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Tribuna
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¿Qué hay tras la crisis presupuestaria europea?

Mal que bien, la UE ha logrado resolver la crisis presupuestaria con la adopción, por los pelos y tras una ardua disputa entre los Estados miembros, de las Perspectivas Financieras para el periodo 2007-2013, que hoy tiene previsto votar el Parlamento Europeo. Pero si la crisis presupuestaria se ha resuelto, no así la crisis institucional provocada por el rechazo del Tratado constitucional en los referendos de Francia y de los Países Bajos, y mucho menos la crisis de fondo que la UE viene arrastrando debido, sobre todo, al distanciamiento progresivo entre la ciudadanía y la UE en su manera de funcionar y en sus políticas.

La falta de apoyo al Tratado constitucional significa que una UE ampliada a 25 miembros no puede gestionar correctamente su propio funcionamiento. Pasarán probablemente años antes de que el Tratado constitucional pueda entrar en vigor, si es que lo consigue. Mientras tanto, en Bruselas se baraja la posibilidad de introducir algunos cambios institucionales sin esperar a que el tratado vea la luz, como por ejemplo el nombramiento de Javier Solana como ministro de Asuntos Exteriores de la UE o la puesta en marcha de un nuevo servicio diplomático.

Pero lo fundamental es reconocer que tanto la crisis presupuestaria, como la crisis institucional son reflejo de una gran crisis de fondo, vinculada directamente con lo que podríamos denominar el primer pecado original del proceso de integración europeo por la vía comunitaria, que consiste en que, desde sus orígenes, el proceso de construcción europea se ha hecho socialmente desde arriba hacia abajo.

En efecto, el proceso fue inicialmente propuesto por los Estados y por sus élites políticas. Los ciudadanos de a pie, durante décadas, les han seguido porque creían que era bueno lo que se les ofrecía desde arriba, pero a lo largo de estos últimos años los ciudadanos ya no bendicen sin más lo que les llega desde las élites europeas, y se han ido distanciando progresivamente de la UE, de sus instituciones y de sus políticas.

El déficit democrático de la UE se ha puesto cada vez más de manifiesto, hasta llegar a la situación actual, en la que nos encontramos ante una fosa de incomprensión entre el ciudadano europeo y los responsables de la construcción europea. Los sondeos de opinión que realiza la publicación Eurobarómetro, editada por de la Comisión Europea, indican que a partir de 2003, y por primera vez en la historia de la UE, la mayoría de los ciudadanos no apoya las realizaciones de la UE.

Cabe decir que el pecado original que acabamos de comentar no es el único. Existen otros tres pecados originales de la construcción europea importantes y causantes de la crisis de fondo que comentamos. El primero es que la UE no tiene definido el modelo político hacia el que tiende; el segundo es que tampoco tienen definidos sus límites geográficos, y por último, la UE es obra de los Estados y varios de ellos han tendido a utilizar la UE más como un trampolín para sus propios intereses estatales que para tratar de construir una auténtica Europa unida.

Unas conductas estatales egoístas que ayer podían tener su explicación, hoy ya no la tienen, especialmente ante la envergadura de los retos globales con los que Europa se enfrenta en el inicio del tercer milenio.

Lo conseguido por la UE en su medio siglo de existencia es muy notable, no cabe duda, pero todavía le queda mucho por hacer. Para los europeos no existe una alternativa a una Europa unida, y el mundo necesita ciertamente una Europa fuerte como contrapeso a Estados Unidos y al este de Asia. Ha llegado, por tanto, la hora de una refundación de la UE, que ha de pasar necesariamente por la expurgación de todos sus pecados originales.

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