COLUMNA

IncomprendidoBCE

El BCE ha basado su decisión de subir 0,25 puntos los tipos de interés en el excesivo crecimiento de la masa monetaria y del crédito, según el autor. En su opinión, el gran error del banco es que no ha sido capaz de dar una explicación transparente ni aceptable, lo que introduce en la medida una gran sospecha de arbitrariedad

El Banco Central Europeo (BCE) recuerda muchas veces a Calimero, el personaje de los dibujos animados que siempre se lamentaba diciendo 'soy un incomprendido'. Desde su creación, las decisiones del BCE han sido debatidas hasta la saciedad, encontrándose muchas veces en solitario defendiendo su posición. Varias veces en los últimos dos años se ha enfrentado a fuertes presiones para rebajar los tipos de interés, y ahora acaba de subirlos contra la opinión de la gran mayoría de los observadores. En las últimas semanas, sindicatos, Gobiernos, organizaciones internacionales -tanto el FMI como la OCDE- y analistas han expresado su desacuerdo con la anunciada decisión de aumentar los tipos de interés, manifestando todos ellos una clara preferencia por una política de tipos estables.

Los varios grupos europeos dedicados a observar al BCE, por ejemplo el Observatorio del Banco Central Europeo (OBCE) en Madrid y el Consejo de Gobierno en la Sombra del BCE en Fráncfort, han votado por una política de tipos estables. La encuesta que organiza mensualmente el OBCE -Democratizando el análisis del BCE, una consulta mensual donde más de 100 economistas europeos opinan sobre la decisión de tipos de interés- arrojó un resultado contundente, con un 70% de los votantes favoreciendo tipos estables. Ante tanta unanimidad cabe preguntarse: ¿qué sabe el BCE que no sabe el resto de la profesión económica?

Al optar por una política de comunicación oscura sobre su mecanismo de decisión, la autoridad monetaria ha perdido una gran dosis de credibilidad

En pocas palabras, el BCE ha decidido, en contra de la opinión de la mayoría de la profesión, que el crecimiento excesivo de la masa monetaria y del crédito son una fuente fundamental de tensiones inflacionistas a medio plazo, y sobre esta base ha decidido que, a pesar de las dudas sobre la recuperación económica, la estabilidad de las expectativas de inflación, la práctica ausencia de inflación de salarios y la reciente moderación de los precios energéticos, era necesario aumentar los tipos de interés.

¿Por qué digo que en contra de la opinión de la mayoría de la profesión? Aparte de porque es obvio, en vista de la oposición mencionada anteriormente, porque hay muy poca evidencia empírica que sostenga este razonamiento de una manera convincente. De hecho, el BCE es el único banco central del mundo desarrollado que otorga un papel tan prominente a la evolución del dinero y el crédito. Otros bancos centrales, como la Reserva Federal americana, decidieron hace ya tiempo que la demanda de dinero es un concepto muy inestable y que por tanto no aportaba ninguna información sobre las tensiones inflacionistas futuras. De hecho, hace unas semanas la Reserva Federal decidió dejar de publicar los datos de M3, en vista de su nula utilidad. Con un mercado de capitales global, es muy difícil argumentar que la liquidez local tenga un impacto definido sobre la inflación local.

El BCE, sin embargo, ha decidido continuar con su atención especial al pilar monetario, pero no ha sido capaz de dar una explicación ni transparente ni aceptable. Este ha sido el gran error del BCE, ya que introduce una gran sospecha de arbitrariedad en sus decisiones.

Al optar por una política de comunicación oscura sobre su mecanismo de decisión ha perdido una gran dosis de credibilidad entre los agentes económicos. Si a esto añadimos que sus proyecciones económicas en los últimos años han sido repetidamente demasiado optimistas sobre el crecimiento económico futuro, no es de extrañar que su decisión actual de aumentar los tipos de interés despierte una gran dosis de escepticismo. Completando el panorama con la triste imagen de un Consejo de Gobierno dividido que no duda en saltarse la disciplina de comunicación, no es exagerado decir que la imagen del BCE pasa por uno de sus momentos más negativos.

El BCE ha optado por tanto por una decisión que le puede acarrear tremendas consecuencias. Si el crecimiento europeo vuelve a sorprender a la baja, y si la inflación se mantiene estable, el BCE se convertirá en el punto de mira de todas las críticas y será acusado de haber abortado la frágil recuperación económica. Las propuestas actuales -equivocadas- de reducir su independencia y de revisar su mandato para incluir el crecimiento económico, además de la inflación, arreciarán.

Hace unas semanas le recomendaba al BCE en esta columna más pedagogía y menos prisa. Ninguno de los dos consejos ha sido seguido, y nos encontramos con un banco central que ha echado un órdago. Con una situación política en Europa muy frágil, con tremendas dudas sobre el futuro de Europa como entidad política, poner en peligro la recuperación económica a causa de un posible, lejano, riesgo inflacionista de medio plazo es una decisión muy arriesgada.

Los bancos centrales son entidades políticas, a pesar de su independencia, y tienen que considerar su papel en la sociedad. Los grandes banqueros centrales se han caracterizado históricamente por haber sido capaces de adoptar las decisiones correctas dentro del contexto político, y así han conseguido afianzar su independencia. A pesar de su éxito en sacar a Japón de la deflación, el Banco de Japón se ha visto amenazado por el gobernante LDP (Partido Democrático Liberal) con retirarle la independencia si no continúa haciendo su trabajo de manera aceptable. El BCE debe entender que no está por encima de su deber democrático, y que su tozudez y su falta de tacto político, posible por su privilegiada independencia, le pueden costar muy caras.