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La ciudad dibujada

Sorprende, cuando uno pasea por la principal calle peatonal de Angulema, ver que no está dedicada a ningún rey o prohombre emérito, sino a un dibujante de tebeos: Hergé, el creador de Tintín. Y los nombres de todas las calles de la ciudad francesa aparecen dentro de bocadillos (los espacios que salen de la boca o cabeza de las figuras) de cómic. Es que Angulema se ha tomado muy en serio eso de ser la capital del cómic. Hará unos treinta años que empezaron a montar un Festival des Bandes Desinées. A ello se sumó la creación de un Centre National de la Band Desinée et de l'Image (con un museo del cómic, librería especializada, cine de arte y ensayo, laboratorio de imagen digital, etc.), una æpermil;cole Superieure de l'Image y una Maison des Auteurs.

En 1992 empezaron a cubrir medianas de edificios con escenas que el tiempo iría diluyendo, eso era al menos lo previsto; pero en 1998 decidieron que esas pinturas deberían durar, y pusieron en marcha un Programme des Murs Peints, que consiste en que una compañía especializada (Cité de la Création, domiciliada en Lyon y con trabajos por medio mundo) se encargue de trasladar a los muros un diseño expresamente concebido por un dibujante célebre para un lugar exacto, integrando la pintura en el contexto urbano.

Cada año se realizan dos o tres nuevos murales. Suman ya una veintena. Pero hay que decir que se trata de autores conocidos más en el mundillo belga y francés que en nuestro país -si se exceptúa a Moebius, o a Morris, el creador del personaje Lucky Luke-. También los autobuses públicos lucen dibujos, lo mismo que muchos cafés o tiendas, y hasta hay alguna que otra escultura, como la cabeza de Hergé, o la figura de Corto Maltese, el famoso aventurero creado por Hugo Pratt.

Angulema es una de las más bellas ciudades del valle regado por el río Charente, que le dio riqueza y vida. Aún quedan en sus márgenes, cerca de la ciudad, molinos de harina, o de papel, que mantienen la tradición del siglo XVI y confeccionan papeles especiales para grabado y ediciones de arte. El papel de Angulema era una de las muchas mercaderías que fluían por el río. Cuando llega a Angulema, el Charente es ya caudal adulto. Con porte suficiente para ceñir a la ciudad, que se empina sobre un teso otrora acordonado por murallas, hoy simples pretiles o miradores. Desde esa muralla desmochada se cierne el barrio obrero del fauboug Lhoumeau, que Balzac disecciona en la obra Les illusions perdues.

La acrópolis de Angulema parece suspendida en un tiempo preciso: el siglo XIX. Y es que fue entonces cuando se reventaron los corsés medievales y se imitó de forma descarada todo cuanto se cocía en París. Empezando por el mercado, que copiaba a Les Halles parisinos, y siguiendo por hôtels o mansiones burguesas, o el propio ayuntamiento, que es un cóctel de arquitectura neo sobre la base del castillo medieval de la dinastía de los Valois. Los arquitectos responsables fueron Paul Abadie padre e hijo; éste último es el autor del Sacré Coeur de París, un pastiche inspirado en las cúpulas típicas de esta región, bulbosas y carnales.

Fue también Paul Abadie (padre) quien llevó a cabo una profunda restauración de la catedral, la joya por excelencia de la ciudad. Una de las mejores catedrales románicas existentes, con una extraña solución para cubrir su nave central (en vez de bóveda de cañón se dispusieron bóvedas circulares). Pero lo que más admira es la fachada: un retablo de piedra lechosa (calcaire blonde) que trenza dos episodios, la Ascensión de Cristo y el juicio final.

Al curioso viajero hispano le interesa fijarse en una suerte de friso de la parte derecha; allí se representa la toma de Zaragoza por parte de Rolando, que mata al moro Marsilio, seguido por un combativo obispo Turpín, quien aguanta la mitra en el fragor de la batalla. El hecho, si ocurrió, fue contemporáneo casi del alzado de la fachada (1118); o sea, una bande dessinée, pero de piedra.