EDITORIAL

Otra oportunidad para el tripartito

Los partidos políticos han cuadrado la quiniela parlamentaria de Cataluña, pese a que los resultados de las elecciones del Día de los Difuntos arrojaban más tinieblas que luz sobre la gobernabilidad de la comunidad. Continuidad del Gobierno tripartito formado por PSC, ERC e ICV es la fórmula elegida para administrar la Generalitat durante los próximos cuatro años. A juzgar por la rapidez de la resolución, todos los participantes en la operación estaban convencidos de que una etapa centrada en la batalla del Estatuto, y bastante cegada para la gestión, debía tener otra oportunidad.

Si en 2003 la negociación fue áspera y prolongada, puesto que terminaba una etapa muy larga de Gobiernos de nacionalismo moderado, ahora sorprende la rapidez, cuando precisamente los coaligados, con la excepción de Joan Saura, han obtenido severos reveses electorales. Como en otros muchos procesos, no se ha respetado el principio, desde luego no escrito ni obligatorio, de que el candidato más votado es quien gana los comicios y es el epicentro del nuevo Gobierno. No por ello la nueva Administración tiene menos legitimidad democrática. Pero bien pudiera tratarse de que ha interpretado los mensajes de la ciudadanía de forma bien diferente a como a aquélla le hubiera gustado.

La experiencia del primer tripartito no ha sido gratificante para la gobernabilidad del Estado, enturbiada por el confuso debate sobre la reforma del Estatuto. Nada más conveniente para Cataluña y para España que esta réplica de la fórmula se centre en la gestión diaria de lo público en el ámbito autonómico, una vez definidas las reglas del juego con Madrid.

En todo caso, de todas las fórmulas posibles de gobernabilidad en Cataluña, ésta es, con la excepción del pacto CiU-ERC, la acogida con menos calor por el mundo empresarial. Una alianza puramente nacionalista forzaría una aplicación celosísima y extremada del nuevo Estatuto, con auténtico riesgo para las relaciones financieras con el Estado y para el sosiego y la confianza que precisa la actividad económica. El ensamblaje del nuevo tripartito proporciona, en materia de desarrollo estatutario, la visión más exigente de los nacionalistas; pero con el anclaje del PSC, vinculado, al menos sobre el papel, por razones estratégicas a Madrid.

De hecho, de la composición de mayorías disponibles, el Gobierno central no ocultaba su preferencia por un arreglo de Artur Mas con José Montilla, dado que proporcionaría moderación en Cataluña y estabilidad en Madrid. La maniobra de José Luis Rodríguez Zapatero con Artur Mas el pasado mes de enero en La Moncloa lo había proyectado así. Pero la realidad ha demostrado una vez más que Montilla milita en un partido autónomo, y que no le importa impulsar un pacto aunque desgaste, como ha sucedido en el pasado, las expectativas electorales del PSOE en España.

ERC volverá a sustituir de forma gustosa a CiU en Madrid, como ha hecho hasta hace un año, y no parece que el calendario electoral nacional corra riesgos. Sin embargo, el tripartito del que forma parte ha de hacer lo posible y hasta lo imposible por recuperar la imagen de sosiego, confianza, estabilidad y crédito público que ha sido seña de identidad de la clase dirigente y empresarial catalana durante muchos años.