EDITORIAL

Adiós al 'maestro' Greenspan

El todavía presidente de la Reserva Federal, Alan Greenspan, se despidió ayer del cargo elevando los tipos de interés otro cuarto de punto, hasta el 4,5%. Se trata de la decimocuarta subida consecutiva, y deja el terreno abonado para que su sucesor, Ben Bernanke, pueda permitirse el lujo de observar con detenimiento la marcha de los indicadores económicos sin tener que encarecer mucho más el precio del dinero (los más preocupados por la inflación hablan de dejar el tipo de referencia en un 5% de aquí a fin de año).

Greenspan ha pilotado la autoridad monetaria estadounidense durante 18 años y medio. Un periodo durante el cual Estados Unidos ha registrado la mayor expansión económica de su historia (desde marzo de 1991 hasta marzo de 2001) y ha estabilizado los precios a los niveles más bajos en cuatro décadas, pero que también ha incluido dos recesiones y una burbuja bursátil que, con su explosión, sembró los mercados mundiales de pérdidas e incertidumbre.

El hasta ahora presidente de la Reserva Federal fue pupilo de la pensadora objetivista Ayn Rand, cuya filosofía defiende la racionalidad y el individualismo como principales valores del ser humano y rechaza cualquier tipo de colectivismo económico. Una línea de pensamiento según la cual el egoísmo racional y el libre mercado son los principales motores de una sociedad justa y próspera. De ahí que la política del septuagenario banquero haya estado siempre impregnada de un leassez-faire que algunos consideran excesivo.

Glorificado durante casi dos décadas tanto por los financieros de Wall Street como por los políticos de Capitol Hill, Greenspan es considerado por muchos como un genio de las finanzas que ha sido capaz de capear con éxito desastres como el crac bursátil de 1987, la crisis mexicana de 1994, la asiática de 1997 o el cataclismo político, social y económico provocado por los atentados del 11 de septiembre.

Sin embargo, también hay voces que le acusan de haber alimentado la burbuja de las empresas tecnológicas en los años 90 con sus discursos a favor del nuevo paradigma de crecimiento, de consentir (o, incluso, alentar) los graves desequilibrios que aquejan en este momento a la economía estadounidense y de actuar con demasiada lentitud ante la exuberancia, quizás también irracional, de los precios inmobiliarios durante los últimos años.

Pese a las críticas, sin duda minoritarias en la élite política y económica estadounidense, Greenspan deja el cargo envuelto en un halo de prestigio y respeto que en ocasiones tiene tintes de culto. El maestro, según el epíteto acuñado por el popular periodista Bob Woodward, era considerado hasta hace poco como un oráculo insustituible para la estabilidad de los mercados financieros. Pero su antecesor, Paul Volcker, también era considerado por muchos como irreemplazable antes de que Greenspan le sucediese en el cargo.

En un país al que se le da bien la creación de grandes mitos, el de Greenspan es, sin duda, uno de los más logrados de las últimas décadas. Es de esperar que Bernanke goce pronto de un respeto similar y, sobre todo, que lo sepa aprovechar para poner coto a los desajustes económicos del gigante norteamericano.