COLUMNA

El tabaco es un valor seguro

La actitud cada vez más beligerante de las Administraciones contra el hábito de fumar en lugares públicos y la mayor conciencia ciudadana de que el tabaquismo es perjudicial para la salud no parece hacer mella en la expansión de las tabacaleras, según el autor, que razona sobre las causas de su auge.

Según la encuesta sobre tabaquismo del Centro de Investigaciones Sociológicas de noviembre pasado, el 80% de los encuestados opina que la ley antitabaco es buena y que contribuye a mejorar la salud de los españoles. Más de un 70% piensa que la ley ha contribuido a que no se fume en los centros de trabajo y un 50% considera que sus efectos positivos se han notado también en los bares y restaurantes. Todo lo cual debe haber contribuido a que haya disminuido el consumo de cajetillas de cigarrillos en un 2% entre 2005 y 2006. España sigue la tendencia europea.

En Europa, el patrón de comportamiento del consumo se ha ido dibujando con claridad. Las personas con mayor nivel de educación son los menos adictos, cosa especialmente significativa en los países del norte del continente. Y son los ciudadanos con menores recursos económicos los que muestran niveles más altos de tabaquismo. Un reciente estudio de satisfacción de clientes de hoteles europeos realizado por J. D. Power & Associates puso de manifiesto que el 69% de ellos prefieren los ambientes en los que no se fume, cifra cercana a la del 79% de americanos que prefieren hoteles con el letrero de prohibido fumar a la entrada.

En España, las cosas son algo diferentes. Una encuesta patrocinada por el Comité Nacional para la Prevención del Tabaquismo y GlaxoSmithKline subraya que las personas con estudios medios presentan unos niveles de consumo de tabaco muy superiores al resto. Un 29,5% de los mismos se declara fumador de tabaco frente al 19,8% de las personas con estudios bajos y el 23,5% de los que tienen estudios superiores. La edad marca un claro recorrido descendente en cuanto al consumo de tabaco, desde los más jóvenes que declaran este hábito en un 37,6% hasta un 9,4% en el caso de los mayores de 60 años.

Los Gobiernos sufren una enorme presión para luchar contra el tabaquismo. Uno de los últimos países en sumarse al tren de los prohibicionistas ha sido Alemania a finales del año pasado. Su Gobierno se declaró dispuesto en un primer momento a prohibir el consumo de cigarrillos en restaurantes, discotecas, escuelas y otros edificios públicos, pero no en bares y cervecerías. Días después de realizar la declaración descubrió que las competencias para prohibir fumar en locales públicos recaían en gran medida en los Gobiernos regionales, y ha tenido que dar marcha atrás, si bien mantuvo la medida en los edificios del Gobierno federal y en los medios nacionales de transporte. Los Gobiernos regionales, por su parte, han anunciado que intentarán ponerse de acuerdo sobre el tema en marzo. Con ello se amenaza al mayor mercado europeo de tabaco, aunque con medidas menos agresivas que las de sus vecinos Reino Unido, Italia y Francia.

Este último país marcha a la cabeza de la cruzada, este mes la prohibición se extenderá a todos los lugares públicos. Se podrá fumar en las habitaciones de los hoteles y en la calle, y el Gobierno contribuirá a financiar los costes de abandono del tabaco financiando un tercio de lo que cuesten los tratamientos con tal propósito.

Dado el talante beligerante de los Gobiernos en la materia, por un lado, y la actitud permisiva, cuando no claramente favorable a la prohibición de los votantes, no resulta extraño imaginar que las compañías tabaqueras hayan puesto sus laboratorios a idear las maneras de retener la lealtad de sus clientes. De hecho, un informe hecho público recientemente por la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Harvard afirma que los fabricantes de cigarrillos han estado aumentando progresivamente la nicotina de sus cigarrillos, incremento que entre 1998 y 2005 alcanzó el 11%.

Todo lo anterior llevaría a pensar que el negocio del tabaco no tiene buenas perspectivas y que lo mejor que puede hacer un inversor precavido es ir deshaciendo sus posiciones en el sector y usar lo que le den por sus valores en comprar acciones de sociedades que se identifiquen con industrias limpias y socialmente responsables. Por eso sorprende que cuando Altria, un conglomerado que en la época en que no era políticamente incorrecto aparecer fumando en público se llamaba Philip Morris y que fabrica Marlboro, anunció en octubre pasado que se desharía de Kraft Food, la segunda compañía mundial de alimentación, sus acciones se hayan revalorizado un 10%.

Si uno se toma la molestia de observar el comportamiento de las acciones de las principales tabaqueras, le resultaría difícil aceptar que se trata de unas empresas maduras, ajenas al progreso tecnológico, sometidas a permanente acoso regulatorio, condenadas a pagar multas y compensaciones por los efectos secundarios de sus productos, denostadas socialmente, y cuyos productos no sólo sufren el sobreprecio de unos importantes impuestos específicos, sino que son objeto de una campaña adversa permanente.

De hecho, las cotizaciones de las tabaqueras más importantes con frecuencia baten el índice Standard & Poor's 500 y tienen una capitalización y volumen de negociación envidiables. La antipatía gubernamental no se refleja en sus estados financieros.

Hay algunas razones que explican esto. Los cigarrillos presentan ciertas ventajas sobre otros productos. La lealtad de sus consumidores es enorme, su sensibilidad a las alzas de precio es pequeña, son baratos de elaborar, no requieren innovación y el mercado es tan grande como el mundo.

Francisco de Vera. Economista