COLUMNA

Las raíces futbolísticas

Cuando El Roto entra en racha es tan certero como deslumbrante. Todavía hace unos días estaban abiertas las hostilidades en torno al texto del Tratado Constitucional para la Unión Europea. De una parte, se alineaban el Vaticano y varios países miembros incondicionales a favor de incluir la mención a las raíces cristianas en el preámbulo del Tratado y de otra, Francia y los profesos del laicismo republicano dispuestos a evitarla. Entonces, en plena competición del Campeonato Europeo que ya andaba disputándose en Lisboa, llega El Roto con una viñeta en el diario El País cuya leyenda ofrecía la síntesis más depurada al resaltar la necesidad de que la Constitución que iba a discutirse en Bruselas reconociera las raíces futbolísticas de Europa.

Más allá de un deporte de masas, el fútbol es un fenómeno desconcertante, como las jornadas portuguesas de estos días están poniendo de manifiesto. El seguimiento de los partidos entre las selecciones nacionales europeas ha impulsado unos desplazamientos multitudinarios de aficionados y seguidores, ha vaciado las calles, ha propiciado el reagrupamiento familiar, ha mortificado al comercio, ha perjudicado a los restaurantes, ha animado los bares de las peñas, ha desalentado algún Pleno del Congreso de los Diputados y ha cambiado las pautas de las rebajas a punto de dispararse. Enseguida la pronta eliminación de la selección nacional española, incapaz una vez más de pasar a la fase final de campeonato alguno, ha promovido el análisis de los efectos colaterales sobre tantas campañas publicitarias que cabalgaban la posibilidad del éxito y asociaban a la condición más o menos formal de patrocinadoras a las mejores firmas.

La cuestión de las raíces futbolísticas debe encuadrarse en un marco más amplio que el puramente hispánico. Cambian los colores de las camisetas, los lemas favoritos, la designación de los fanáticos, los cánticos que se corean en los estadios o las bebidas que se administran en el graderío, en el bar o a domicilio, las distintas aficiones, pero subyace una asombrosa unidad de destino en lo futbolístico que resulta de todo punto admirable.

Al final, a un país le queda la bandera, el himno y la selección nacional de fútbol

Se impone volver a las fuentes y repasar aquel esclarecedor y anticipatorio libro de Francisco Cerecedo titulado Sociología insolente del fútbol español, que editó la Asociación de Periodistas Europeos. En épocas de tantas crisis de identidad y de tanta exacerbación fragmentaria, sorprende la armonía preestablecida entre las diferentes categorías de la Liga de Fútbol Profesional: la primera división, la segunda, la segunda B y así sucesivamente.

Cunden las transferencias de soberanía, incluso relativa a elementos que se consideraban esenciales como la acuñación de moneda o la defensa, que se delegan en abstracciones multinacionales. Al final a un país le queda la bandera, el himno y la selección nacional de fútbol. Tres símbolos que se conjugan de manera perfecta. Porque ningún lugar como un estadio para hacer ondear la bandera y para que suene el himno, lo escuchen en posición de firmes los equipos y lo saluden enfervorizadas las masas. Por eso, cuando TVE retransmite los encuentros de la selección española es cuando mejor justifica la ruina que nos viene costando a los contribuyentes.

Por eso Eduardo Zaplana colgaba su optimismo sobre la preservación de la unidad de España de elementos tan sencillos y tan auténticos como la fuga de un diputado de Ezquerra Republicana de Catalunya del hemiciclo para presenciar desde un bar de los alrededores aquel partido de la selección española. Por eso han temblado las columnas del templo a propósito de esa selección catalana de patinaje artístico. Porque como escribió don Marcelino Menéndez y Pelayo 'España, luz de Trento, martillo de herejes, esa es nuestra grandeza y nuestra unidad y el día que acabe de perderse la selección española de fútbol volveremos al cantonalismo y a los reinos de Taifas'. En este asunto de las raíces futbolísticas nos la estamos jugando tanto para construir la unidad de Europa como para preservar la nuestra.