COLUMNA

La semilla de la destrucción

En estos días de conmoción, durante los que nos preguntamos, entre atentado y atentado, si estamos realmente saliendo de la crisis económica o entrando en ella, resulta recomendable leer los dos últimos libros de Joseph Stiglitz, premio Nobel de Economía, asesor económico de Clinton y vicepresidente del Banco Mundial. El primero, El malestar en la globalización. En él afirma: 'Escribo este libro porque en el Banco Mundial comprobé de primera mano el efecto devastador que la globalización puede tener en los países en desarrollo... Creo que la globalización puede ser una fuerza benéfica y su potencial es el enriquecimiento de todos, particularmente de los pobres; pero también creo que para que esto suceda es necesario replantearse profundamente el modo en que la globalización ha sido gestionada...'. El problema no sería por tanto la globalización, sino la manera en la que la estábamos desarrollando. Stiglitz, en otro capítulo de su libro, escribe: 'Los críticos de la globalización acusan a los países occidentales de hipócritas, con razón: forzaron a los pobres a eliminar las barreras comerciales, pero ellos mantuvieron las suyas e impidieron a los países subdesarrollados exportar productos agrícolas, privándolos de una angustiosamente necesaria renta vía exportaciones'. Más afirmaciones tremendas: 'Si los beneficios de la globalización han resultado en demasiadas ocasiones inferiores a lo que sus defensores reivindicaron, el precio pagado ha sido superior, porque el medio ambiente fue destruido, los procesos políticos corrompidos y el veloz ritmo de los cambios no dejó a los países un tiempo suficiente para la adaptación cultural'.

No querríamos ser tan pesimistas como el Nobel, pero la realidad no nos mueve al optimismo. Muchos millones de personas sienten que en esta globalización les está tocando perder. Y mientras eso sea así, es previsible que el malestar contra lo que simboliza el poder actual irá creciendo. En su nuevo ensayo Los felices 90, la semilla de la destrucción, Stiglitz vuelve a la carga. Su subtítulo nos lo dice todo: La década más próspera de la historia como causa de la crisis económica actual. En efecto, tras los estratosféricos valores alcanzados por las Bolsas en 2000, en plena burbuja puntocom, la economía comenzó un acusado descenso del que nos está costando mucho remontar. Los gurús hablaron por aquel entonces de la nueva economía, que garantizaría crecimientos infinitos de productividad y que minimizaría los efectos de posibles crisis. Pero de repente, y en palabras del propio Stiglitz: 'La economía entró en recesión, demostrando que las recesiones no eran ningún resabio del pasado. Los escándalos empresariales destronaron a los sumos sacerdotes del capitalismo norteamericano...'.

Stiglitz analiza el porqué de la irracionalidad de aquel boom, similar a otros de crisis precedentes, criticando las teorías fundamentalistas de mercado, que redujeron en demasía el importante papel equilibrador y regulador que, en adecuadas dosis, debe mantener el Estado. Por último, denuncia la estrecha relación entre poder político y empresa, las fraudulentas prácticas de ingeniería financiera puestas a disposición de voraces ejecutivos, que se enriquecieron a costa de los pequeños accionistas. El país más poderoso del planeta sólo pensaba en sus intereses propios cuando realizaba planteamientos internacionales, lo que lo iba dejando paulatinamente aislado. 'El final de la guerra fría supuso que EE UU quedara como única superpotencia: era el poder militar y económico. El mundo esperaba el liderazgo de Estados Unidos. A mi juicio, el liderazgo significa que no se puede tratar de conformar el mundo simplemente para promover sus propios intereses, y el liderazgo democrático significa que los propios puntos se promuevan mediante la persuasión, no mediante la intimidación, utilizando la amenaza del poder militar o económico...'.

Para Stiglitz, el problema no sería la globalización en sí, sino la manera en la que la estábamos desarrollando

¿Cómo plantear una razonable gestión de los fenómenos globalizadores? Stiglitz lo tiene claro al respecto: 'El reto consiste en lograr un equilibrio correcto entre Estado y mercado, entre la acción colectiva a escala local, nacional y global, y entre la acción gubernamental y no gubernamental... La propia globalización nos impele a alterar el equilibrio actual: necesitamos más acción colectiva a nivel internacional y resulta ineludible abordar cuestiones de democracia y justicia social en esa misma escena'. Si le hiciéramos caso, quizá lográramos desactivar algunas de la semillas de la destrucción que hemos sembrado y abonado durante los últimos años.