COLUMNA

La conspiración de los iguales

La Comisión Europea publicaba el 12 de diciembre pasado su Informe conjunto sobre la inclusión social, que será la base para el documento que ha de ser presentado al próximo Consejo Europeo de primavera. La estrategia diseñada en Lisboa en 2000 para erradicar significativamente la pobreza de la UE en 2010 se plasmó en la elaboración de diversos informes de seguimiento de la situación y de los planes nacionales que, en este caso, son los trazados para los años 2003 a 2005.

Apenas salidos de la recesión, la desigualdad y la pobreza siguen siendo temas de relevancia en la UE. Lo serán aún más tras la ampliación de la Unión a países con un notorio desnivel de su renta por habitante. La pobreza y desigualdad de la UE no guardan proporción con la dramática situación que revelan los datos del Banco Mundial para la humanidad.

Ni el hambre, ni el analfabetismo, ni las enfermedades campan por Europa con la desenvoltura que exhiben en otros continentes. Pero sería miope no darse cuenta que, en medio de la prosperidad relativa de la sociedad europea, las desigualdades entre grupos de personas y regiones alcanzan una magnitud considerable. Incluso la pobreza alcanza una significativa presencia entre nosotros, a pesar de que el lenguaje de la modernidad acomodada haya condenado al ostracismo a tan antigua palabra.

La Comisión señala que en 2001 el 15% de la población de la UE, unos 55 millones de personas, estaba en riesgo de pobreza, de acuerdo con los indicadores que definen estadísticamente este concepto. El dato para España alcanzaba un 19% de la población. Y aunque las cifras son mejores que las del primer informe, la situación no deja de ser preocupante en un continente que presume de tener un modelo social asentado en la prosperidad.

Los resultados tampoco son sobresalientes cuando se observan las desigualdades en la distribución de la renta. La renta percibida por el 20% más rico de la UE equivalía a 4,4 veces la del 20% más pobre, con valores extremos del coeficiente en Portugal (6,5) y Dinamarca (3,1). En España ascendía a 5,5.

Una constatación importante es la elevadísima correlación entre los niveles de pobreza relativa y desigualdad en los países de la UE y la intensidad de las políticas de protección social practicadas. De no existir las transferencias sociales en dinero y las pensiones, la población en riesgo de pobreza no sería el 15% citado, sino nada menos que el 39%.

Obviamente, el efecto corrector de la política social se hace sentir con mucha menos intensidad en España que en el conjunto de la UE, dado el menor peso de la política de protección social española y la reducción de los últimos años. De este modo, los cuatro puntos de diferencia entre la población en riesgo relativo de pobreza en la UE (15%) y España (19%) pueden explicarse, aunque no en exclusiva, por la menor intensidad comparativa de la protección social española.

Ahora que menudean los balances enfáticos sobre los logros de estos años, es oportuno recordar que los últimos datos de la Comisión sobre Protección Social en Europa sitúan a España en el último lugar de la fila, por detrás de Irlanda, Portugal y Grecia, en gasto social por habitante, lo que no hace sino subrayar el porqué de las mayores desigualdades que caracterizan a la sociedad española, cuando se compara con sus vecinas europeas. Conviene no llamarse a engaño. La convergencia en renta por habitante con los países centrales de la UE, el mayor desarrollo económico, servirá para estrechar una parte de las diferencias que nos separan en materia de igualdad social. Pero ese estrechamiento no será un resultado automático del crecimiento, sino de las decisiones sociales.

Las prioridades reveladas por la política económica del Gobierno han dejado poco margen a la corrección de desigualdades sociales. Realmente no era esperable que lo hicieran. Como dijera el filósofo Norberto Bobbio, el concepto de izquierda y de derecha ha sido cambiante. Pero si algo resulta común o definitorio de una cierta idea de la izquierda es la preferencia por la igualdad. Después de todo, en medio de tanto ruido, quizá sea lo único en lo que saltan a la vista las diferencias de unos y otros.