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Lecciones para mejorar la inteligencia y saber aplicarla

Es una capacidad genética, pero también es una destreza humana que se puede ejercitar para ganar sabiduría

La inteligencia tiene alma de mariposa. Don Santiago Ramón y Cajal no sólo pintaba como los ángeles, también tenía la sensibilidad de un poeta. Durante toda su vida, el médico aragonés buscó con ahínco, detrás del microscopio, las misteriosas mariposas del alma, las neuronas -células delicadas y elegantes, nos dirá-, en un intento obsesivo por esclarecer el secreto de la vida mental. No pudo. Alentó la teoría neuronal y ganó un buen trecho, además del Nobel. Pero no pudo llegar hasta el final. En realidad, nadie ha sido capaz de lograrlo todavía.

Ha pasado casi un siglo desde que los recuerdos manuscritos del investigador quedaran impresos en su libro de Memorias y aún hoy los neurobiólogos desconocen cuál es el substrato neuronal que hace que las personas sean humanas o cómo se integra en el cerebro la información procesada en distintas áreas corticales para producir una percepción unificada, continua y coherente. Lo que sí saben, y no es poco, es que el número de espinas dentríticas (los filamentos de la neurona) están estrechamente relacionadas con la memoria y el aprendizaje porque incrementan las conexiones entre las células del cerebro.

Durante siglos se pensó que la inteligencia era algo innato e inamovible: nacíamos y moríamos con unas capacidades intelectuales prefijadas. Pero en el año 1983 esta percepción biológica y social cambió. El neuropsicólogo Howard Gardner abrió una puerta hasta entonces cerrada y puso la ciencia patas arriba. La inteligencia, dijo, es una capacidad, y no hay una sino ocho maneras diferentes de ser inteligente. 'Cada neurona puede llegar a tener 20.000 conexiones, y si el individuo consigue arañar el máximo potencial a esa capacidad epigenética, las posibilidades de resolver problemas aumentan exponencialmente', explica el neurobiólogo Javier de Felipe. 'Hoy sabemos que las grandes vías neuronales están ya establecidas cuando el niño abre los ojos, pero también sabemos que los circuitos locales del neocórtex se forman y refinan a posteriori', insiste. Y es ahí donde puede intervenir la mano del hombre. Algo que intuyó Cajal: 'El deber de la sociedad es acortar el camino que debe atravesar el cerebro para alcanzar la perfección', dirá a menudo.

Los estudiosos del cerebro recomiendan, para empezar a engordar la inteligencia, no confundirla con el dominio de un saber. La inteligencia es la capacidad de resolver problemas. Y acumular un conocimiento detrás de otro no siempre es garantía de éxito y felicidad. Primera lección.

No todo el mundo tiene los mismas capacidades y los mismos intereses, no todos aprendemos de la misma manera. Así pues, antes de empezar a ejercitar nuestro cerebro es conveniente identificar cuál es nuestro estilo de aprendizaje: lógico-matemático, lingüístico, espacial, musical, corporal, emocional (intrapersonal e interpersonal ) o naturalista, según el guión de Gardner. El gran desafío es encontrar el equilibrio entre el grado de dificultad de una actividad y el grado de habilidad de la persona que la realiza. Segunda lección.

Y un último consejo, ésta vez de la mano del filósofo José Antonio Marina. 'El deber debe guiar cualquier entrenamiento para mejorar la inteligencia. Nuestra conducta debe estar regida por valores pensados, no por valores exclusivamente sentidos. La inteligencia debe educar el sentimiento para obedecer antes de realizar cualquier elección'.

De Einstein a Maradona

Howard Gardner abrió una de las muchas puertas que encierra el cerebro en 1983. Hoy nadie cuestiona su definición: 'La inteligencia es la capacidad de resolver problemas o elaborar productos que sean valiosos en una o más culturas'.

Gardner amplía el campo de lo que es la inteligencia y reconoce lo que todos sabíamos intuitivamente, y es que la brillantez académica no lo es todo. A la hora de desenvolvernos en la vida no basta con tener un gran expediente académico. Hay gente, por ejemplo, de gran capacidad intelectual, pero incapaz de elegir bien a sus amigos, o tener una vida amorosa estable, y por el contrario, hay gente menos brillante en el colegio que, sin embargo triunfa en el mundo de los negocios o en su vida personal. Triunfar en los negocios, o en los deportes, requiere ser inteligente, pero ésta no es una inteligencia de tipo intelectual. Dicho de otro modo, Einstein no es más inteligente que Maradona. Pero sus inteligencias pertenecen a campos diferentes.

Gardner define la inteligencia como una capacidad. Hasta entonces la inteligencia se consideraba algo innato e inamovible. Se nacía inteligente o no, y la educación no podía cambiar este hecho. Sin negar el componente genético, al definir la inteligencia como una capacidad lo que hace es convertirla en una destreza que se puede desarrollar de una manera, o de otra, dependiendo del ambiente, la educación recibida y las experiencias.

Cerebros geniales

Los artistas son, por lo general, megalómanos, teatrales, impulsivos, desorganizados, poco sociables y amantes del dinero. El doctor Ignacio Pascual-Castroviejo, neurólogo de La Paz, asegura que el creador es un tipo brillante, que responde, sin embargo, al patrón patológico del hiperactivo. ¿La genialidad es siempre fruto de una patología cerebral? En la mente de todos resurge la imagen de un atormentado Van Gogh, pero no hay que olvidar a Einstein. Al parecer, el científico alumbró sus teorías al calor de una malformación del cerebro que le impedía tener una correcta percepción especial. Y cuentan que sus relaciones escolares y familiares dejaron mucho que desear. Dice el doctor Castroviejo en el libro Arte y Neurología que los niños con déficit de atención encaran el mundo desde su más tierna infancia con una mirada fija y unos ojos muy abiertos ¿Quién no recuerda los ojos desmesurados de Picasso? Hay suficiente documentación para analizar la personalidad de Picasso a través de sus rasgos físicos y su carácter. Esa inquietud y vivacidad manifestadas muy precozmente y la imperativa demanda del lápiz cuando el niño apenas sabía pronunciar su nombre son rasgos definitorios del síndrome de déficit de atención. En cuanto a su egolatría y su megalomanía, hay folios y folios escritos, incluidos los que dejaron sus mujeres y amantes.