COLUMNA

Europa y la ayuda al desarrollo

El Parlamento Europeo ha votado el informe Kinnock sobre Los Objetivos del Milenio (MDG) a mitad de camino y recientemente se celebró en Wiesbaden la Asamblea parlamentaria conjunta entre la UE y los países del África subsahariana, el Caribe y el Pacífico (ACP). Buenas ocasiones para valorar la ayuda de Europa al desarrollo, ante la controversia sobre los informes que alertan de la disminución de la ayuda oficial al desarrollo (AOD) a nivel mundial.

Según la OCDE, la AOD ha disminuido un 5% en el año 2006, rompiendo una tendencia al alza iniciada en 2001. El informe Kinnock, por su parte, advierte que la ayuda europea no crece lo suficiente y que el comercio no se está desarrollando convenientemente para hacer que 'la pobreza pase a la historia', como proponen los MDG.

Durante los años noventa, el fin de la guerra fría cambió las prioridades estratégicas de los países desarrollados. Los antiguos países de la órbita soviética se convirtieron en una prioridad para Occidente. Los países más pobres quedaron debilitados y la AOD disminuyó del 0,33% al 0,23% del producto nacional bruto (PNB) de los países donantes en el periodo 1992-2001.

Con el nuevo milenio, dos acontecimientos influyeron en el cambio de esta tendencia. La evidencia de que los países más pobres no estaban mejorando sus condiciones de vida impulsó el enunciado por la ONU de los Objetivos de Desarrollo del Milenio para reducir la pobreza, erradicar el hambre y fomentar el desarrollo.

Los atentados de Nueva York, Madrid y Londres colocaron la seguridad en el centro de las relaciones internacionales. Y la idea de que la prosperidad de los países más pobres era un requisito indispensable para la seguridad mundial empezó a calar entre Gobiernos y opinión pública.

Este nuevo contexto favoreció un incremento continuado de la ayuda hasta el 0,33% del PNB, recuperando en cuatro años los niveles de ayuda perdidos en los noventa. Pero era evidente que ese crecimiento no se iba a mantener porque buena parte del mismo se debía a cancelaciones de deuda que la OCDE permite computar como ayudas al desarrollo.

Esto no quiere decir que la cancelación de la deuda sea ineficiente en la lucha contra la pobreza. Al contrario, ha permitido destinar 420 millones de euros a gastos sociales en África, suprimiendo, por ejemplo, las tasas de matrícula escolar en varios países, que se ha traducido en un importante aumento de la escolarización e influido positivamente sobre el crecimiento económico de África en los últimos años.

Pero la cancelación de deuda no representa una transferencia de recursos nuevos para desarrollo. De hecho, descontando las operaciones de cancelación en 2005, el incremento de la ayuda respecto al año anterior no hubiese sido del 31,4% sino que se habría limitado al 9%.

En términos absolutos, EE UU sigue siendo el mayor donante, con 22.739 millones de dólares, con un descenso del 17,2% respecto a 2005. Pero en términos relativos, la ayuda norteamericana representó sólo el 0,17% de su PNB en 2006, uno de los porcentajes más bajos entre los países donantes. Japón sigue la misma tendencia que EE UU. En 2005 aportó un 51% más que en 2004 pero en 2006 disminuyó y su aportación relativa pasó del 0,26% al 0,24%.

En conjunto, la UE también ha reducido ligeramente su aportación, del 0,44% en 2005 al 0,43% en 2006, aunque sigue siendo el primer donante. Los países que lideran los mayores esfuerzos son Suecia, Luxemburgo, Holanda y Dinamarca, que ya sobrepasaron el objetivo del 0,7% del PNB.

Otros siete países (Irlanda, Reino Unido, Bélgica, Austria, Francia, Finlandia y Alemania) superaron el 0,33%, meta establecida por la UE para 2006. España está muy próxima a ese umbral (0,32%) y a distancia de los países menos generosos (Portugal, Italia y Grecia), con un incremento en términos absolutos del 21,7% en 2006, el mayor incremento de la historia de la cooperación española que nos ha permitido pasar del puesto 10 al puesto 8 en el ranking de países donantes.

Pero la AOD no es la única forma de ayuda al desarrollo. Otras medidas podrían constituir una valiosa fuente de financiación menos dependiente de los Estados donantes. Se han sugerido propuestas como los impuestos globales sobre las transacciones financieras -impuesto Tobin-, sobre las armas y sobre la emisión de CO2. Estos impuestos, además de financiar el desarrollo, estarían reduciendo los incentivos a la contaminación, los movimientos financieros especulativos o las guerras, lo que haría más fácil la erradicación de la pobreza.

En EE UU, otras iniciativas defienden reformas de los impuestos que tengan en cuenta la dimensión global de la economía. Pero para que este tipo de medidas tengan éxito se debería dar primero respuesta a la existencia de paraísos fiscales, el dumping fiscal o las facilidades para evadir impuestos en la economía globalizada.

Otras formas de recaudación no vinculadas a la producción, como una lotería mundial o la reducción de las comisiones al envío de remesas de los inmigrantes, son también formas innovadoras de financiar el desarrollo. Las remesas son una fuente de renta vital para millones de personas en los países en desarrollo y llegan directamente a manos de las familias, lo que puede disminuir los problemas de corrupción.

Pero el objetivo de estas medidas debería ser facilitar que las economías más pobres se integren de forma justa en el comercio internacional. Como señala el informe Kinnock en sus conclusiones, 'es el momento de reconocer que está habiendo un cambio social y político que ha aumentado la comprensión de que no deberíamos ofrecer caridad, sino justicia en nuestra política de cooperación'.

Eurodiputado y ex presidente del Parlamento Europeo

El objetivo de las medidas propuestas debe ser facilitar que las economías más pobres se integren de forma justa en el comercio internacional