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La trama nazi del expolio de arte

Dama en rojo y verde es una de las composiciones cubistas características de Fernand Léger. La pintura es una de las obras que expoliaron los nazis durante la Segunda Guerra Mundial y que permanecía sin reclamar por sus propietarios. También, una de las que más satisfacciones ha dado a Héctor Feliciano en el curso de su investigación sobre este pillaje artístico. El escritor y periodista localizó el cuadro en el Centro Pompidou en París y empezó a seguirle el rastro. Es así como encontró una fotografía tomada por los nazis de la trastienda del museo del Jeu de Paume (allí se almacenaban las obras confiscadas), en la que se distinguía Dama. Y si el cuadro estuvo en el Jeu de Paume, debía aparecer en algún inventario. En efecto, la pintura de Léger figuraba en una lista redactada por los alemanes, cuya copia se encuentra en los Archivos Nacionales de Washington. El cuadro procedía de la colección Paul Rosenberg.

'La identificación del cuadro representa lo que ha sido mi investigación', afirma Héctor Feliciano, quien acaba de publicar en España El museo desaparecido (Destino). El autor empezó a investigar el tema hace doce años, cuando uno de sus entrevistados -Feliciano trabajaba para The Washington Post en París- mencionó la magnitud del robo. 'Mi reacción fue de asombro cuando descubrí que apenas había libros sobre el tema', recuerda el escritor. Durante la investigación, tuvo acceso a documentos desclasificados, entrevistó a las víctimas, testigos y colaboradores -'me llevó mucho tiempo ganarme su confianza y tuve que negociar qué podía contar y qué no'- y consultó archivos privados. 'Fue como un extenso trabajo periodístico', precisa. Con resultados impactantes: más de 100.000 obras de arte confiscadas.

La aparición de la primera versión de El museo desaparecido en Francia en 1997 provocó un gran revuelo, sobre todo en los museos del país. Héctor Feliciano encontró en las pinacotecas francesas unas 2.000 obras no reclamadas por sus dueños. 'Los museos hacían uso de ellas como si fueran sus propietarios'. De ellas, 400 estaban en el Louvre e incluso el Reina Sofía de Madrid cuenta desde 1995 con una pieza procedente del expolio nazi: La familia en metamorfosis, de André Masson, propiedad de los descendientes de Pierre David-Weill, que llegaron a un acuerdo con el centro de arte.

El Reina Sofía cuenta desde 1995 con una obra procedente del expolio

Una de las consecuencias del expolio fue la dispersión de las colecciones de origen judío (el autor se centra en la Rothschild, la galería Berheim-Jeune, la Schloss, la de Paul Rosenberg y la de David David-Weill). Las obras entraron en el mercado y acabaron en manos de museos y coleccionistas privados. Algunos conservadores llevaban en los museos desde los años 40 y, por lo tanto, conocían la procedencia de las obras, revela Héctor Feliciano. Pero también es cierto que muchos coleccionistas y museos son el último eslabón de la cadena. 'El arte robado es como el dinero lavado', explica. Algunos compradores, insiste el autor, han sido tan víctimas como los afectados por el expolio. En ese caso, deben tener en cuenta que la legislación internacional les ampara, y pueden reclamar al marchante o a la casa de subastas.

Obras clásicas y obras degeneradas

Desafortunadamente para la historia, el joven Hitler no logró ingresar en la Academia de Bellas Artes de Viena. Ese interés del dictador por el arte explica el expolio artístico llevado a cabo por los nazis en Francia entre 1940 y 1944. Un saqueo enmarcado en el holocausto, porque se trataba de apropiarse de los bienes de los judíos.

Los nazis distinguían entre el arte clásico, que iba destinado al proyecto de museo de arte europeo que Hitler quería crear en la ciudad austriaca de Linz y a su colección particular y a la de Hermannn Goering, y el arte que consideraban degenerado (impresionistas y vanguardistas), que intercambiaban por obras más de su gusto.

Héctor Feliciano equipara en su libro la batalla militar a la cultural, como demuestra el personal y los medios asignados a la confiscación. El autor reivindica, además, la figura del español Eduardo Propper de Callejón, cuñado de la baronesa Rothschild, que utilizó su situación en la Embajada española en París para combatir el expolio y emitir salvoconductos para los perseguidos, entre ellos el actor Jean Gabin.