COLUMNA

Batallas energéticas

Cuando Rusia decidió, el pasado enero, cerrar el suministro de gas a través de Ucrania, el continente europeo tembló. Cuando Irán responde a las presiones internacionales blandiendo su poderosa arma de negociación, una de las mayores reservas de petróleo mundiales, los mercados se agitan. La relación en los mercados petrolíferos entre nivel de existencias y precios se ha alterado en los dos últimos años, señalando claramente que los agentes económicos están acumulando más existencias que en el pasado, probablemente debido a una mayor incertidumbre acerca de los futuros suministros. El alto precio de los contratos a futuro de crudo, en situación de contango (es decir, el precio del crudo para entrega futura está más alto que el de entrega inmediata, una situación que indica en general acumulación de existencias) desde hace más de un año, revela claramente incertidumbre sobre los suministros futuros.

Claramente, el sector energético se ha convertido en un sector estratégico a muchos niveles. China ha anunciado que comenzará a acumular una reserva estratégica de crudo, similar a la americana. Pero ya no sólo está afectando a los precios, sino también a las actitudes corporativas y de política industrial de los Gobiernos. El año pasado el Congreso de EE UU vetó la opa que una empresa China hizo sobre una energética americana. Ahora, está vetando la toma de control de los puertos por una empresa de Emiratos Árabes Unidos. No es sorprendente, por tanto, que la reciente opa de Eon sobre Endesa esté levantando tanta polémica, más allá de su relación con el equilibrio regional de poderes. Sin embargo, para entender los pros y los contras de esta operación hay que ir más allá de las puras anécdotas.

El debate sobre el futuro del sector energético europeo es denso y complicado. Por una parte está el objetivo de reducción de precios de la Comisión Europea, a través de la liberalización del mercado que permita la libre competencia transfronteriza. Por otra, están los argumentos contra una mayor liberalización que priman la estabilidad de precios y la seguridad de provisionamiento a largo plazo. En este campo se argumenta que mercados nacionales organizados en régimen de semimonopolio proporcionan un marco más apropiado -con precios más altos, por supuesto- a cambio de mayor garantía de estabilidad.

Las principales consecuencias de la falta de liberalización del sector energético europeo son las grandes diferencias de precios entre países -por ejemplo, el precio de un KW/hora de electricidad varía desde los 4 céntimos de euro en Suecia hasta los casi 10 céntimos en Italia- y la práctica imposibilidad de elegir suministrador en muchos países europeos. Por otro lado, el resultado de la liberalización no tiene por qué conducir al caos que experimentó California hace unos años. De hecho, Gran Bretaña liberalizó su mercado en los años noventa y desde entonces los consumidores británicos han pagado mucho menos por la energía que la mayoría de sus vecinos continentales y no han tenido ningún problema de suministro.

El gran problema actual es la asimetría del proceso liberalizador. Gran Bretaña y los países escandinavos han liberalizado sus mercados, pero el resto de sus vecinos europeos dejan mucho que desear. La mitad de las compañías energéticas británicas están en manos de extranjeros -alemanes y franceses- pero en el continente lo que impera son los campeones nacionales, dos o tres grupos consolidados a nivel nacional. De esta manera, los países que optan por la estrategia de campeones nacionales, si además retrasan el proceso liberalizador del mercado -recordemos que España es uno de los pocos países europeos que fue denunciado por la Comisión Europea ante el Tribunal Europeo de Justicia por no haber adoptado las directivas comunitarias- obtienen una posición ventajosa. Si a esto se une la falta de interconexiones eficientes entre los países para que exista un verdadero mercado único europeo, el resultado es muy similar a un cuasi monopolio en cada país controlado por unas pocas compañías, con el resultado final de precios más altos para los consumidores europeos.

La fusión de Eon y Endesa no resolvería a priori ninguno de estos problemas, ya que al no haber buenas interconexiones entre Alemania y España no mejoraría el mercado interior ni reduciría los precios, pero tampoco empeoraría la situación de manera alguna, al ser una fusión transfronteriza que no aumenta el poder de monopolio en ninguno de los mercados. Sin embargo rompe la estrategia española de campeones nacionales y por tanto es una cuestión de modelo industrial y de posible seguridad energética.

En este sentido, sería bueno recordar que los matrimonios arreglados raramente funcionan y que las distorsiones en los mercados sólo introducen ineficiencias. De hecho, las empresas españolas se han caracterizado los últimos años por comprar compañías en todo el mundo -The Economist las describe como los conquistadores empresariales- en sectores estratégicos como energía, banca o aeropuertos (no olvidemos, por ejemplo, la frustración de los bancos españoles ante sus fallidos intentos de compra de entidades italianas).

También es bueno recordar la ironía -o la superficialidad- del proceso de integración europeo, donde se está dispuesto a ceder la soberanía monetaria a una entidad supranacional y completamente independiente pero no el control parcial de ciertas industrias a uno de sus socios. El mercado único europeo parece cada vez más una utopía.