad residencial, el olfato percibe menos resistencia, a juzgar por el parón súbito que ha experimentado la compra de casas.

La experiencia dice que en España cuesta mucho ajustar el mercado por la vía del precio, que es la más rápida y ortodoxa. Por tanto, la oferta no bajará los precios, y la contracción de la actividad inmobiliaria y sus efectos sobre la economía, serán más dilatados, como ocurrió entre 1993 y 1997. La recuperación será, por tanto, una prolongada U, y tal como comienzan a coincidir todos los analistas, 2009 será peor que 2008, tanto en crecimiento como en empleo.

José Antonio Vega. Subdirector de Cinco Días