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La bahía más bella del mundo

Es la isla mimada por el turismo, en aquel área del Pacífico tan llena de tentaciones. Ello tal vez se deba a su proximidad con Tahití y la bulliciosa capital del archipiélago: apenas veinte kilómetros la separan de Papeete, un salto de diez minutos en los aviones de hélice que enlazan sendos aeropuertos. Pero la razón principal de su éxito reside en su propia geografía, un abanico seductor de montañas y picos volcánicos de caprichosos perfiles, unas aguas traslúcidas, remansadas en calas y bahías de rotunda perfección, una vegetación lujuriante y una atmósfera apacible y reposada. De hecho, es la isla donde han buscado refugio los artistas golosos de lo auténtico.

Y es que, al contrario de lo que sucede en otras ínsulas hermanas, como Bora Bora, aquí se mantiene un cierto equilibrio entre el encanto natural y la presión del turismo. No se ven grandes complejos -por muy lujosos que se quiera- alterando el carácter un poco intimista de la isla; de hecho, es elegida por miles de capitalinos que van a perderse allí los fines de semana. Esto permite contemplar cómo era el entorno y ritmo de vida en épocas pasadas. De hecho es una de las islas que ha conservado más maraes (lugares abiertos de culto); algunos se remontan al año 900 de nuestra era.

Tal vez el punto privilegiado para abarcar su belleza espectacular es lo que llaman el Belvedere, un mirador en lo alto del monte Rotui, a casi 900 metros (no es el más alto, el Tohivea supera los 1.200 metros). Es el único sitio donde los turistas llegan a agobiar un poco con su presencia, ya que todos pasan inexorablemente por la cima. La vista es sobrecogedora. A la derecha, la bahía de Cook, que es la más perfecta y hermosa del mundo según una muletilla que allí nadie discute. Al otro lado, la bahía de Opunahu. En el valle que arropa a esta última es donde se concentra mayor número de maraes, cerca de 500 estructuras inventariadas.

En uno de estos marae fue donde Cook pudo presenciar, horrorizado, un sacrificio humano, algo normal en la religión polinésica. Antes del capitán inglés, los primeros descubridores de la isla, Samuel Wallis (1767) y Bougainville (1768) habían trazado una pintura idílica del buen salvaje que habitaba aquel paraíso olvidado; Cook, que la visitó en 1769 y 1777, fue de los primeros en marcar los claroscuros de aquella sociedad edénica. Una sociedad que duró poco, en cualquier caso: entre el alcohol, las armas y las enfermedades que llevaron los europeos, la población de la isla era apenas de unos 1.000 indígenas en 1860; 20 años antes, el territorio había pasado a ser protectorado francés.

No es muy grande: el recorrido por la carretera que sigue el perímetro insular apenas alcanza los sesenta kilómetros. Las aldeas y complejos turísticos se agrupan en la franja litoral, el interior es pura fragosidad, o cultivos (piña, sobre todo). El turista puede apreciar el despliegue de productos típicos (conservas, mermeladas, licores) que ofrece un mercadillo junto al Lycée Agricole, en el valle de Opunahu. Pero el quehacer de los visitantes, aparte de estos encuentros con los artesanos locales, tienen que ver con la aventura en el mar: se hacen excursiones en piragua a los dos únicos motus (islotes formados en el borde externo de la barrera de coral), se puede cebar a los tiburones o a las rayas, se practica el buceo en los fondos coralinos. Lo que no hay que perderse, en cualquier caso, es la visita nocturna al Tiki Village, una aldea típica levantada a mayor gloria de los turistas, donde éstos pueden mercar artesanía, hacerse un tatuaje ancestral, cenar viandas indígenas y contemplar algunas danzas tradicionales; entre las cuales nunca falta, como remate, una fantasiosa danza del fuego.

Guía para el viajero

CâMO IR

Air France (901 112266, www.airfrance.com.es) es la mejor opción, ya que ofrece diez vuelos diarios desde Madrid o Barcelona a Paris-CDG, cinco desde Bilbao, tres desde Málaga o Sevilla, dos desde Valencia, etc.; desde París (Charles De Gaulle) vuela miércoles, viernes y domingo a Papeete, además de ofrecer otros cinco vuelos en código compartido con Air Tahiti los lunes, martes, jueves, sábado y domingo. Desde el aeropuerto de Papeete a Morea hay continuos saltos en pequeños aviones de hélice que tardan apenas diez minutos. También se puede tomar alguno de los continuos ferries que enlazan ambas islas.

ALOJAMIENTO

En Morea, el Sofitel Ia Ora (tel.: (689) 550355, a un kilómetro escaso del aeropuerto) es el único de la isla que se asoma a una playa natural, y dispone de una línea de cabañas sobre pilotes en medio de la laguna del arrecife. Village Temanoha (56 32 99, 77 17 00, villagetemanoha@mail.pf, www.temanoha.com) está emplazado en un precioso lugar con los picos y montañas como decorado, cerca de la bahía de Cook, y tiene unos precios asequibles.

COMER

Aparte de los comedores de los hoteles, abiertos a clientes no residentes, hay muchos locales para comer, generalmente agrupados en las áreas turísticas, cerca de los hoteles. Recomendables: Alfredo's (56 17 71), al fondo de la bahía de Cook, cocina italiana (transporte concertado desde el Sofitel Ia Ora). Restaurant Honu Iti-Chez Roger (56 19 84), un lugar romántico, con terraza sobre el mar, y cocina francesa con algún toque de exotismo.